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Libros

Kafka nunca lo quiso…¿Kafka nunca lo quiso?

He vuelto a encontrarme con las obras completas de Kafka y a recordar lo que escribí hace un año. Como hay algunos lectores nuevos, comparto con ellos  la entrada que publiqué en mi antiguo blog.

Escaleras de Penrose. Maurits Cornelis Escher

Escaleras de Penrose. Maurits Cornelis Escher.

No sé qué demonios pensaría Kafka si un día de estos se atreviera a entrar en una librería. Y no me refiero a qué opinaría sobre las heces acumuladas en la entrada, sino a su sorpresa al descubrir  la reciente reedición de sus obras completas en un formato sugerente y atractivo.

Todos sabemos que Kafka era algo rarito. Escribía para sí mismo y en pocas ocasiones dejaba que sus escritos vieran la luz. Como mucho quedaba con su amigo Max Brod y, no sé en qué extraña situación, le leía sus escritos. Eso siempre me ha inquietado. No me veo llamando a un amigo para invitarle a casa con el fin de leerle mis textos. Digamos que ese roce roza – válgase la redundancia – lo incómodo, o quizás es que yo tengo una vergüenza demasiado evolucionada (o no evolucionada).

Como iba diciendo, si Kafka entrase en una librería lo primero que haría sería ojear esos supuestos libros que llaman novedades. Leyéndolos por encima llegaría  a una lógica conclusión: «no son libros, forman parte de los pilares que sustentan el edificio» Y después colocaría con cuidado y en el mismo lugar ese ejemplar de mil páginas llamado […] por no arriesgarse a que el techo se le viniera encima y le mandara de nuevo al hoyo. Su amigo Max Brod, más avispado que él en cuestiones de venta y marketing, entendería que aquellos ladrillos de papel (en palabras de Kafka) no eran ni más ni menos que los libros que las editoriales obligan a leer.

–        Oye, Max: ¿No hay demasiados ladrillos de papel? Por más que busco, querido amigo, no encuentro un sólo libro.

Max, mirando para otro lado, le diría que sí, que sí que hay libros, pero que hay que buscarlos. Le susurraría, para que nadie le oyera, que las librerías del siglo XXI juegan más al escondite que a la exhibición, y que por eso hay que buscar los libros entre tanta montaña de papel.

–        De acuerdo, Max, sigamos buscando. Con suerte encontraremos algo que llevarnos a la tumba. Estoy cansado de releer lo mismo día tras día.

Supongo que algún dependiente se percataría de que el gran Frank Kafka andaba pululando por la librería en busca de un libro, así que se acercaría a él para saludarle.

–        Buenos tardes, sr. K. ¿Puedo ayudarle en algo?

Frank mostraría su sorpresa al ser reconocido. Agradecería el trato personalizado y preguntaría por algún buen libro, añadiendo: «las noches en el cementerio se hacen largas…¡algo que me mantenga entretenido!». El dependiente se ausentaría durante varios minutos por vergüenza a encasquetarle uno de esos ladrillos de papel que se venden tan bien. En el transcurso de ese tiempo, Kafka seguiría dando vueltas por la librería bajo la atenta mirada de Max.

–        ¡Max! – exclamaría Kafka  frente a una apartada montaña de libros– ¡Max, rápido, ven aquí! – Y cuando Max estuviese con el mentón apoyado en el hombro de Frank, éste le diría: – Mira esto: Obras completas de Frank Kafka.

–        Sí, ya veo.

–        ¿Y se puede saber qué hace esto aquí?

Max guardaría un incómodo silencio que cabrearía aún más a Frank.

–        ¡Son mis novelas! Te dije expresamente que las quemaras tras mi muerte. Te lo pedí como favor.

Max, cansado de tanta estupidez, le soltaría alguna palabra malsonante y luego se arrepentiría. Más calmado le diría:

–        Debiste quemarlas tú mismo. No supe interpretar tus palabras. Lo siento.

Frank disimularía con éxito la alegría de ver sus libros en una librería, por lo que Max continuaría hundiéndose en su culpabilidad.

–        Lo siento, Frank, de veras que lo siento. Pensé que me guiñabas el ojo mientras me decías que las quemara cuando murieras. ¿Qué persona en su sano juicio desea ver su obra entre las llamas?

