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The danger of a single story

En una escena de la película El Indomable Will Hunting, Robin Williams le dice a Matt Damon que no puede saber nada de él a pesar de haber leído Oliver Twist. ¿Un libro basta para definirte? – Le pregunta – Personalmente, eso me importa una mierda porque no puedo aprender nada de ti ni leer nada de ti en un maldito libro.

The danger of a single story es el título de una charla impartida por Chimamanda Adichie en la que desarrolla el problema de los estereotipos creados por culpa de las novelas, las películas, las noticias… y de cómo nos vamos haciendo una imagen única de determinados grupos de personas.

A lo largo de la conferencia, habla de su infancia en Nigeria, de cómo leía novelas extranjeras al tiempo que asimilaba que los africanos no tenían cabida en ellas. Comenta la imagen que tenía de los africanos pobres (ella procedía de una familia de clase media) y su sorpresa al descubrir que esa imagen era incapaz de cubrir la realidad. Tiempo después, cuando se fue a estudiar a Estados Unidos, fue víctima de la imagen que tenían los estadounidenses de los africanos.

¿Podemos crearnos y creernos las imágenes únicas?

(Es posible ver la charla con subtítulos en castellano en la página de TED)

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Lugares que nunca visitaré: Isla Zavodovski

Isla Zavodovski. (Sebastião Salgado).

Isla Zavodovski. (Sebastião Salgado).

La isla Zavodovski forma parte de las islas Traverse, un grupo de tres islas situado al norte del archipiélago Sandwich del Sur, en el océano Atlántico.

Se trata de una isla habitada por una población de pingüinos que vive a sus anchas bajo el monte Curry que, con 490 metros de altura, se yergue sobre el mar.

Su estética volcánica, los 25 km2 de soledad, su situación geográfica y la fumarola que ansía alcanzar el cielo atraparon el objetivo del fotógrafo Sebastião Salgado y los instrumentos de Portico Quartet.

Leer mata

Recupero esta animación realizada por Beto Gómez.

Si leer matara, ¿qué tipo de sociedad alcanzaríamos?

Reír no es divertido

Ni aunque te estén contando una broma infinita reír es una actividad divertida. Eso es lo que le debió suceder a David Foster Wallace cuando se embarcó en un crucero de lujo por el mar Caribe para escribir Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. Lo que en un principio prometía ser el paraíso, se convirtió en un infierno sobre el mar.

Foster Wallace destroza a la clase media-alta estadounidense haciendo uso de una prosa ágil y un estilo que recuerda al periodismo gonzo, ambos acompañados – como no podía ser de otra manera – de un humor delirante capaz de sacarte una sonrisa en el momento menos esperado.

David Foster Wallace (1962-2008). (Gary Hannabarger / Corbis)

David Foster Wallace (1962-2008). (Gary Hannabarger / Corbis)

Leer a Foster Wallace es observar la disección de un momento con el fin de mostrar su lado más absurdo, y eso, en un crucero de lujo por el mar Caribe, resulta fácil si sabes cómo mirar. Por si fuera poco, se excede en el uso del pie de página para caricaturizar la situación de forma más amplia y dotar al reportaje de un elegante toque de humor.

David Foster Wallace estuvo con depresión veinte de los cuarenta y algo años que vivió. Se ahorcó tras dejar de medicarse durante un periodo de tiempo y descubrir a la vuelta que los medicamentos ya no le hacían efecto. ¿Cuesta imaginar que  alguien así haya podido escribir un libro tan cómico? No lo creo; quizá la respuesta esté en que a él no le hacía la menor gracia observar el mundo tal y como es.

En el nuevo mundo feliz no existirán los currículums

Supongo que estoy en la primera entrevista de trabajo después de 4560 horas de clases universitarias. Estoy sentado frente a un hombre de traje y corbata, pelo engominado y peinado hacia atrás, tal y como indica la norma “Tipos de peinados según tu estatus económico”. Me clava su mirada intentando descubrir algo que en mi currículum no aparece: antecedentes policiales, afiliaciones sindicales o políticas, oscuras aficiones, posibles adicciones… Intento esquivar la mirada pero, como si de un atractor se tratara, siempre vuelvo a caer en su campo de visión. Me muevo en la silla; cambio de postura; me pregunto por qué el que la diseñó no la probó antes de comercializarla; miro por la ventana y observo al imperturbable cielo haciéndome creer que no le importa que me haya tenido que meter – por primera vez en mi vida – dentro de un traje de oferta y unos zapatos de un negro brillante que me incomoda, me hace crujir los dientes. Veo mi reflejo en la punta del zapato. Mi cara está empezando a descomponerse por culpa del calor que hace en el despacho; dentro de poco desaparecerá y el hombre de pelo engominado tendrá que llamar a alguien para que recoja mis restos, al igual que habrá hecho en innumerables ocasiones a lo largo de la semana de entrevistas. No llevo pulseras ni pendientes; he suprimido cualquier elemento que pueda encasillarme dentro de la carpeta de jóvenes no aptos para trabajar en empresas. Soy otro más, un currículum con manos y pies y cabeza que tiene que demostrar que es igual al resto, que nada le diferencia del resto, que el currículum es mejor que el del resto, que puede soportar cualquier tipo de presión al igual que el resto, que va a aceptar cualquier cosa porque el resto también lo haría…

Charles Chaplin. Tiempos modernos (1936).

