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Kafka nunca lo quiso…¿Kafka nunca lo quiso?

He vuelto a encontrarme con las obras completas de Kafka y a recordar lo que escribí hace un año. Como hay algunos lectores nuevos, comparto con ellos  la entrada que publiqué en mi antiguo blog.

Escaleras de Penrose. Maurits Cornelis Escher

Escaleras de Penrose. Maurits Cornelis Escher.

No sé qué demonios pensaría Kafka si un día de estos se atreviera a entrar en una librería. Y no me refiero a qué opinaría sobre las heces acumuladas en la entrada, sino a su sorpresa al descubrir  la reciente reedición de sus obras completas en un formato sugerente y atractivo.

Todos sabemos que Kafka era algo rarito. Escribía para sí mismo y en pocas ocasiones dejaba que sus escritos vieran la luz. Como mucho quedaba con su amigo Max Brod y, no sé en qué extraña situación, le leía sus escritos. Eso siempre me ha inquietado. No me veo llamando a un amigo para invitarle a casa con el fin de leerle mis textos. Digamos que ese roce roza – válgase la redundancia – lo incómodo, o quizás es que yo tengo una vergüenza demasiado evolucionada (o no evolucionada).

Como iba diciendo, si Kafka entrase en una librería lo primero que haría sería ojear esos supuestos libros que llaman novedades. Leyéndolos por encima llegaría  a una lógica conclusión: «no son libros, forman parte de los pilares que sustentan el edificio» Y después colocaría con cuidado y en el mismo lugar ese ejemplar de mil páginas llamado […] por no arriesgarse a que el techo se le viniera encima y le mandara de nuevo al hoyo. Su amigo Max Brod, más avispado que él en cuestiones de venta y marketing, entendería que aquellos ladrillos de papel (en palabras de Kafka) no eran ni más ni menos que los libros que las editoriales obligan a leer.

–        Oye, Max: ¿No hay demasiados ladrillos de papel? Por más que busco, querido amigo, no encuentro un sólo libro.

Max, mirando para otro lado, le diría que sí, que sí que hay libros, pero que hay que buscarlos. Le susurraría, para que nadie le oyera, que las librerías del siglo XXI juegan más al escondite que a la exhibición, y que por eso hay que buscar los libros entre tanta montaña de papel.

–        De acuerdo, Max, sigamos buscando. Con suerte encontraremos algo que llevarnos a la tumba. Estoy cansado de releer lo mismo día tras día.

Supongo que algún dependiente se percataría de que el gran Frank Kafka andaba pululando por la librería en busca de un libro, así que se acercaría a él para saludarle.

–        Buenos tardes, sr. K. ¿Puedo ayudarle en algo?

Frank mostraría su sorpresa al ser reconocido. Agradecería el trato personalizado y preguntaría por algún buen libro, añadiendo: «las noches en el cementerio se hacen largas…¡algo que me mantenga entretenido!». El dependiente se ausentaría durante varios minutos por vergüenza a encasquetarle uno de esos ladrillos de papel que se venden tan bien. En el transcurso de ese tiempo, Kafka seguiría dando vueltas por la librería bajo la atenta mirada de Max.

–        ¡Max! – exclamaría Kafka  frente a una apartada montaña de libros– ¡Max, rápido, ven aquí! – Y cuando Max estuviese con el mentón apoyado en el hombro de Frank, éste le diría: – Mira esto: Obras completas de Frank Kafka.

–        Sí, ya veo.

–        ¿Y se puede saber qué hace esto aquí?

Max guardaría un incómodo silencio que cabrearía aún más a Frank.

–        ¡Son mis novelas! Te dije expresamente que las quemaras tras mi muerte. Te lo pedí como favor.

Max, cansado de tanta estupidez, le soltaría alguna palabra malsonante y luego se arrepentiría. Más calmado le diría:

–        Debiste quemarlas tú mismo. No supe interpretar tus palabras. Lo siento.

Frank disimularía con éxito la alegría de ver sus libros en una librería, por lo que Max continuaría hundiéndose en su culpabilidad.