–        La misma que desea la muerte sin tener el valor de ir a buscarla – contestaría Frank acercándose al terreno literario –. Mira Max, te voy a ser sincero: yo no sabía lo que decía, no sabía cómo acabar con aquella imagen de romántico deprimido que me había forjado. Me gustaba escribir pero temía que  la gente no entendiera mis pajas mentales.

–        A mí me gustaba, Frank, a mí me gustaba – diría Max consolándole –. Te lo repetí hasta la saciedad durante nuestros encuentros. Pero tú estabas a lo tuyo: leyendo, todo el día leyendo tus textos, sin escuchar a tu fiel amigo.

–        ¡Max! No digas eso, viejo amigo.

–        ¡No me mandes callar,  Frank! Ahora me toca a mí – y levantando las obras completas de Frank Kafka diría: – ¡Ya basta! Acabemos con esta farsa.

Frank gritaría aterrorizado mientras Max, su viejo y fiel amigo, pediría fuego a la primera persona que pasara por el lugar. Tras rodar el pulgar por la piedra del mechero, crearía la mecha que acabaría con la obra completa de Frank Kafka. El fuego de las obras se contagiaría al resto de libros y ladrillos de papel hasta que la librería entera sucumbiese en un mar de fuego y lágrimas kafkianas.

Frank Kafka (1883-1924)

Frank Kafka nació en 1883, en Praga. Tras una vida agonizando, encontró la paz en 1924, en Kierling, una pequeña localidad austriaca. Su modo peculiar de ver y sentir la vida le llevó a plasmar trazos de su alma turbulenta en sus obras, algunas consideradas pilares de la Literatura.

Siempre que pienso en Kafka me lo imagino vagando por las calles empedradas de Praga bajo la sombra del castillo. Me lo imagino en una Praga sin turistas, en invierno, abrigado hasta la cabeza  con ropa negra, dejando a la vista sus oscuros ojos oscuros. Me lo imagino yendo de un lado a otro sin querer ir, deseando la llegada de la noche para sumergirse en la única terapia que podía aliviar su mente enferma: la escritura.

Leí hace tiempo que el joven Kafka – nunca llegó a viejo – se pasó, en una ocasión, veinticuatro horas seguidas escribiendo. No me lo creí. No podía creerme que Kafka, el débil y enfermizo Kafka, pudiera haberse pasado más de un par de horas delante de un papel – que le revelaba quién era – sin antes tirarse por la ventana. También leí que cuando le diagnosticaron tuberculosis susurró un «por fin» que evidenció su falta de valentía. Y queriéndome creer esto último, tengo que decir  que no puedo hacerlo. Kafka no era un cobarde, y mucho menos despreciaba la vida. Era adicto a ella, a la forma que tenía de destrozarle y mostrarle tras la paliza su verdadera cara.

La metamorfosis podría resumir la vida y obra de un escritor que nunca encontró su lugar. Pero si hay algo más duro que despertar siendo un insecto, es descubrir que toda tu vida lo has sido. Kafka permaneció recluido en una habitación por miedo a que los demás le señalaran como insecto. Su miedo precoz a ser juzgado por su físico le acompañó parte de su vida, hasta que descubrió que esa fragilidad en su aspecto, esa inteligencia tierna y agresiva a partes por igual, enamoraba a todo aquel que se le acercara. Después asumió que el sentirse insecto en un mundo de humanos no era causa de su físico, sino de su concepción de la sociedad.

El castillo y El proceso representan ese entendimiento de sí mismo: un hombre atrapado en un sistema burocrático, aséptico, cruel e inhumano. Kafka no entiende la sociedad en la que vive, se siente ajeno a ella y a las reglas que la definen. Se siente perseguido, acorralado, atrapado en un laberinto del que no puede escapar.

El absurdo reina en sus obras, también la ironía, pero el primero no deja de ser inherente al sistema que tiene que soportar y el segundo un rasgo de la propia personalidad de Kafka. Su mezcla resulta el combustible que marca el ritmo constante de su narración, saltando de escena en escena, aunque siempre de la mano de un personaje que no es ni más ni menos que el propio Frank Kafka.

