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Libros, Montaña y deporte

Gente que lo dejó todo para encender fuego con dos piedras

Alaska 1965. (www.life.time.com)

Alaska 1965. (www.life.time.com)

Hace ocho meses, el título que encabeza esta entrada me hizo abrir un nuevo blog y olvidarme del anterior. No fue exactamente así, tan repentino, tan improvisado que parece rozar lo descabellado. Pero sí que es cierto que la idea de escribir una entrada sobre gente que lo dejó todo para encender fuego con dos piedras me hizo plantearme que mi antiguo blog no daba más de sí: no tenía sentido incluir una entrada que se saltara las reglas autoimpuestas, o aun siguiéndolas en lo que a temática se refiere, no continuara con el estilo que caracterizaba al resto de entradas. Puestos a elegir entre cambiar de blog o de estilo, decidí cambiar de estilo y de blog. El anterior estaba agotado; su función había sido cumplida hacía tiempo.

Quien conozca a qué hace referencia el título de este blog, Ruta 142, entenderá por qué digo que esta entrada no debería haber sido escrita hoy, sino hace meses, cuando estudiaba el subsuelo, leía historias desesperadas, escribía a ratos e imaginaba tuberías de cientos de metros. Desvaríos aparte, fue una época en la que leí un libro que, según me dijeron hace un par de meses, es de quinceañeras hipsters, ésas que calzan zapatillas Vans de plataforma, llevan gafas de pasta sin sufrir de la vista, intentan bailar sobre un longboard, se rapan un lado de la cabeza y llevan los Levi’s 501 por encima del ombligo y tan cortos que no pueden ser calificados como prenda de vestir. Bueno, pues eso. Me encontraba yo en una especie de fiesta cuando una persona me dijo que no le gustaba el título de mi nuevo blog, no por el significado que yo le había dado (léase Declaración de intenciones), sino porque al parecer estaba de moda la historia de Alex Supertramp y demás. La verdad es que me extrañó. No podía creer que la historia de un tipo que  se largó a Alaska pudiera ser tan conocida pese a que el magnífico libro de Jon Krakauer, Into the Wild (en el que no solo narra la historia de Chris McCandless. Utilizo Supertramp y McCandeless indistintamente y con pedante naturalidad porque me considero la última persona del planeta que se enteró de su existencia) hubiese sido llevado al cine de la peor manera por Sean Pean. Mi sorpresa se disipó cuando recordé que en la película actuaba Kristen Stewart, culpable también de que On the road se haya popularizado entre los modernos no como libro de culto, que lo es, sino como película sine qua non puedes entrar en los círculos modernos. Es decir, que para pasar el examen de moderno, hipster o como se quiera llamar, tienes que haber visto una película basada en un libro escrito en los años cincuenta y saber quién demonios era Chris McCandless. De Bukowski no voy a hablar porque ya me explayé lo suficiente en Tolstoi y Bukowski en la batidora.

Como iba diciendo varias líneas más arriba, inicié el blog con la idea de cambiar un poco el tema de mis entradas (quien me siga desde mis primeros pasos en este mundo se preguntará qué temática he cambiado, porque la temática entendida como «tema o conjunto de temas contenidos en un asunto general» no ha cambiado. Pero creo que el estilo, que es lo que más me interesaba, sí) y darme más libertad a la hora de escribir, de tal manera que pudiera dedicar, por ejemplo, unas líneas a lo que en su momento me interesaba: personas que viviendo en una sociedad tecnológica, decidieron pasar página e iniciar una vida en el campo, lejos de la civilización y empleando únicamente lo que la naturaleza puede proporcionar.

Jack London (1876-1916)

Jack London (1876-1916)

Tal y como retrató Jack London en el relato Encender una hoguera, la historia de esos chechaquos acaba siempre igual, muertos por no seguir los consejos de los sabios del lugar e infravalorar el poder de la naturaleza. Sin embargo, existe un contraejemplo, el de Gene Rosellini, que tras pasar por la Universidad de Washington y la de Seatle, decidió realizar un experimento en un bosque cercano a Cordova, Alaska.  «Me interesaba saber si era posible prescindir de la moderna tecnología», declaró en una entrevista para el Anchorage Daily News. Su idea era comprobar si el ser humano actual podía vivir con los elementos de épocas pasadas. Probó viviendo tal y como hacían en la Antigua Roma, en la Edad de Hierro y la Edad de Bronce, para acabar adoptando un estilo de vida propio del Neolítico. Según cuentan, sobrevivió al invierno vistiendo harapos y comiendo raíces, bayas, algunos animales y algas marinas. Además, practicaba deporte para mantenerse a tono.

