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Gotas y gotitas de saliva

Yo fui al Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid. Cometí el error una tarde de hace dos años y medio, cuando por motivos académicos tuve que malgastar alrededor de tres horas en escuchar una charla acerca de arquitectura sanitaria. No estudié Arquitectura, tampoco Medicina, pero cursé una asignatura de libre elección cuyo nombre no recuerdo…algo así como Historia de las actividades deportivas. En el caso de que desearas escuchar a un profesor impartir lecciones sobre el tema, era necesario hacer una excursión a la Facultad de Medicina. Por el contrario, si pertenecías al club independiente, podías enchufarte el temario en vena gracias a un libro de 800 páginas, Compendio histórico de la actividad física y el deporte, realmente interesante, y no pretendo ser irónico. Que pudieras estudiar por tu cuenta y asistir después al examen no es (o era) algo nuevo en la universidad, aunque sí que el profesor te ofreciera esa opción. El negocio – es evidente que detrás de esa supuesta amabilidad había un objetivo lucrativo –  era el siguiente: solo era posible aprobar la asignatura si llevabas el libro al examen, por lo que el profesor – el mismo que lo había escrito – se aseguraba de que cada año alrededor de 500 estudiantes lo compraran por el módico precio de 80 euros. No es que te amenazara en la puerta del aula si no aparecías cargando semejante gasto de papel, sino que el libro era imprescindible para aprobar un examen compuesto por 100 preguntas tipo test que se encontraban inmersas entre las 800 páginas. En esta maraña de tres cifras (80, 100 y 800. Ahora nos interesan las 100 preguntas), cabe rescatar el hecho probado de que era imposible resolver el examen de forma individual, por lo que nada más entrar a la clase, comenzaron a crearse grupos ilegales de trabajo para buscar las preguntas que allí aparecían. Mis dos conocidos me abandonaron en el campo de batalla y no tuve más remedio que aliarme con una desconocida que resolvió las preguntas 1-50. Cuando quedaban diez minutos para acabar el examen, ninguno de los dos habíamos podido hallar nuestro grupo de 50, pero nos intercambiamos las respuestas. Fue la única vez que copié en la universidad, y porque la asignatura era una estafa, una forma de sacar el dinero a los estudiantes. Daría para un estudio aparte la razón por la cual cada año alrededor de 500 estúpidos se matriculaban en esa asignatura de 9 créditos en la que era relativamente sencillo obtener más de un ocho como nota final. Y aquí viene el apunte: como nota final. Es decir, que la nota no estaba compuesta únicamente por la calificación del examen final, sino por un par de trabajitos más, entre los que se encontraba asistir a unas conferencias en el Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid.

El Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid es un lugar que da asco pisar, no porque esté sucio o huela mal, sino porque es el típico espacio en el que un estudiante medio se siente incómodo hasta el punto de no saber cómo comportarse o qué movimiento puede realizar sin llamar la atención de los guardianes del orden que con traje y corbata vigilan desde cada rincón. Es un lugar burgués y elitista, repleto de pinturas por las paredes y cortinas de esas rojas que solo se encuentran en lugares de calidad; también las butacas en las que te dejan sentar están acolchadas gracias un cojín rojo que combina con la madera envejecida de la que está formada la mencionada butaca. La sala en la que yo conviví con el aburrimiento era inmensa, con cientos de butacas rojas por todos sitios, arriba y abajo, también en los laterales. Si el techo no hubiese sido pintado por un magnífico artista, seguro que también habría butacas en él para que las cuatro personas que fuimos a ver qué pasaba allí pudiéramos elegir sentarnos donde más nos agradara. Hay que destacar que también había butacas en algo que podría denominar «escenario», «tarima», «tribuna», «tablado»… de tal manera que solo los médicos más sabios podían sentarse de lado y observar a los ponentes desde un lugar privilegiado. En una de esas butacas laterales del escenario, se durmió un médico de aspecto escuálido, enfermizo, parecida al del paciente de la siguiente fotografía. Por un momento pensé que era una pintura de Doménikos Theotokópoulos. Luego, cuando una señora que estaba a su lado – también médico porque si no, insisto, la hubieran llamado la atención los guardianes del orden – le dio un codazo (es de mala educación ser  invitado a una conferencia que versa sobre la arquitectura sanitaria y dormirte a la primera de cambio), me di cuenta de que aquel señor estaba vivo y, por supuesto, no era una pintura. El cuadro en realidad lo pintaban los tres ponentes que trataron de dormir al público a base de ofrecer material que a pocos de allí nos interesaba.

