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¿Vives la vida o solo la conservas? Un apunte sin trascendencia

Dos noches y un tema de conversación recurrente: ¿Vives la vida o solo la conservas?

La discusión surgió a raíz de la escalada en solo (sin cuerdas) que realizó Alex Honnold el pasado 15 de enero en el Potrero Chico, México. Se trata de una vía de 500 metros – con 11 de sus 15 largos comprendidos entre el 7a+ y el 7c – considerada (ahora que Honnold superó el reto) la escalada en solo más difícil de la historia.

Alex Honnold no recibirá medallas ni arneses de oro, no anunciará calzoncillos ni se echará gomina antes de realizar su siguiente escalada; tampoco le pararán por la calle ni será considerado el mejor deportista estadounidense. Él vive en una furgoneta y así continuará mientras tenga un sponsor que apueste por él. Con 28 años se dedica a viajar buscando nuevas paredes y entornos y experiencias y desafíos que le hagan vivir y no conservar su vida. Nosotros nos preguntábamos qué tipo de persona decide jugársela hasta el punto de que un error pueda acabar en tragedia, pero algunos dirán: «Habiendo cuerdas para qué sube sin ellas». No lo sé, y aunque tuviera la oportunidad de entrevistarle dudo que le preguntara por qué decide arriesgar su vida cuando puede jugar al fútbol, ver la televisión, beber cerveza y llevar una placentera vida de salón que, con poca suerte, se prolongará hasta que el aburrimiento acabe con ella.

Hay una idea que se nos inculca desde que nacemos: tratar de vivir muchos años. No sé si es correcto o incorrecto ese mantra, pero soy de la opinión de que por muchos años que vivas si nunca haces nada que te haga vivir al final de tus días te darás cuenta de que no has vivido.  Un carpe diem en toda regla. «Coged las rosas mientras podáis / veloz el tiempo vuela. / La misma flor que hoy admiráis, / mañana estará muerta…» que diría Walter White, digo Walt Whitman. Queda bonito de tatuaje, alternativo y rompedor, pero a la hora de la verdad asusta ver a una persona que decide coger la rosa para contemplarla antes de que el tiempo la marchite.

Yo no escalaría sin cuerdas. Lo tengo claro. No creo que mi rosa se haya perdido en una pared de México o Yosemite y la única manera de alcanzarla sea trepando en solitario. No obstante, aplaudo al que no le importa morir hoy, mañana, pasado o el mes que viene haciendo lo que le hace vivir. Le aplaudo por haber sido capaz de desprenderse de las cuerdas que le sujetan a la conservación del tiempo para escoger la vida sin adulterar.  Apuesto a que algunos de los que tachan de locos a estos vividores se plantearían de nuevo el debate si en vez de una tuviésemos siete vidas. Entonces la pregunta « ¿Vives la vida o solo la conservas?» se desnudaría ante nosotros y las paredes del mundo se llenarían de personas buscando su flor.

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Storyville, el barrio rojo del jazz

Entre los años 1897 y 1917, en un distrito de Nueva Orleans, Storyville, un recién nacido estilo se desarrolló en un ambiente de drogas, prostitución, alcohol y juego, haciendo que su música  se relacionara durante años con lo peor de las noches. Jack V.Buerkle escribió en Bourbon Street Blues:

Los años noventa del siglo pasado (1890) fueron particularmente duros para las clases medias y populares de Nueva Orleans. Los jóvenes criollos de color, cuyos padres habían luchado durante dos generaciones para salir adelante, buscaban la estabilidad económica allí donde ésta se encontrara. En Storyville, por ejemplo. En muchos casos, la paga era escasa, pero aún así era digna de ser tenida en consideración. Había jóvenes criollos como Sidney Bechet que trabajaban en el distrito sin que sus orgullosos padres lo supieran, pues para muchos criollos de color un empleo como músico en Storyville era fuente de gran desprestigio entre su comunidad. A Jelly Roll Morton, su abuela le expulsó de casa con quince años por tocar en Storyville. […] Con todo, muchos de los negros putos no le hacían ascos a tocar en un burdel, pues allí tenían ocasión de interpretar la música que amaban y cobrar dinero por ello.

Storyville debe su nombre al concejal Sydney Story, quien en 1897 decidió tolerar la prostitución «desde el lado sur de la calle Custom, al lado norte de la calle St. Louis, y de la parte baja de casas de madera de la calle Basin Norte, a la parte baja de casas de madera de la calle Robertson; de la parte alta de la calle Perdido, a la parte baja de la calle Gravier; y del lado del río de la calle Franklin, a la parte baja de casas de madera de la calle Locust». La prostitución se convirtió así en un negocio que reportaba grandes sumas de dinero y atraía a hombres de todas las partes del mundo a su paso por la transitada Nueva Orleans.