Charles Chaplin. Tiempos modernos (1936).

Antes de que yo pisara con mis zapatos el suelo enmoquetado del despacho, lo hicieron dos clones míos (o yo de ellos). Tenían el mismo aspecto saludable, limpio y ambiguo que yo. Les eché un ojo por encima, tratando de averiguar aquello que el hombre de pelo engominado ansía conocer: los rincones oscuros de la personalidad. Pero es imposible. Somos la máxima expresión de la pureza, el modelo de trabajador desposeído de cualquier rasgo identificativo. Tenemos que ser todos iguales como iguales son los dientes del engranaje. Si uno de esos dientes fuera distinto del resto, el operario lo sustituiría por otro. El desenlace sería catastrófico si la máquina entrara en funcionamiento con dientes de diferente tamaño o forma.

Mientras el entrevistador me habla de las grandezas de la compañía, unas aceleradas ganas por estar de pie me hacen retorcerme en la silla. Quiero ponerme de pie, reivindicar otro estado corporal. Sus palabras dejan de tener sentido para mí y me sumerjo en pensamientos verticales. He pasado más de 41184 horas sentado a lo largo de mi vida. Ese cálculo me lleva un tiempo que el hombre de pelo engominado emplea para seguir lamiendo las posaderas de un ente irreal.  Me comenta algo sobre la jornada laboral y, mientras asiento, paso de los pensamientos verticales a imaginar qué haría Ulrich Beck en mi situación. Seguramente se levantaría y se iría a llorar a un rincón mientras a los cuatro vientos predicaría su mensaje transformador. Él sostiene que hemos llegado a un punto en el que la sociedad del pleno empleo nunca volverá a producirse. Ese concepto pertenece a una sociedad industrial, no a una sociedad posindustrial del siglo XXI. ¿Cómo va a existir pleno empleo si cada vez somos más aspirando a menos puestos de trabajo? El sistema capitalista destruye empleo y nos lleva a una sociedad de trabajo escaso y precario, algo que Beck denomina la brasileñización de la sociedad europea.

Ulrich Beck en Allianz Lectures (2006).

Ulrich Beck en Allianz Lectures (2006).

Ulrich Beck se pregunta muchas cosas, resuelve algunas y se pelea con el trabajo en un denso pero entretenido ensayo llamado Un nuevo mundo feliz. La precariedad del trabajo en la era de la globalización. Propone un cambio de sociedad en la que el trabajo cívico tenga valor, se apueste por sistemas energéticos que creen puestos de trabajo, se trabaje menos y se reparta el trabajo en turnos rotativos, en los cuales la labor a desempeñar sea diferente. El tiempo libre, el ocio, se llevaría la mayor parte de nuestro tiempo. Imagínese – le digo al hombre de pelo engominado –, en vez de trabajar más de ocho horas, hacerlo tres y dedicar las cinco restantes a hacer lo que le apetezca. Por un momento tengo la esperanza de que me de la razón y se quite la corbata y salga conmigo a la calle a convencer al mundo de que la solución no es trabajar cada vez más, sino hacerlo cada vez menos. Nos imagino caminando por la calle bajo una bandera con la cara de Beck y gritando <<¡No a la brasileñización de la sociedad europea!>>. Pero su cara no me indica que haya abierto los ojos. Me invita a que me vaya de su despacho enmoquetado cuanto antes. Le insisto en que tiene que ver la realidad de otra manera, dejar de pensar en el trabajo y vivir en armonía con sus ideas. Le repito argumentos del libro de Beck. Él los mata elevando su voz sobre la mía. Por fin me levanto y reivindico ese estado corporal olvidado; me doy la vuelta y abandono al hombre de pelo engominado del despacho enmoquetado. Me despido del club de ambiguos que espera su turno.

Otra vez será.

Charles Chaplin y Paulette Goddard. Tiempos modernos (1936).

Charles Chaplin y Paulette Goddard. Tiempos modernos (1936).

Frutas colgadas de árboles

Cuerpos colgados de Tom Shipp y Abe Smith en 1930. (Hulton Archive)

Cuerpos colgados de Tom Shipp y Abe Smith en 1930. (Hulton Archive)

Maltratada por la vida y por las drogas. Negra, bisexual y mujer en un lugar blanco, heterosexual y machista. Abandonada, violada y señalada. Billie Holiday, el grito negro que resucitó para unirse a la lucha por la igualdad, el mito y la leyenda y la mujer con la voz más característica del jazz, nos dejó una fruta difícil de digerir cuando descubrimos su significado.