El experimento de Gene Rosellini se prolongó durante diez años. Pero no fue la muerte la que puso el punto final, sino el fallo de su hipótesis. Y así lo confesó a un amigo:

Empecé mi vida de adulto con la hipótesis de que sería posible adoptar las costumbres del hombre de la Edad de Piedra. Durante más de 30 años me instruí y entrené a mí mismo para alcanzar esa meta. En los últimos diez años, puedo decir que he experimentado con verismo la realidad física, mental y emocional de la Edad de Piedra. Para tomar prestada una expresión budista, al final tuve que enfrentarme cara a cara con la pura realidad. He aprendido que es imposible que los seres humanos tal como los conocemos en la actualidad sean capaces de vivir como recolectores y cazadores.

Gene Rosellini tardó diez años en deducir lo que a cualquiera le hubiera llevado una noche, pero no se vino abajo y se propuso otro objetivo: «Dar la vuelta al mundo, sobreviviendo con lo que lleve en la mochila […] Quiero recorrer de 30 a 40 kilómetros diarios siete días a la semana durante 365 días al año». En noviembre de 1991, la misma revista que le entrevistó, Anchorage Daily News, sacó en primera página un reportaje acerca de su vida y fallecimiento. Sin nota de suicidio y sin motivo aparente, Rosellini fue hallado muerto en su choza de Alaska con un cuchillo clavado al pecho. No dio la vuelta al mundo.

No todas las historias de gente que lo dejó todo para encender fuego con dos piedras acabaron como la de Rosellini. Y no me refiero a que acabaran celebrando la vida, sino a que no consiguieron sobrevivir para contar lo que habían hecho.

En el invierno de  1979, John Mallon Waterman, famoso alpinista estadounidense con ganas de adentrarse en la naturaleza en solitario, voló hasta el glaciar de Kahiltna en Alaska y comenzó el ascenso al McKinley.  Al cabo de 14 días llamó por radio al piloto para que le recogiera. «No quiero morir», dijo. Dos meses después lo volvió a intentar, pero mientras ultimaba los preparativos, la cabaña donde se alojaba se incendió, destruyendo todos sus escritos, entre los que se encontraban los diarios de su vida, motivo por el cual ingresó al día siguiente en el Instituto Psiquiátrico de Anchorage. Lo más curioso es que al cabo de dos semanas decidió irse porque decía que se estaba gestando una conspiración para que no consiguiera la ascensión. Loco o cuerdo, lo volvió a intentar y de nuevo fracasó.

Fue en marzo de 1981 cuando decidió ascender el McKinley por última vez. Según testigos, Waterman había perdido la cabeza, se comportaba de forma estúpida y llevaba poco material para ser un experimentado alpinista. Glebb Randall escribió en Breaking Point que Waterman devolvió la radio al piloto que le había llevado hasta el punto de partida alegando que nunca más la necesitaría. Semanas después, unos escaladores encontraron en un refugio por el que había pasado Waterman la siguiente nota: «12-3-81. Mi último beso 13:42». Nunca se encontró su cuerpo. El servicio de vigilancia del Parque nacional y reserva Denali estuvo buscándolo durante semanas, pero se cree que quedó atrapado en unas profundas fisuras tras caer al vacío al desprenderse un puente de hielo por el que cruzaba.

Cordillera Brooks. (Sebastião Salgado).

Cordillera Brooks. (Sebastião Salgado).

El mismo año en el que Waterman murió, Carl McCunn, «un tejano afable y distraído que se trasladó a Fairbanks durante el boom del petróleo de los años setenta y encontró un lucrativo empleo en la construcción del oleoducto transalasquiano», protagonizó otro suceso que pasaría a la lista negra de gente que lo dejó todo para encender fuego con dos piedras. Sin embargo, este caso fue diferente. McCunn no quería vivir la experiencia de su vida en mitad de la naturaleza, sino fotografiar durante el mes de agosto la vida salvaje en la cordillera Brooks. Pero su tendencia a dejar el futuro en manos de la providencia le hizo saltar de la avioneta que le llevó hasta un lago cercano al río Coleen sin antes decir al piloto que le recogiera. Se pasó agosto fotografiando y viviendo en armonía con la naturaleza, pero cuando septiembre llegó  y el avión no apareció comenzó a preocuparse. Sobrevivió hasta el invierno comiendo reservas y lo que encontraba por el campo. Después, tras escribir en su diario que no podía más, se colocó en la cabeza su rifle del calibre 30 y  apretó el gatillo.

