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Yo venía a hablar de Philip Roth pero una máscara me distrajo

La historia es nuestra y la hacen los pueblos

Salvador Allende (1908 – 1973)

Ahora mismo, una máscara maya mexicana apoyada sobre mi escritorio no deja de mirarme. Me exige que empiece una entrada que poco tiene que ver con ella. Lo cierto es que yo venía a hablar de Philip Roth, en especial de su novela La conjura contra América, que, para rizar más el rizo, compré en México para gastar hasta el último peso que tenía. Era una mañana calurosa de julio, el último día de un largo viaje que empezó en Ciudad de México, avanzó para el norte y acabó por el sur, en una playa paradisiaca para los mosquitos, los únicos que podían disfrutar de la noche y las estrellas. De aquel lugar me llevé decenas de picaduras, una conversación con el matón de la región (un pizzero llamado Nabor que, aparte de regentar una pizzería, se había dedicado a salvar vidas en el mar al tiempo que acababa con otras en la tierra, o algo así me contaron), una ardua lucha contra un escorpión y un pequeño momento de gloria al sacar a un anciano del agua (después hubo que rescatar su dentadura postiza de entre las bravas aguas del Pacífico). Poco más puedo destacar de aquel paraíso convertido en infierno en el que mi única actividad consistía en matar mosquitos con una mano mientras con la otra sostenía David Copperfield, la Novela – con mayúscula – de Charles Dickens. David Copperfield fue su hija predilecta, unas magníficas notas autobiográficas convertidas en novela…Una losa perfecta para cargar en mi mochila. No se me ocurrió mejor idea que trasladarla hasta el lugar más remoto de mi mundo después de haberla comprado hacía un par de años en otra calurosa mañana de mayo en Madrid. Me escapé de la facultad y compré aquel libro con la certeza de que algún día lo leería. Aquel año en la facultad no fue especialmente bueno, pero leí unos cuantos libros que me hicieron olvidar el asco que me producía pisar los pasillos y las clases. Uno de ellos fue El pecho, de Philip Roth. Fui a la biblioteca de mi barrio con la idea de sacar un libro de Joseph Roth pero acabé llevándome conmigo a otro Roth. Tres años y medio después, puedo decir – sin apenas reírme – que le considero una referencia en mi vida, algo así como un mesías omnipresente, un perverso e indómito escritor que aparece en mi rutina de mes en mes, como sucedió en julio, cuando leí La conjura contra América mientras viajaba como un poseso de norte a sur y de abajo a arriba buscando las mejores vistas de la región.

Philip Roth en 1968. Fotografía: Bob Peterson/Time Life Pictures

Philip Roth en 1968. Fotografía: Bob Peterson/Time Life Pictures

Para situarnos en el contexto histórico-ficticio: Estados Unidos, 1940. Charles Lindbergh gana a Franklin D. Roosevelt en las presidenciales. Este último, partidario de combatir contra los nazis pierde popularidad, y el otro, simpatizante de Hitler y con una política aparentemente antibelicista, se gana al pueblo estadounidense. La persecución a los judíos se convierte en una realidad.

Con ese argumento histórico deformado, Philip Roth imagina cómo hubiera vivido su familia en Newark, New Jersey. El miedo, la preocupación por el futuro del país, la discriminación, la desestructuración de la familia, los asesinatos o el racismo, son algunos de los aspectos que trata desde el punto de vista de un niño que ve cómo su familia convive con el temor a ser perseguida.

En un fragmento, el padre de Philip le recuerda que la historia no sólo son los grandes acontecimientos, las fechas de inicio o fin de las guerras, o las derrotas o triunfos presidenciales. La historia, le dice a Philip Roth, está en la calle, en las casas de las personas, en los colegios y los trabajos. La historia, al fin y al cabo, la tejemos los que no tenemos nombre.

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Acerca de Diego DZ

Madrid, 1988. Físico. En mis ratos libres corro y leo, también escalo y escribo.

Comentarios

7 comentarios en “Yo venía a hablar de Philip Roth pero una máscara me distrajo

  1. Genial.
    Creo que puede contarse la historia de cada uno a partir de los libros que va leyendo y que le acompañan hasta los lugares más recónditos.

    Publicado por Claudia | 5 agosto, 2013, 10:34 PM
  2. tú a mí me alucinas, vamos que me chiflas!!!
    El pecho lo leí porque tú me lo recomendaste y no sé si decir que me gustó o que me dio asco, pero lo que sí es seguro, es que reflexioné mucho. Increíble lo que puede imaginar la mente humana.

    Publicado por aneruy | 12 agosto, 2013, 9:29 PM
    • gracias. El pecho es un buen libro para iniciarse con Philip Roth: finito, original y atrayente. No deja de sorprender la cantidad de reflexiones y (pocas) conclusiones que se pueden sacar de una novela tan breve.

      Publicado por Diego | 13 agosto, 2013, 3:02 PM
  3. Tengo una amiga griega que nunca viaja (según sus propias palabras) “sin un vibrador y un libro de Philip Roth”. Yo, que no soy de vibradores, comparto con mi amiga la debilidad por este Roth. ¿Analizar la vida de una persona por los libros que ha leído? Si lo hubieran hecho con mi bibliografía frecuentada de los cuatro a los catorce, habría terminado en la López Ibor. PS Ahora que he comenzado a comentar, que me aten 😀

    Publicado por Triste Sina | 13 agosto, 2013, 3:18 PM
  4. Sin palabras!
    En la entrada “El espacio-tiempo de la música” coloqué una fotografía de la película “Alta fidelidad”. En un momento dado, el protagonista decide colocar sus vinilos por orden autobiográfico, es decir, según el orden en que los ha ido escuchando a lo largo de su vida. Cada vinilo una historia; cada libro una historia 🙂 Todo está relacionado.

    Publicado por Diego | 13 agosto, 2013, 3:36 PM

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