Dr. Ceriani gives the 85-year-old man spinal anesthesia before amputating his gangrenous left leg(Life )

Dr. Ceriani gives the 85-year-old man spinal anesthesia before amputating his gangrenous left leg(Life )

Los dos primeros ponentes trataron dos temas que no voy a caricaturizar aquí porque carecen de importancia para el objetivo de este texto. Fue el tercer ponente el que soltó una charla de hora y media acerca de las gotas y gotitas de saliva.  Como leen: gotas y gotitas de saliva. Nunca olvidaré cómo aquel hombre, de aspecto parecido al dormilón del que nos hemos reído a escondidas, trataba de explicar cómo al hablar expulsamos «gotas y gotitas de saliva» que pueden ir a parar a la cara del receptor. Hacía especial hincapié en las relaciones en los hospitales porque claro: a nadie le gusta que un enfermo le lance «gotas y gotitas de saliva» a la cara durante una conversación, resulta asqueroso. Pero no es lo que ustedes se imaginan, no se trata de la típica gota de saliva de medio milímetro de diámetro que es lanzada sin intención a la cara, mano o cuerpo de otra persona, sino a las «gotas y gotitas de saliva» invisibles al ojo humano, aquellas que sin saberlo nos lanzamos unos a otros en una conversación. El ponente se mostraba especialmente preocupado al hablar de este tema tan recurrente en cualquier charla, mostrando un envidiable interés hacia algo marginal que solo a él le interesaba. Parecía que le iba la vida en ello, que una angustia interna le comería por dentro si no aunábamos nuestras fuerzas en la lucha contra las miles de «gotas y gotitas de saliva» que nos alcanzan la cara diariamente. Pese a la incipiente preocupación del público – un hombre, supongo que era médico, incluso llegó a preguntar por tan controvertido problema –, el ponente no ofreció ninguna solución a eso que ya empezaba a sentir como un problema fundamental en mi vida (¿Cómo iba a transportarme en metro? ¿Qué iba a ser de hablar cara a cara? ¿Y mi familia y amigos, dejaría de verles por miedo a que me contaminaran?). Tras ese largo sermón, se marchó por donde había venido, dejando al público desconfiando los unos de los otros y evitando cualquier tipo de interacción verbal por miedo a acabar contaminado por las babas de otro.

Dan Fante (www.go-mag.com)

Dan Fante (www.go-mag.com)

Dos años y medio después, recuerdo ese momento mientras sostengo un libro entre mis manos, Chump Change, de Dan Fante (si se pensaban que iba a hablar de «gotas y gotitas de saliva», lo siento, no es un tema que me interese). Como he sido lector gracias a las bibliotecas públicas, rebusqué por las municipales y las de la comunidad para dar con este curioso ejemplar que solo Sajalín editores ha publicado en castellano. El lector que desee conocer por qué Chump Change debería ser lectura obligada en algún momento de nuestras cortas vidas, que pinche sobre el título porque aquí, hoy, no voy a reseñarlo, eso será en un extenso artículo que algún día (o no) saldrá a la luz bajo el título: El legado de los Fante, en el que comentaré la obra y vida de John Fante y su hijo, Dan Fante, aliñado con algunas tórridas escenas de Hollywood y del Comité de Actividades Antiamericanas que tan poco gustan en este espacio. También aparecerá en escena el amigo Bukowski, un borracho William Faulkner y Dalton Trumbo, entre otros. Puede que modifique estos ingredientes, pero lo que está seguro es que el título también podrá ser modificado.