Existen algunas historias más relacionadas con este tema que pueden ser consultadas en el libro Into the Wild (Hacia ruta salvajes en la versión castellana) de Jon Krakauer. Algunas no fueron personas que lo dejaron todo para encender fuego con dos piedras, pero todas tenían un común denominador que atrapa al que las descubre.

Quizá después de lo leído no te den ganas de adentrarte en la naturaleza salvaje. Pero si lo haces no olvides llevarte un libro que te hará las noches más amenas. No, no me refiero a Walden de Thoreau, sino a Quién vive, quién muere y por qué, escrito por Laurence Gonzales.

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Acerca de Diego DZ

Madrid, 1988. Físico. En mis ratos libres corro y leo, también escalo y escribo.

Comentarios

5 comentarios en “Gente que lo dejó todo para encender fuego con dos piedras

  1. Yo soy una cobarde y a la vez soy muy consciente de mis limitaciones, todas estas historias me dan pánico. El otro día escribiste en Higway sobre una historia parecida, la del pavo que se cortó el brazo, ¿no? Lo leí pero no vi el video y no he visto la película.

    Sobre vivir sin nada, volver a la naturaleza y todo eso, hace poco publiqué en Pisando la historia de Jack, un hombre de 90 años que cuando murió su mujer se fue a una cabaña en los bosques que había construido él solo durante años y vive allí solo. Si no lo has visto te lo recomiendo.

    De eso todavía me veo capaz…cualquier otra heroicidad / locura me parece ciencia ficción.

    Publicado por molinos | 16 febrero, 2014, 10:32 PM
    • Yo siempre digo que todo el mundo se hubiera cortado el brazo. Después de cinco días sin comer, bebiendo sorbitos de agua y sin apenas dormir, las ganas de vivir te obligan a cortarte el brazo, la pierna o lo que sea con tal de escapar de allí. Mira el caso de los de “Viven”, que acabaron por alimentarse de sus compañeros muertos y atravesando los Andes en invierno sin material técnico de montaña.
      Creo que llegados al límite cualquiera es capaz de hacer lo que sea por sobrevivir. Hay muchas historias “extraordinarias”.
      Enlazo a la historia de Jack para que la gente pueda leerla (http://pisandocharcos.net/wordpress/2013/12/la-historia-de-jack/). A los de Madrid nos queda cerca un caso parecido (http://www.belt.es/noticias/2005/enero/13/pedriza.htm). Yo he pasado cerca de su cueva alguna vez, pero nunca le he visto. Debe vivir allí por temporadas.

      P.D.: Si puedes echa un ojo a los vídeos de Aron Ralston, sobre todo a su despedida.

      Publicado por Diego | 17 febrero, 2014, 8:55 AM
      • A ver, yo tengo clarísimo que me hubiera cortado un brazo y lo que hubiera hecho falta. EN condiciones extremas uno es capaz de cualquier cosa. Eso lo he “aprendido” leyendo mucho sobre la II Guerra Mundial, madres ucranianas que se comían a sus hijos por la hambruna, las mujeres en Berlin que hacían lo que fuera por comerse una patata podrida…creernos que nosotros no haríamos eso es ser estrechos de miras. Es como en “La decisión de Sophie” cuando tiene que elegir a uno de sus hijos para salvarlo de la cámara de gas, la gente dice “yo no podría elegir a uno”…ya, no podrías pero lo harías en esas condiciones extremas.

        Porque me lo dices tú…luego veré los vídeos de Ralston.

        Publicado por molinos | 17 febrero, 2014, 11:53 AM
  2. Pues no, no me dan ganas de adentrarme en la maturaleza salvaje, soy comodón y encima cobarde, me gusta tener un mechero y esas cosas 🙂

    Pero la entrada interesante, sin duda.

    Publicado por Dessjuest | 17 febrero, 2014, 12:52 PM
    • Ya, a mí tampoco me va adentrarme sin nada. Qué menos que un mechero y una tienda de campaña. No sé qué fijación tenían estos con Alaska, pero todos acababan muertos allí.
      Dentro de poco subiré una sobre otros tipos que creo que están más locos que estos.

      Publicado por Diego | 17 febrero, 2014, 1:30 PM

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