–        Lo siento, Frank, de veras que lo siento. Pensé que me guiñabas el ojo mientras me decías que las quemara cuando murieras. ¿Qué persona en su sano juicio desea ver su obra entre las llamas?

–        La misma que desea la muerte sin tener el valor de ir a buscarla – contestaría Frank acercándose al terreno literario –. Mira Max, te voy a ser sincero: yo no sabía lo que decía, no sabía cómo acabar con aquella imagen de romántico deprimido que me había forjado. Me gustaba escribir pero temía que  la gente no entendiera mis pajas mentales.

–        A mí me gustaba, Frank, a mí me gustaba – diría Max consolándole –. Te lo repetí hasta la saciedad durante nuestros encuentros. Pero tú estabas a lo tuyo: leyendo, todo el día leyendo tus textos, sin escuchar a tu fiel amigo.

–        ¡Max! No digas eso, viejo amigo.

–        ¡No me mandes callar,  Frank! Ahora me toca a mí – y levantando las obras completas de Frank Kafka diría: – ¡Ya basta! Acabemos con esta farsa.

Frank gritaría aterrorizado mientras Max, su viejo y fiel amigo, pediría fuego a la primera persona que pasara por el lugar. Tras rodar el pulgar por la piedra del mechero, crearía la mecha que acabaría con la obra completa de Frank Kafka. El fuego de las obras se contagiaría al resto de libros y ladrillos de papel hasta que la librería entera sucumbiese en un mar de fuego y lágrimas kafkianas.

Frank Kafka (1883-1924)

Frank Kafka nació en 1883, en Praga. Tras una vida agonizando, encontró la paz en 1924, en Kierling, una pequeña localidad austriaca. Su modo peculiar de ver y sentir la vida le llevó a plasmar trazos de su alma turbulenta en sus obras, algunas consideradas pilares de la Literatura.

Siempre que pienso en Kafka me lo imagino vagando por las calles empedradas de Praga bajo la sombra del castillo. Me lo imagino en una Praga sin turistas, en invierno, abrigado hasta la cabeza  con ropa negra, dejando a la vista sus oscuros ojos oscuros. Me lo imagino yendo de un lado a otro sin querer ir, deseando la llegada de la noche para sumergirse en la única terapia que podía aliviar su mente enferma: la escritura.

Leí hace tiempo que el joven Kafka – nunca llegó a viejo – se pasó, en una ocasión, veinticuatro horas seguidas escribiendo. No me lo creí. No podía creerme que Kafka, el débil y enfermizo Kafka, pudiera haberse pasado más de un par de horas delante de un papel – que le revelaba quién era – sin antes tirarse por la ventana. También leí que cuando le diagnosticaron tuberculosis susurró un «por fin» que evidenció su falta de valentía. Y queriéndome creer esto último, tengo que decir  que no puedo hacerlo. Kafka no era un cobarde, y mucho menos despreciaba la vida. Era adicto a ella, a la forma que tenía de destrozarle y mostrarle tras la paliza su verdadera cara.

La metamorfosis podría resumir la vida y obra de un escritor que nunca encontró su lugar. Pero si hay algo más duro que despertar siendo un insecto, es descubrir que toda tu vida lo has sido. Kafka permaneció recluido en una habitación por miedo a que los demás le señalaran como insecto. Su miedo precoz a ser juzgado por su físico le acompañó parte de su vida, hasta que descubrió que esa fragilidad en su aspecto, esa inteligencia tierna y agresiva a partes por igual, enamoraba a todo aquel que se le acercara. Después asumió que el sentirse insecto en un mundo de humanos no era causa de su físico, sino de su concepción de la sociedad.

El castillo y El proceso representan ese entendimiento de sí mismo: un hombre atrapado en un sistema burocrático, aséptico, cruel e inhumano. Kafka no entiende la sociedad en la que vive, se siente ajeno a ella y a las reglas que la definen. Se siente perseguido, acorralado, atrapado en un laberinto del que no puede escapar.

El absurdo reina en sus obras, también la ironía, pero el primero no deja de ser inherente al sistema que tiene que soportar y el segundo un rasgo de la propia personalidad de Kafka. Su mezcla resulta el combustible que marca el ritmo constante de su narración, saltando de escena en escena, aunque siempre de la mano de un personaje que no es ni más ni menos que el propio Frank Kafka.