Como iba diciendo, mientras estaba leyendo Chump Change, un ataque de ira y de inspiración me ha hecho arrastrarme hasta el ordenador para plasmar la historia de las «gotas y gotitas de saliva» con el firme propósito de introducir un tema que sí me preocupa: el subrayado de libros públicos. Y es que hay una subespecie de la especie humana que se cree con el derecho a meter la zarpa en un libro que no es suyo. Para mí, leer un  libro subrayado de una biblioteca pública es lo más parecido a que me escupan en la cara, y no precisamente «gotas y gotitas de saliva», sino una flema densa, verde y elástica. Es una falta de respeto, no solo hacia el libro, sino hacia las siguientes personas que lo leerán. Dejar las «gotas y gotitas de saliva» página sí y página también no es de buen gusto, no ayuda al siguiente lector, no aporta nada a la comprensión del texto. Lo mismo el que lo hace piensa que está haciendo un favor a la humanidad al extraer las ideas clave del libro, aunque en realidad obra de esa manera sin ningún tipo de objetivo, ni siquiera personal. Entiendo que se subraye un libro que se ha comprado y se va a conservar – eso es escupir «gotas y gotitas de saliva» en tu cara, no en la de otro –  porque te gusta repasar libros y ver qué pasajes has marcado como relevantes. Pero hacerlo en un libro que pertenece a todos es cuanto menos una estupidez.

Las bibliotecas prestan los libros durante un mes. Ese tiempo no es suficiente para leer, subrayar y repasar. Es más, apuesto a que las personas que subrayan libros ajenos ni siquiera saben leer, se dedican a pasar la mirada por encima de las palabras sin descifrar el mensaje que esconden. Debería haber un detector de libros subrayados y obligar al que lo hace a justificar tan deleznable acción para que la humillación le sirva de castigo y consejo. ¿Y todo esto por culpa de un maldito ejemplar de Chump Change subrayado? ¡No!, por un ejemplar de Chump Change mal subrayado. No sé quién demonios ha leído este libro antes que yo, pero lo que está claro es que, aparte de ser un maleducado, no sabe leer. Ojalá pudiera transmitir por aquí qué sinsentido de síntesis, qué estrafalarios comentarios al margen, qué manera de desviar la atención del siguiente lector con subrayados absurdos, inoportunos y ridículos. Al principio, cuando vi la primera frase subrayada, pensé que el lector era un gilipollas; después, al ver que subrayaba fragmentos que no merecían ser subrayados comencé a darme cuenta de que era un cabrón. Finalmente, cuando vi subrayado lo siguiente: «incluso tú», deduje que era un hijo de puta (según la Real Academia Española, hijo de puta es sinónimo de mala persona). Puedo seguir con una lista interminable de fragmentos mal subrayados, como «aquende y allende», «estado de valentía etílica», «desconsolados y vestidos de negro», «seguía despierto o al menos me parecía», «su pasión eran los penes y los libros», «el éxito y la rabia», «el lameculos que hay en mí», y un largo etcétera que no voy a incluir. Cuando pensé que todo esto me estaba superando y desviando de mi objetivo vital, una frase subrayada me aclaró todo: «Llegué a la conclusión de que lo mejor sería ir al cine, comer palomitas y no pensar en ello».

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Una primera aproximación a John Fante: Pregúntale al polvo

John-Fante

Llevo semanas leyendo sin tregua a los Fante, padre e hijo: John y Dan, respectivamente. Dan Fante no fue hijo único, pero sí el único que ha tomado el testigo de su padre después de desengancharse de las drogas y superar una profunda depresión con tendencias suicidas. La historia de Dan – que da para derramar ríos de tinta y lágrimas – se cruzará pronto en este u otro espacio cuando hablemos de la vida y obra de John Fante, el precursor del realismo sucio, el «dios» de Charles Bukowski, el guionista fracasado de Hollywood…

De todos los libros de John Fante que he estado hojeando y leyendo, merece un trato especial Pregúntale al polvo, publicado en castellano por Anagrama. Se trata de una novela en clave que salió a la luz en 1939 sin apenas repercusión. Sería 40 años después cuando Charles Bukowksi, en una de sus incursiones a la Biblioteca Pública de Los Ángeles, descubriera la joya que marcaría su estilo hasta tal punto de convencer a su editor para que rescatara del olvido una novela que consiguió colocarse durante semanas en la lista de los más vendidos de The New York Times.