Kafka ha sido estudiado hasta la saciedad, pero no quiero entrar a analizar su obra desde un punto de vista técnico, de corrientes y pensamientos. Muchos ya lo ha hecho, recogiendo fracasos y triunfos. Existencialista, ateo, marxista, anarquista… aburren las etiquetas y los prismas desde los que se ha estudiado su obra. Mejor deleitémonos con un escritor irrepetible, único a la hora de narrar y maestro generador de historias que, aparentemente surrealistas, representan la realidad con una fidelidad aterradora.

Recomiendo leer el relato Un artista del hambre.

Frank, la próxima vez que me acerque a ese solitario cementerio, en vez de robarte una piedra, te dejaré tus obras completas. Ellas conseguirán alegrarte las noches.

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Acerca de Diego DZ

Madrid, 1988. Físico. En mis ratos libres corro y leo, también escalo y escribo.

Comentarios

8 comentarios en “Kafka nunca lo quiso…¿Kafka nunca lo quiso?

  1. Gracias por recuperar este post que no había leído.

    me he quedado con lo de libros o ladrillos de papel. He estado pensando que libro le recomendaría a Kafka para entretenerse en el cementerio y que no se le acabara nunca.

    “Verdes valles, tierras rojas”, la trilogia de Pinilla.

    Publicado por molinos | 29 octubre, 2013, 9:03 AM
  2. Buena entrada, me gusta especialmente la primera parte.
    Cuando componía, nada que ver con el trabajo de ejecución, a menudo llamaba alguien para que leyera la partitura. No es tan inusual, por lo que conozco de otra gente que crea… es parte de la inseguridad, de la búsqueda: necesitar alguien que aniquile lo que tanto trabajo te ha costado o reaccionar reivindicando definitivamente su derecho a la existencia. Abrazo.

    Publicado por Triste Sina | 29 octubre, 2013, 10:07 AM
    • Hasta hace unos meses tenía un grupo de música (por aquí hablo de jazz, pero el grupo era de punk-hardcore). Estuvimos tocando durante siete años. Yo, como era el cantante, componía las letras. Por suerte nunca tuve que recitarlas para presentárselas al resto. Las mandaba por email antes de ir a los ensayos.
      Me resultan incómodas esas situaciones en las que tienes que leer algo que has escrito. Prefiero que sea el resto quien lea, a no ser que sea una persona de mucha confianza. Tendré que mirarlo…

      Publicado por Diego | 29 octubre, 2013, 11:17 AM
  3. Siguiendo con esto…siempre hay un primer lector, no? Alguien que lee lo que escribimos el primero o también alguien en quien pensamos cuando escribimos, ese es el primer lector.

    Lo decia Steinbeck “In writing, your audience is one single reader. I have found that sometimes it helps to pick out one person—a real person you know, or an imagined person and write to that one.”

    Publicado por molinos | 29 octubre, 2013, 11:22 AM
    • Supongo que sí. Todos tenemos alguien a quien comentar las entradas antes de subirlas. Los que se dedican a la escritura de forma “profesional”, digo yo que pedirán consejo a las personas más cercanas.
      Gran cita. No la conocía y me parece muy buena.

      Publicado por Diego | 29 octubre, 2013, 12:46 PM
  4. Me ha tenido intrigadísimo por el desenlace hasta el final. Genial, pero en la librería adecuada habrían podido darle algo interesante. Personalmente seguro que habría fallado, pero puestos a opinar habría buscado algo bien documentado sobre la segunda guerra mundial, para que comprobara por sus propios ojos que los hombres bien pueden ser buitres o hienas como en algunos de sus relatos, cuan clara había sido su visión en sus obras más pesimistas (para con los judios o con la humanidad en general). Y le regalaría Rebelión en la granja de Orwell, y quizá 1984 (con algún libro que le pusiera en contexto con el s. XXI). Y sobre todo le habría dado folios y papel.
    Un saludo y gracias por compartir

    Publicado por E. J. Castroviejo | 29 octubre, 2013, 12:40 PM
    • En una librería de calidad seguro que esta historia no hubiese ocurrido.
      Me inclino también por ese tipo de novelas, aunque más por Rebelión de Joseph Roth, cuya publicación coincide con la muerte de Kafka, o alguna parábola de Saramago.
      saludos!

      Publicado por Diego | 29 octubre, 2013, 12:51 PM

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