Kafka ha sido estudiado hasta la saciedad, pero no quiero entrar a analizar su obra desde un punto de vista técnico, de corrientes y pensamientos. Muchos ya lo ha hecho, recogiendo fracasos y triunfos. Existencialista, ateo, marxista, anarquista… aburren las etiquetas y los prismas desde los que se ha estudiado su obra. Mejor deleitémonos con un escritor irrepetible, único a la hora de narrar y maestro generador de historias que, aparentemente surrealistas, representan la realidad con una fidelidad aterradora.

Recomiendo leer el relato Un artista del hambre.

Frank, la próxima vez que me acerque a ese solitario cementerio, en vez de robarte una piedra, te dejaré tus obras completas. Ellas conseguirán alegrarte las noches.

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Béisbol, entrenamientos y la primera banda de jazz

Jugadores de los Seals en 1939. San Francisco Public Library, California

Jugadores del Seals en 1939. San Francisco Public Library, California

No, no era de Nueva Orleans. La primera banda musical calificada como jazz band tocó para los San Francisco Seals durante sus entrenamientos en el campo de Boyes Springs, California. El mánager quería entretener a su equipo durante los entrenamientos de primavera, por lo que contrató a la banda liderada por Art Hickman y el banjista Bert Kelly para que tocara en el campo mientras los jugadores practicaban. Años después, Art Hickman alardearía de haber pertenecido a la primera jazz band, a pesar de haberse negado a asumirlo durante catorce años porque eso del jazz era algo de negros africanos. Entiéndase que se trata de una cuestión de nombre. Nueva Orleans era la cuna del jazz, pero la palabra que denomina el estilo no proviene de allí, sino de los círculos deportivos.

Jelly Roll Morton no tenía razones de peso para presentarse como el inventor del jazz, sí la banda de Hickman y Kelly para creerse la primera jazz band, la cual comenzó a tocar en 1914 para los Seals, un año antes de que la palabra jazz se empleara para denominar el estilo reinante en los burdeles de Storyville. Aunque se tiene referencia del uso de la palabra jazz años antes, era empleada de forma peyorativa y no indicaba con rigor a qué estilo se estaba refiriendo, además de que se utilizaba de forma indistinta jazz, jass o jaz. Fue el 11 de julio de 1915 cuando Gordon Seagrove escribió un artículo para el Chicago Tribune titulado “Blues Is Jazz and Jazz Is Blues” con el que se estableció de una vez por todas qué era eso que la gente empezaba a llamar jazz.

Pero ¿qué relación tiene el jazz con el béisbol para que la banda de Kelly y Hickman fuera calificada como la primera (o al menos una de las primeras) jazz band?

Los jugadores de béisbol tenían un nombre muy curioso para llamar a las pelotas que lanzaban con tal fuerza que vibraban en el aire. Eran las jazz ball. Unas bolas que el bateador se las tenía que ingeniar demasiado bien para golpearlas porque iban a tanta velocidad que parecían bailar en el aire. Ben Henderson, el pitcher del Portland Beavers, realizó la siguiente declaración para Los Angeles Times el 2 de abril de 1912: «I call it the Jazz Ball because it wobbles and you simply can’t do anything with it».

Ben Henderson, de los Beavers.

Ben Henderson, Portland Beavers.

De ahí surgió que los comentaristas hablaran de jazz mientras veían un partido, aunque no se refirieran a la música, sino a las pelotas. Algo tan simple como que un pitcher tenga un mote para unas determinadas bolas fue, o al menos es la teoría más aceptada, el origen de la palabra jazz. Hay otras historias y anécdotas que enturbian ésta, como que proviene del nombre con el que se denominaba a las prostitutas de Nueva Orleans, las Jazz-Belles, procedente del nombre bíblico Jezabel. También Dizzy Gillespie echó leña al fuego diciendo que procedía de la voz africana jasi, cuyo significado es vivir con intensidad, aceleradamente.