Pregúntale al polvo es John Fante en estado puro, es la ciudad de Los Ángeles durante los duros años 30, es fracaso y amor, odio y ternura, es ilusión y derrota. Arturo Bandini – alter ego de John Fante – trata de abrirse camino como escritor en Los Ángeles, California, al tiempo que saborea una fama efímera tras ver publicado uno de sus relatos en una pequeña revista. Alojado en un hotel que recuerda al Hotel Earle de Barton Fink, se dedica a escribir mientras sueña con la fama eterna, demostrando a todo aquel que se ponga por delante que es digno merecedor de ella. Su vida en soledad se verá salpicada por la relación que inicia con una camarera mexicana, Camila, quien será el objetivo de su ira y amor.

Se trata de una una novela rápida, directa, como un golpe en la boca. A ratos te hace reír (daría para un Reír no es divertido III, pero no voy a abusar del poco éxito de las dos primeras partes), en otros momentos te transmite la amargura de la Gran Depresión, y al final, cuando piensas que los The End de Hollywood existen, el polvo del Mojave te llena la boca y te empuja contra el sofá. Hacía tiempo que un final no me dejaba derrotado, asombrado por la maestría del autor para llevarte hasta el punto que desea y dejarte allí, frente a un desierto, deseando que no haya un punto final.

Los gofres son para comer, no para correr

10 enero, 2014 | Los gofres son para comer, no para correr > Leer en Highway Magazine

Crónica escueta de una derrota

Siempre hay que dar la cara, más cuando se pierde. En este caso no ha sido una derrota humillante pero he perdido. Presenté este blog a la segunda edición del concurso Blog Literario 2013 organizado por la Asociación de Escritores en Lengua Castellana (ASELCA)) cuando apenas quedaba un mes para cerrar la inscripción. Necesitaba vuestros votos para estar dentro de lo veinte primeros y así fue, gracias a los que me votasteis me clasifiqué para la siguiente ronda, en la que un jurado escogería a los ocho mejores. Cuando casi me había olvidado del concurso, vi una noticia en la web de ASELCA: el jurado había decidido que Ruta 142 se clasificara para la siguiente ronda junto a otros siete blogs. Finalmente, decidió que dos blogs pasaría  a la final, entre los que éste ya no estaba.

Pero bueno, no vengo a hablar de mí ni a regodearme en mi derrota, sino a dar publicidad al que ayer se proclamó ganador, Percepciones de la ignorancia. Desde que lo vi le consideré el mejor rival. Creo que el jurado ha sabido escoger con acierto y gusto, lo digo por la estética: un diseño psicodélico que llama la atención e invita a curiosear. Espero que el autor, Rodrigo Valla, motivado por el premio, actualice de forma frecuente su espacio y nos permita a los lectores disfrutar de él.

For the love of Physics

Walter Lewin, físico, profesor del Massachusetts Institute of Technology: MIT, apasionado del arte y coleccionista. Durante seis años, sus clases de física fueron televisadas por la cadena UWTV de Seatle, alcanzando audiencias de más de cuatro millones de espectadores. Sus vídeos en youtube cuentan con cientos de miles de visitas gracias a la forma que tiene de mostrar el lado más espectacular de la física: los resultados tangibles que se esconden tras las ecuaciones de la pizarra.

Cuando las imágenes hablan por sí solas, las palabras sobran:

Kase.O Jazz Magnetism

Ensayo 23 Robadors, Barcelona Abril 2009, Kase.O Jazz Magnetism.

Ensayo 23 Robadors, Barcelona Abril 2009, Kase.O Jazz Magnetism.

El jazz se ha fusionado con multitud de estilos desde su creación. Así hemos podido disfrutar de jazz rock, jazz electrónico, jazz flamenco o funky jazz, por nombrar algunos ejemplos. Pero lo que traigo hoy es una combinación que choca, a pesar de que sus creadores tienen más rasgos en común de lo que a primera vista pudiera parecer. Me refiero a los dos estilos que se mezclaron durante los ochenta para dar un subgénero conocido como jazz rap.

Más de veinte años después de que el jazz rap comenzara su andadura, Kase. O, componente de Violadores del Verso, se unió con una banda de jazz para sacar el disco Kase.O Jazz Magnetism. El álbum me parece perfecto, tanto por las melodías de jazz que flotan sobre un ritmo de hip hop, como por las letras de Kase.O, fluidas y directas.

Os dejo un ejemplo para abrir el apetito. Dentro de un tiempo hablaremos a fondo del jazz y el rap como fusión.

Apología del plagio

2 enero, 2014 | Apología del plagio > Leer en Highway Magazine