Fue en los burdeles de Storyville donde los músicos de jazz pudieron tocar hasta altas horas de la madrugada. Bunk Jonhnson y el ya mencionado Jelly Roll Morton son un par de ejemplos de grandes del jazz que dieron sus primeros pasos entre borrachos, prostitutas y mafiosos. Son muchos los temas de jazz dedicados a calles o locales de Storyville, e incluso algún grupo adoptó como nombre el del local donde solía tocar.

Tras la Primera Guerra Mundial, Storyville fue demolida y convertida en una nueva zona residencial llamada Iberville. Las prostitutas y los propietarios de los locales se tuvieron que trasladar a otras zonas, y el jazz, por supuesto, salió de los burdeles en busca de un lugar mejor, Chicago y Nueva York.

David Foster Wallace y la autocastración

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La Academia Americana de Medicina de Urgencias lo confirma: entre una y dos docenas de hombres adultos americanos ingresan todos los años en urgencias después de haberse castrado a sí mismos. Normalmente con utensilios de cocina, y a veces con cortaalambres. A modo de respuesta a la pregunta obvia, los pacientes que  sobreviven a menudo explican que sus deseos sexuales se habían convertido para ellos en una fuente de conflicto y ansiedad intolerables. El deseo de un alivio perfecto, unido a la imposibilidad en el mundo real de obtener ese alivio perfecto y de obtenerlo en el momento deseado, les había producido una tensión que ya no podían soportar.

Es a los hombres de más de treinta años con problemas de testosterona cuyos casos se han documentado en los dos últimos años a los que estos enviados especiales desean dedicar el presente artículo. Y a aquellas almas atormentadas que se estén planteando la autocastración en 1998 deseamos decirles: ¡Alto! ¡Quita esa mano! ¡Deja en paz esos utensilios de cocina y/o cortaalambres!. Porque creemos haber encontrado una alternativa.

David Foster Wallace, Gran hijo rojo.

Maxwell, las Blue Mountains y Aron Ralston

15 febrero, 2014 | Maxwell, las Blue Mountains y Aron Ralston > Leer en Highway Magazine

Gente que lo dejó todo para encender fuego con dos piedras

Alaska 1965. (www.life.time.com)

Alaska 1965. (www.life.time.com)

Hace ocho meses, el título que encabeza esta entrada me hizo abrir un nuevo blog y olvidarme del anterior. No fue exactamente así, tan repentino, tan improvisado que parece rozar lo descabellado. Pero sí que es cierto que la idea de escribir una entrada sobre gente que lo dejó todo para encender fuego con dos piedras me hizo plantearme que mi antiguo blog no daba más de sí: no tenía sentido incluir una entrada que se saltara las reglas autoimpuestas, o aun siguiéndolas en lo que a temática se refiere, no continuara con el estilo que caracterizaba al resto de entradas. Puestos a elegir entre cambiar de blog o de estilo, decidí cambiar de estilo y de blog. El anterior estaba agotado; su función había sido cumplida hacía tiempo.

Quien conozca a qué hace referencia el título de este blog, Ruta 142, entenderá por qué digo que esta entrada no debería haber sido escrita hoy, sino hace meses, cuando estudiaba el subsuelo, leía historias desesperadas, escribía a ratos e imaginaba tuberías de cientos de metros. Desvaríos aparte, fue una época en la que leí un libro que, según me dijeron hace un par de meses, es de quinceañeras hipsters, ésas que calzan zapatillas Vans de plataforma, llevan gafas de pasta sin sufrir de la vista, intentan bailar sobre un longboard, se rapan un lado de la cabeza y llevan los Levi’s 501 por encima del ombligo y tan cortos que no pueden ser calificados como prenda de vestir. Bueno, pues eso. Me encontraba yo en una especie de fiesta cuando una persona me dijo que no le gustaba el título de mi nuevo blog, no por el significado que yo le había dado (léase Declaración de intenciones), sino porque al parecer estaba de moda la historia de Alex Supertramp y demás. La verdad es que me extrañó. No podía creer que la historia de un tipo que  se largó a Alaska pudiera ser tan conocida pese a que el magnífico libro de Jon Krakauer, Into the Wild (en el que no solo narra la historia de Chris McCandless. Utilizo Supertramp y McCandeless indistintamente y con pedante naturalidad porque me considero la última persona del planeta que se enteró de su existencia) hubiese sido llevado al cine de la peor manera por Sean Pean. Mi sorpresa se disipó cuando recordé que en la película actuaba Kristen Stewart, culpable también de que On the road se haya popularizado entre los modernos no como libro de culto, que lo es, sino como película sine qua non puedes entrar en los círculos modernos. Es decir, que para pasar el examen de moderno, hipster o como se quiera llamar, tienes que haber visto una película basada en un libro escrito en los años cincuenta y saber quién demonios era Chris McCandless. De Bukowski no voy a hablar porque ya me explayé lo suficiente en Tolstoi y Bukowski en la batidora.