Por cierto, en Nueva Orleans también se jugaba al béisbol, sino que se lo digan a Louis Armstrong… alguna jazz ball debió batear.

Equipo de béisbol de Louis Armstrong, 1931.

Equipo de béisbol de Louis Armstrong, 1931.

Lucha Libro: Campeonato de Improvisación Literaria

Logo Lucha Libro

Logo Lucha Libro

¿A quién no le hubiera gustado ver un enfrentamiento entre Bukowski y Hemingway en el ring? Dos pesos pesados de la literatura encerrados en el cuadrilátero midiendo la fuerza de su puño y letra.

Corría el año 2002, Christopher Vásquez quería publicar su primer libro pero no encontraba editorial, sólo imprentas. Pensó que otros escritores noveles se encontrarían en su situación, por lo que ideó un atractivo concurso para captar nuevos talentos. Se trataba de enfrentar en un ring a dos escritores-luchadores para que cada uno desarrollara en cinco minutos una historia con tres elementos escogidos por el jurado. Los escritores – cuyo rostro iría cubierto por una máscara de lucha mexicana – se posicionarían frente al público y el jurado, siendo sus únicas armas los ordenadores en los que plasmarían el relato. La tensión estaría asegurada gracias a la pantalla que a sus espaldas iría reproduciendo a tiempo real lo que en sus ordenadores escribieran. El ganador pasaría a la siguiente ronda, mientras que el perdedor, humillado al ser despojado de su máscara, tendría que abandonar el ring. En la última de las rondas, el vencedor podría alardear ante su público de haber vapuleado al resto de contrincantes con el fin de ver publicados sus relatos.

Un escritor-luchador.

Un escritor-luchador.

La idea quedó olvidada en un cajón hasta el año 2010, cuando la mujer de Christopher Vásquez, Angie Silva, le incitó a continuar con ella. La originalidad del evento arrastró a decenas de personas a la primera edición, celebrada en un pequeño café de la capital peruana. Y el éxito de las sucesivas veladas de Lucha Libro sobrepasó las fronteras de Perú hasta llegar a Canarias, en donde se celebrará esta noche el primero de los dos espectáculos de la segunda edición de Lucha Libro Canarias.

Literatura fractal

Don Quijote de la Mancha. Ilustración por Ricardo Martínez Álvarez.

Don Quijote de la Mancha. Ilustración por Ricardo Martínez Álvarez.

Un libro me comentó que la mejor clase de creación literaria es leer Don Quijote de La Mancha. El lector atento podrá comprobar cómo pequeñas historias, tejidas con inteligencia, sentido y trabajo, conforman el argumento de la novela. Es un claro ejemplo de cómo se construye una buena historia: al argumento inicial se le adhieren tantos argumentos como el escritor desee, siendo éstos considerados argumentos iniciales para repetir el proceso, no de forma iterativa – como podría suceder en un problema matemático, en donde a un producto se le repiten exactamente las mismas operaciones que nos han llevado hasta él – sino variando determinadas variables.

En los años veinte del siglo pasado, Vladímir Propp realizó un análisis estructural de cien cuentos rusos que posteriormente pudo ser aplicado, sin ninguna transformación, a cualquier texto literario. Se trataba de encontrar los elementos constitutivos de los cuentos, algo que Propp denominó funciones, entendiendo que eran «las acciones de un personaje, descritas desde el punto de vista de su significado en el desarrollo de la intriga». Aunque el análisis fue realizado para distintos cuentos de hadas, su estudio es aplicable al resto de géneros.

Vladimir Propp en 1928.

Vladimir Propp en 1928.

En la Morfología del cuento, obra que reúne los estudios de Propp, se presentan cuatro observaciones antes de enumerar las funciones.

  • Las funciones de los personajes son elementos constantes y permanentes en el cuento, sean cuales fueren esos personajes y sea cual fuera la manera en que se realizan esas funciones. Las funciones son las partes constitutivas fundamentales del cuento.
  • El número de funciones que comprende el cuento maravilloso es limitado.
  • Aunque no todos los cuentos presentan, ni mucho menos, todas las funciones, la sucesión de funciones es siempre idéntica. La ausencia de determinadas funciones no cambia la disposición de las demás.
  • Todos los cuentos maravillosos pertenecen al mismo tipo en lo que respecta a su estructura.