Negros colgados de árboles, ahorcados tras ser humillados y maltratados. Esa fruta rara que cuelga de los árboles y que nadie quiere comer,  se convirtió en canción, en comida para los oídos. Abel Meeropol puso la letra y Billie su tristeza, quizá recordando aquella vez en que fue obligada a utilizar el montacargas en vez del ascensor sólo por ser negra. Eso era Estados Unidos, la tierra de las oportunidades, donde la blanca libertad quemaba con su antorcha al diferente.

Al final, Strange Fruit fue catalogada como una de las mejores canciones del siglo XX según la revista Time, la misma que escogió a Dave Brubeck en vez de a Charlie Parker como icono de esa locura que era el jazz.

La verdad es revolucionaria, y el tiempo, al final, siempre nos la trae.

Southern trees bear a strange fruit,
Blood on the leaves and blood at the root,
Black bodies swinging in the southern breeze,
Strange fruit hanging from the poplar trees.

Pastoral scene of the gallant south,
The bulging eyes and the twisted mouth,
Scent of magnolias, sweet and fresh,
Then the sudden smell of burning flesh.

Here is fruit for the crows to pluck,
For the rain to gather, for the wind to suck,
For the sun to rot, for the trees to drop,
Here is a strange and bitter crop.

Declaración de intenciones

En 1992, Christopher Johnson McCandless fue hallado muerto en Alaska. Cuatro meses antes, sin ningún tipo de conocimiento acerca de la vida en situaciones extremas, se adentró en un paraje apto sólo para cazadores, sin más material que unas cuantas prendas de vestir, unos kilos de arroz, unos libros y un rifle. Su sueño: vivir una aventura digna de las notas de Jack London, lejos de la civilización, del estilo de vida americano, sin nada…con todo.

Christopher Johnson McCandless cambió de nombre cuando abandonó su casa en Annandale (Virginia) a los 22 años de edad. Alex Supertramp fue el pseudónimo con el que recorrió, primero en coche y después a dedo, Estados Unidos a lo largo de dos años. Como atraído por imán por la tierra del oro, deambuló por Dakota del Sur, Arizona y California antes de adentrarse en lo que sería su última viaje.

Alex tuvo la suerte de encontrar un autobús en mitad de ninguna parte tras caminar algo más de treinta kilómetros desde el lugar en donde un amigo le dio su último adiós. Ese autobús, cuya historia quizá se cuente en otra ocasión, fue bautizado como Magic Bus, y le sirvió de casa durante los cuatro meses que vivió en Alaska. Era blanco y verde, antiguo y viejo, con un número en uno de sus costados, 142.

Magic Bus

Magic Bus

Cuando Alex se cansó de la vida que estaba llevando, del hambre y de la soledad, decidió volver a la carretera de la que se había despedido hacía unos meses. Su falta de formación acerca de la naturaleza, su excesiva seguridad, quizá el optimismo del que cree formar parte de un todo, le hizo olvidar que no siempre uno puede hacer lo que le plazca. El río Teklanika, esa barrera que le separaba de la civilización, había crecido demasiado. Las aguas fluían con tal fuerza que era imposible meter un pie sin ser arrastrado. Angustiado por la idea de no poder moverse con la libertad que siempre había buscado, regresó al autobús e intentó sobrevivir hasta que el caudal del Teklanika le permitiera volver. Los animales desaparecieron y una guía de frutos del bosque fue su única herramienta para salvar el hambre. No se sabe bien si se intoxicó con una planta y después murió de inanición o sencillamente murió de inanición. Lo único que está claro es que fue encontrado por un grupo de cazadores dentro del autobús, muerto, descomponiéndose.

Ese autobús, el 142, no llevó a Alex a ningún sitio. Permaneció estático mientras le servía de soporte para viajar desde la inmovilidad. Hoy sigue siendo lugar de peregrinaje para viajeros de todas partes del mundo que ven en la historia de Alex Supertramp algo idílico que otros muchos no. Yo, ni lo veo ni lo dejo de ver. Me parece admirable su decisión, como también me parece la de otros tantos que hicieron lo mismo en silencio; pero hay ciertos rasgos de superioridad con respecto a la naturaleza que me hacen rechazarla. No sé si era un loco, un idealista o un ignorante. Sólo sé que buscaba algo que la mayoría no busca: volver a las raíces, viajar sin desplazarse.

Me gusta saber que hay un autobús en mitad de Alaska que sigue transportando gente sin moverse. Es una ruta con múltiples variantes que dependen, única y exclusivamente, de la persona que decide escoger la suya. La Ruta 142 es la que yo he escogido para caminar desde la quietud. No pretendo escaparme del mundo ni esconderme en Siberia; tampoco ser el protagonista de un drama en el mar. Esto es ficción como casi todo lo que se esconde bajo la etiqueta de virtual. No existo; tú tampoco. Lee y piensa que es verdad.