Como iba diciendo varias líneas más arriba, inicié el blog con la idea de cambiar un poco el tema de mis entradas (quien me siga desde mis primeros pasos en este mundo se preguntará qué temática he cambiado, porque la temática entendida como «tema o conjunto de temas contenidos en un asunto general» no ha cambiado. Pero creo que el estilo, que es lo que más me interesaba, sí) y darme más libertad a la hora de escribir, de tal manera que pudiera dedicar, por ejemplo, unas líneas a lo que en su momento me interesaba: personas que viviendo en una sociedad tecnológica, decidieron pasar página e iniciar una vida en el campo, lejos de la civilización y empleando únicamente lo que la naturaleza puede proporcionar.

Jack London (1876-1916)

Jack London (1876-1916)

Tal y como retrató Jack London en el relato Encender una hoguera, la historia de esos chechaquos acaba siempre igual, muertos por no seguir los consejos de los sabios del lugar e infravalorar el poder de la naturaleza. Sin embargo, existe un contraejemplo, el de Gene Rosellini, que tras pasar por la Universidad de Washington y la de Seatle, decidió realizar un experimento en un bosque cercano a Cordova, Alaska.  «Me interesaba saber si era posible prescindir de la moderna tecnología», declaró en una entrevista para el Anchorage Daily News. Su idea era comprobar si el ser humano actual podía vivir con los elementos de épocas pasadas. Probó viviendo tal y como hacían en la Antigua Roma, en la Edad de Hierro y la Edad de Bronce, para acabar adoptando un estilo de vida propio del Neolítico. Según cuentan, sobrevivió al invierno vistiendo harapos y comiendo raíces, bayas, algunos animales y algas marinas. Además, practicaba deporte para mantenerse a tono.

El experimento de Gene Rosellini se prolongó durante diez años. Pero no fue la muerte la que puso el punto final, sino el fallo de su hipótesis. Y así lo confesó a un amigo:

Empecé mi vida de adulto con la hipótesis de que sería posible adoptar las costumbres del hombre de la Edad de Piedra. Durante más de 30 años me instruí y entrené a mí mismo para alcanzar esa meta. En los últimos diez años, puedo decir que he experimentado con verismo la realidad física, mental y emocional de la Edad de Piedra. Para tomar prestada una expresión budista, al final tuve que enfrentarme cara a cara con la pura realidad. He aprendido que es imposible que los seres humanos tal como los conocemos en la actualidad sean capaces de vivir como recolectores y cazadores.

Gene Rosellini tardó diez años en deducir lo que a cualquiera le hubiera llevado una noche, pero no se vino abajo y se propuso otro objetivo: «Dar la vuelta al mundo, sobreviviendo con lo que lleve en la mochila […] Quiero recorrer de 30 a 40 kilómetros diarios siete días a la semana durante 365 días al año». En noviembre de 1991, la misma revista que le entrevistó, Anchorage Daily News, sacó en primera página un reportaje acerca de su vida y fallecimiento. Sin nota de suicidio y sin motivo aparente, Rosellini fue hallado muerto en su choza de Alaska con un cuchillo clavado al pecho. No dio la vuelta al mundo.

No todas las historias de gente que lo dejó todo para encender fuego con dos piedras acabaron como la de Rosellini. Y no me refiero a que acabaran celebrando la vida, sino a que no consiguieron sobrevivir para contar lo que habían hecho.

En el invierno de  1979, John Mallon Waterman, famoso alpinista estadounidense con ganas de adentrarse en la naturaleza en solitario, voló hasta el glaciar de Kahiltna en Alaska y comenzó el ascenso al McKinley.  Al cabo de 14 días llamó por radio al piloto para que le recogiera. «No quiero morir», dijo. Dos meses después lo volvió a intentar, pero mientras ultimaba los preparativos, la cabaña donde se alojaba se incendió, destruyendo todos sus escritos, entre los que se encontraban los diarios de su vida, motivo por el cual ingresó al día siguiente en el Instituto Psiquiátrico de Anchorage. Lo más curioso es que al cabo de dos semanas decidió irse porque decía que se estaba gestando una conspiración para que no consiguiera la ascensión. Loco o cuerdo, lo volvió a intentar y de nuevo fracasó.