Y las funciones a las que se refieren son:

  1. Alejamiento. Uno de los miembros de la familia se aleja.
  2. Prohibición. Recae una prohibición sobre el héroe.
  3. Transgresión. La prohibición es transgredida.
  4. Conocimiento. El antagonista entra en contacto con el héroe.
  5. Información. El antagonista recibe información sobre la víctima.
  6. Engaño. El antagonista engaña al héroe para apoderarse de él o de sus bienes.
  7. Complicidad. La víctima es engañada y ayuda así a su agresor a su pesar.
  8. Fechoría. El antagonista causa algún perjuicio a uno de los miembros de la familia.
  9. Mediación. La fechoría es hecha pública, se le formula al héroe una petición u orden, se le permite o se le obliga a marchar.
  10. Aceptación. El héroe decide partir.
  11. Partida. El héroe se marcha.
  12. Prueba. El donante somete al héroe a una prueba que le prepara para la recepción de una ayuda mágica.
  13. Reacción del héroe. El héroe supera o falla la prueba.
  14. Regalo. El héroe recibe un objeto mágico.
  15. Viaje. El héroe es conducido a otro reino, donde se halla el objeto de su búsqueda.
  16. Lucha. El héroe y su antagonista se enfrentan en combate directo.
  17. Marca. El héroe queda marcado.
  18. Victoria. El héroe derrota al antagonista.
  19. Enmienda. La fechoría inicial es reparada.
  20. Regreso. El héroe vuelve a casa.
  21. Persecución. El héroe es perseguido.
  22. Socorro. El héroe es auxiliado.
  23. Regreso de incógnito. El héroe regresa, a su casa o a otro reino, sin ser reconocido.
  24. Fingimiento. Un falso héroe reivindica los logros que no le corresponden.
  25. Tarea difícil. Se propone al héroe una difícil misión.
  26. Cumplimiento. El héroe lleva a cabo la difícil misión.
  27. Reconocimiento. El héroe es reconocido
  28. Desenmascaramiento. El falso queda en evidencia.
  29. Transfiguración. El héroe recibe una nueva apariencia.
  30. Castigo. El antagonista es castigado.
  31. Boda. El héroe se casa y asciende al trono.

Tomando las funciones de Propp en su conjunto, y extrapolando su validez a todos los géneros, podríamos decir que a la hora de elaborar una novela lo que se produce es un determinado número de iteraciones, en donde la operación no es siempre la misma, aunque sí pertenece a un conjunto finito de ellas. Es una manera burda de simplificar el proceso creativo, como lo es estructurar una novela en introducción, nudo y desenlace, pero que estudiosos del tema han verificado en reiteradas ocasiones.

Ahora bien, si una novela está formada por un conjunto de argumentos, y cada uno de ellos cumple unas determinadas reglas, ¿qué sucedería si se crease una novela sin fin, es decir, repitiendo el proceso de creación de argumentos a lo largo del tiempo? Este experimento mental nos permitiría ver una determinada estructura, como ya dedujo Propp, similar en todos los argumentos de la novela.

Benoît Mandelbrot / Getty images.

Benoît Mandelbrot / Getty images.

En 1975, Benoît Mandelbrot propuso el término fractal para denominar a los objetos geométricos cuya estructura se repite a diferentes escalas. Un ejemplo clásico para entender la geometría fractal es la visualización de la línea de costa desde diferentes distancias. Si observamos la silueta costera desde el espacio, seremos capaces de detectar los principales cabos, bahías, golfos… A medida que nos vamos acercando, perdemos la visión de conjunto para centrarnos en regiones que repiten la misma estructura vista desde puntos más alejados. Si seguimos procediendo de la misma manera, nuestro campo de visión será menor pero veremos lo mismo aunque a menor escala. Esta repetición nos permite, por decirlo en palabras de James Gleick, observar el infinito. Otro bello ejemplo nos lo ofrece la propia naturaleza: el romanescu, un híbrido de brécol y coliflor.