Fue en marzo de 1981 cuando decidió ascender el McKinley por última vez. Según testigos, Waterman había perdido la cabeza, se comportaba de forma estúpida y llevaba poco material para ser un experimentado alpinista. Glebb Randall escribió en Breaking Point que Waterman devolvió la radio al piloto que le había llevado hasta el punto de partida alegando que nunca más la necesitaría. Semanas después, unos escaladores encontraron en un refugio por el que había pasado Waterman la siguiente nota: «12-3-81. Mi último beso 13:42». Nunca se encontró su cuerpo. El servicio de vigilancia del Parque nacional y reserva Denali estuvo buscándolo durante semanas, pero se cree que quedó atrapado en unas profundas fisuras tras caer al vacío al desprenderse un puente de hielo por el que cruzaba.

Cordillera Brooks. (Sebastião Salgado).

Cordillera Brooks. (Sebastião Salgado).

El mismo año en el que Waterman murió, Carl McCunn, «un tejano afable y distraído que se trasladó a Fairbanks durante el boom del petróleo de los años setenta y encontró un lucrativo empleo en la construcción del oleoducto transalasquiano», protagonizó otro suceso que pasaría a la lista negra de gente que lo dejó todo para encender fuego con dos piedras. Sin embargo, este caso fue diferente. McCunn no quería vivir la experiencia de su vida en mitad de la naturaleza, sino fotografiar durante el mes de agosto la vida salvaje en la cordillera Brooks. Pero su tendencia a dejar el futuro en manos de la providencia le hizo saltar de la avioneta que le llevó hasta un lago cercano al río Coleen sin antes decir al piloto que le recogiera. Se pasó agosto fotografiando y viviendo en armonía con la naturaleza, pero cuando septiembre llegó  y el avión no apareció comenzó a preocuparse. Sobrevivió hasta el invierno comiendo reservas y lo que encontraba por el campo. Después, tras escribir en su diario que no podía más, se colocó en la cabeza su rifle del calibre 30 y  apretó el gatillo.

Existen algunas historias más relacionadas con este tema que pueden ser consultadas en el libro Into the Wild (Hacia ruta salvajes en la versión castellana) de Jon Krakauer. Algunas no fueron personas que lo dejaron todo para encender fuego con dos piedras, pero todas tenían un común denominador que atrapa al que las descubre.

Quizá después de lo leído no te den ganas de adentrarte en la naturaleza salvaje. Pero si lo haces no olvides llevarte un libro que te hará las noches más amenas. No, no me refiero a Walden de Thoreau, sino a Quién vive, quién muere y por qué, escrito por Laurence Gonzales.

Días de penuria, cielo azul donde nunca se ve una nube

Appalachia, eastern Kentucky, 1964 (John Dominis—Time & Life Pictures/Getty Images)

Appalachia, eastern Kentucky, 1964 (John Dominis—Time & Life Pictures/Getty Images)

Días de penuria, cielo azul donde nunca se ve una nube, mar azul día tras día y el sol que flota en él. Días de abundancia: abundancia de preocupaciones, abundancia de naranjas. Comérselas en la cama, comérselas a la hora de la comida, dejarlas de lado a la hora de la cena. Naranjas, cinco centavos la docena. En el cielo la luz del sol, en mi estómago el zumo del sol. Desde el colmado japonés me vio llegar el japonés sonriente de cara de supositorio y echó mano de una bolsa de papel. Hombre generoso, me daba quince, veinte a veces, por una moneda de cinco centavos.

– ¿Gustar plátanos? – Pues claro, y me dio un par de plátanos. Novedad agradable, zumo de naranja con plátano –. ¿Gustar manzanas? – Pues claro, y me dio unas cuentas manzanas. He aquí algo diferente: naranjas y manzanas –. ¿Gustar melocotones? – Naturalmente, y volví con la bolsa marrón a mi cuarto. Una novedad interesante, melocotones con naranjas. Hundí los dientes en la pulpa, el zumo se me escurrió hasta el fondo del estómago y allí se puso a lloriquear. Había mucha tristeza en el fondo de mi estómago. Había mucho llanto y nubes de gas, pequeñas y sombrías, me acorralaban el corazón.

John Fante, Pregúntale al polvo.

El problema de la vela

24 enero, 2014 | El problema de la vela > Leer en Highway Magazine