Romanescu.

Romanescu.

Como íbamos diciendo, nuestro experimento mental consiste en repetir el proceso de creación de argumentos hasta el infinito. Digamos que escribiríamos una novela fractal, es decir, una novela con subargumentos con la misma estructura que el argumento del que originan. Por simplificar el problema, tomemos por estructura de cada argumento el trío: introducción, nudo y desenlace. Supongamos también que un triángulo representa un argumento, siendo cada uno de sus vértices la introducción, el nudo y el desenlace.

Creación del Copo de nieve de Koch

Creación del copo de nieve de Koch

Von Koch curve

Copo de nieve de Koch/ Animación de António Miguel de Campos

Comenzamos con un triángulo (nuestro argumento inicial). Después le añadimos otro argumento en forma de triángulo invertido. Así procedemos, creando subargumentos con cada triángulo formado. La construcción obtenida tras decenas de iteraciones es conocida como Copo de nieve de Koch, otro sencillo ejemplo con el que se explica la geometría fractal.

Una novela convencional puede estar formada por un par de triángulos o poseer varios de ellos, dependiendo de la extensión que ésta tome. Demasiados triángulos hacen perder la visión del primero, y uno sólo deja a la novela pendiente de tres hilos. La clave está en saber introducir triángulos sin que éstos desdibujen el primero, pues en él reside la esencia de la historia, aunque sean los secundarios los que la sustenten. ¿Acaso podríamos eliminar el triángulo creado por Dulcinea?

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Este tema al parecer no es de cosecha propia (aunque antes de publicarlo ignoraba que hubiese gente que estudiara la literatura fractal. De hecho me ha sorprendido que se conozca como tal porque yo puse el título al azar…cosas de la vida). He descubierto a posteriori que es un tema estudiado en profundidad, por lo que aquí expuesto puede que no se enmarque dentro de lo que se conoce como literatura fractal.

La gran obsesión bloguera: Visitas y lectores

Stua-Taburete-onda-blanco

Preocupado estaba un bloguero la semana pasada (léase Aventuras y desventuras de Lost en las redes sociales) por no ver ascender el número de visitas en su blog a pesar de haber hecho todo lo posible por conseguir aumentar el tráfico de éste. Al igual que muchos, pensaba que las visitas aumentarían si el contenido mereciese la pena y la paciencia fuese su aliada. Comentaba que esta idea era la responsable de que muchos autores cerrasen sus blogs al no ver cumplidas sus expectativas iniciales.

La entrada de Lost – que comparto casi en su totalidad – me hizo reflexionar sobre las razones por las que se decide abrir un blog. Algunas de ellas son acertadas y otras, en mi opinión, te arrastran al fracaso.

Existen alrededor de 120 millones de blogs en el mundo (en este dato están incluidos los abandonados). Con una cifra tan elevada es correcto pensar que tu blog no va a ser la panacea. Esto se traduce en que el número de lectores mensuales se mantendrá en una media acorde al tiempo de vida del blog, es decir: a más tiempo, más lectores mensuales.  Tener más lectores conforme aumenta el tiempo de vida no significa que tu blog sea más apreciado por el que lo lee, sino que es más popular en las búsquedas por una razón de tiempo o contenido, no de calidad. Ahora bien, si lo que buscas son visitas en vez de lectores, vas bien encaminado celebrando su ascenso, aunque tarde o temprano te darás cuenta de que escribir las entradas en un folio o en la red es básicamente lo mismo.

Claro está que en una cifra tan elevada de blogs habrá un porcentaje (también elevado) que ensucie al resto. Con esto me refiero a que el exceso de información eclipsa a la información. En mi caso, empleo bastante tiempo buscando blogs que merezca la pena leer, encontrando la mayoría de las veces el típico blog-estándar, una mezcla de introspección y sentimentalismo que recuerda más al diario íntimo del quinceañero que a un lugar público en donde se comparte información, reflexiones, reseñas… interesantes para el lector. Creo que es un error entender el concepto de blog como basurero del sentimiento si éste no va acompañado de una clara reflexión que pueda interesar al que lo lee.

Otra razón por la que se suele iniciar un blog y que puede traer a la temida “depresión bloguera”, es pensar que tienes algo interesante que decir (aunque lo tengas). A nadie, salvo excepciones, le interesa lo que vas a escribir. Eres un don nadie en un mundo de 120 millones de don nadies, por lo que tus palabras serán leídas, a no ser que insistas mucho, como las del resto, es decir, por encima. La mayoría de los visitantes pasan la mirada por las entradas buscando algo que ni siquiera ellos saben qué es. No les puede interesar lo que escribes porque tienen que deslizar sus ojos por decenas de entradas más después de la tuya. Iniciar un blog con la idea de que tus palabras van a ser leídas constituye el inicio de su muerte. Los lectores llegarán más tarde que temprano. El ansia por alcanzar la meta acaba con todos los proyectos.

Teatro lleno. Teatro Lara.

Teatro lleno. Teatro Lara.

Me parece que sólo hay una razón acertada por la que iniciar un blog: querer escribir o compartir algo. Entiendo que los lectores son importantes porque escribes para un público, pero no deben ser la razón de la existencia del blog. La razón es querer tenerlo, y el motor, los lectores que tienes (uno, dos, cien…no importa el número). Por lectores entiendo personas que muestran interés por lo que haces, aunque no se materialice en forma de comentario, pues en ocasiones éstos no son más que publicidad de blogueros obsesionados con la visita, no con el lector. Es muy fácil saber quién te sigue y quién no, incluso si permanecen en silencio.

Y si no consigues lectores siempre podrás recurrir a Nietzsche para justificar tu incomprensión:

Algún día se sentirá la necesidad de instituciones en que se viva y se enseñe como yo sé vivir y enseñar; tal vez, incluso, se creen entonces también cátedras especiales dedicadas a la interpretación del Zaratustra. Pero estaría en completa contracción conmigo mismo si ya hoy esperase yo encontrar oídos y manos para mis verdades: que hoy no se me oiga, que hoy no se sepa tomar nada de mí, eso no sólo es comprensible, eso me parece incluso lo justo.

Ecce homo, F. Nietzsche

Ejercicio práctico para lectores nostálgicos

William Faulkner, 1943. Revista Life.

William Faulkner, 1943. Revista Life.

Con la llegada de los cielos grises de otoño, llega también el recuerdo de Orhan Pamuk. La asociación se hace inevitable por tiempo que pase, más cuando los vientos frescos me traen los momentos – tanto buenos como malos – que pasé leyendo (y releyendo) algunos de sus libros.

Al hilo de lo que comentábamos en entradas pasadas (¿El tamaño importa? De Jonah Falcon a Diógenes y Hermann Hesse hablando de tamaños), Orhan Pamuk reflexiona sobre las bibliotecas personales en su libro Otros colores:

Leer bien no consiste en pasar despacio y cuidadosamente la mirada y la lógica sobre un texto, sino en sumergir el alma en su interior. Es por eso por lo que nos enamoramos de un número tan reducido de libros a lo largo de nuestra vida. Y la mejor biblioteca personal debería ser la compuesta por ese número de libros reales que sienten celos unos de otros. Los celos entre esos libros alimentan al autor creativo con una especia de tensión. Muy razonablemente, Flaubert nos dice que si uno lee con atención diez libros será un gran sabio. Como por lo general la gente es incapaz de hacer ni siquiera eso, reúne libros y presume de su biblioteca.

Tras esta lectura, invito a apuntar en un papel los libros (no importa si es uno o son veinte) clave de tu vida. Evidentemente, no es lo mismo para una persona de veintitantos (como es mi caso) que para una de ochenta…pero el ejercicio imagino que resultará igual de gratificante para ambos.

Haciendo caso a Pamuk, mi biblioteca personal tendría que estar formada por los siguientes once libros:

  1. La historia interminable, Michael Ende
  2. Robinson Crusoe, Daniel Defoe
  3. Qué es la teoría de la relatividad, Lev Landau y Yuri Rumer
  4. Los miserables, Victor Hugo
  5. Diálogos sobre la religión natural, David Hume
  6. El capital,  Karl Marx
  7. El hombre duplicado, José Saramago
  8. Se busca una mujer, Charles Bukowski
  9. El museo de la inocencia, Orhan Pamuk
  10. El castillo, Frank Kafka
  11. El animal moribundo, Philip Roth

No me ha costado seleccionarlos. Hay algo que te hace escribir el título sin pensar en ningún otro, como si estuvieras repasando los momentos clave de tu vida encriptados en forma de título de libro. Lo curioso es que, por mucho que pase el tiempo, ninguno podrá desaparecer de la lista. Al igual que no es posible borrar de la memoria los buenos y malos recuerdos, tampoco se puede hacer desaparecer de ella la sensación que te transmitió un libro cuando lo leíste. Lo que te hace escribir el título en tu lista no es el libro en sí, sino el entorno que propició que ese libro sea recordado de una manera especial.

El hombre duplicado no es el mejor libro que he leído de Saramago, como tampoco lo es Se busca una mujer de Bukowski o El animal moribundo de Philip Roth, pero es la época y lo que me transmiten sus títulos lo que me obliga a considerarlos clave en mi vida como lector, como se puede apreciar en la lista siguiente, en donde relaciono el libro con una época y no con el contenido de éste.

  1. La historia interminable, Michael Ende -> 11 años. Empecé a leer por gusto y no por obligación.
  2. Robinson Crusoe, Daniel Defoe -> Largos veranos en la playa.
  3. Qué es la teoría de la relatividad, Lev Landau y Yuri Rumer -> Empieza la vocación.
  4. Los miserables, Victor Hugo -> La miseria ofrece, la sociedad acepta.
  5. Diálogos sobre la religión natural, David Hume -> Discusiones con un amigo católico. Los ateos caemos bien.
  6. El capital,  Karl Marx -> Pensar y actuar, todo es empezar.
  7. El hombre duplicado, José Saramago -> Leer no significa mirar lo que está escrito.
  8. Se busca una mujer, Charles Bukowski -> Revolución en mis lecturas.
  9. El museo de la inocencia, Orhan Pamuk -> Se puede llegar a querer a un personaje.
  10. El castillo, Frank Kafka -> La vida cambia cuando decides mirar por encima de la muralla.
  11. El animal moribundo, Philip Roth -> Todo es gris aunque haya sol. Antídoto: humor ácido.

Quizá debería regalar el resto de mis libros y quedarme con estos once. Quizá debería escribir al tipo cuya pésima entrada sobre las ansias de poseer libros me ha inspirado ya en tres ocasiones para darle las gracias y, de paso, decirle que si quiere seguir acumulando libros no leídos le puedo mandar los que a mí me sobran. Quizá debería plantearme que si durante catorce años leyendo a un determinado ritmo he conseguido vivir once libros, haría bien en aumentar el ritmo para tener más recuerdos. Pero: ¿A mayor ritmo de lectura más libros para la lista? ¿Es que está relacionado el ritmo de lectura con el ritmo vital? ¿Por mucho que lea no podré superar la media de un libro destacado cada año? Sería un estúpido experimento que realizar conmigo mismo.

Dejando a un lado las preguntas al aire, una conclusión interesante acerca de estas líneas es que para añadir un libro a la lista es necesario el transcurso de un determinado tiempo tras su lectura. Apostaría a que nadie es capaz de añadir un libro que haya finalizado en un tiempo menor a seis meses a su lista de libros clave. No podemos entender el momento pasado hasta que no somos conscientes de lo que ese punto de inflexión supuso para el presente.

Otro factor importante es la imposibilidad de listas parecidas. Si realizase una lista con los que considero los mejores libros que he leído, posiblemente muchos de vosotros estaríais de acuerdo conmigo. Pero no podéis entender por qué (el ladrillo de) El capital es importante para mí, o por qué he escogido El castillo cuando ni siquiera lo acabé. La relación que tenemos con los libros es personal e intransferible. No puedo explicar mi lista a alguien que no haya vivido a mi lado, como no puedo explicar mi personalidad a un desconocido. Pero alguien que me conozca (y se haya leído mi selección de libros) entenderá que no son más que mi reflejo.