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¿Hace el dolor a un escritor?

En unos días hablaremos de la opinión que tenía Charles Bukowski con respecto a la idea que sostenían Walt Whitman y William Faulkner acerca de la relación entre audiencia y  poesía (leer La crítica según William Faulkner). Su posición viene recogida en los ensayos inéditos (1944-1990) que Anagrama publicó con el título Fragmentos de un cuaderno manchado de vino. Aunque Bukowski ya no suele aparecer en mis lecturas (léase Tolstoi y Bukowski en la batidora), estos escritos llamaron mi atención hace un tiempo porque mostraban un perfil distinto al que estamos acostumbrados.

Una invitación a su lectura:

¿Hace el dolor a un escritor?

El dolor no hace nada, ni tampoco la pobreza. El artista primero. Lo que ocurra con él depende de su suerte. Si tiene buena suerte (en el sentido material) llega a ser un mal artista. Si tiene mala suerte, llega a serlo bueno.

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Corriendo junto a Whitman

Quien haya llegado a las zonas altas de la Pedriza – sobre todo cerca del Yelmo – sabrá que las despedidas son comunes. No es de extrañar ver a un grupo de montañeros comer con la espalda apoyada en una pared salpicada de nombres y dos fechas, la de nacimiento y muerte. Parece que la despedida en la montaña es escueta, como ella, difícil y sencilla; no admite grandes artificios porque el lugar lo dice todo.

Hoy bajaba entre rocas tan rápido como la verticalidad me permitía. Avanzaba pensando en lo lejos que me encontraba del humo, de las celebraciones futbolísticas y del frenético movimiento de la ciudad. Al otro lado del río, presidiendo el Circo de la Pedriza, se levantaba el Yelmo. Corría casi a su altura, rodeado de rocas que llevan en la misma posición millones de años, cuando una placa metálica pegada a una de ellas llamó mi atención. Me detuve en seco y leí lo siguiente:

AGUSTÍN

1917 – 1980

Recuerda mis palabras, tal vez yo vuelva,

Te amo, abandono lo material,

Soy como algo incorpóreo, triunfante, muerto.

Si no me encuentras al principio

No te descorazones

Si no estoy en un lugar

Me hallarás en otro,

En alguna parte te espero.

(Walt Whitman)

Lo primero que me vino a la mente fueron las despedidas del Yelmo y la diferencia de ésta con respecto a las otras. No era escueta. No se limitaba a un nombre y dos fechas. La razón no podía ser otra más que Agustín amaba la Pedriza pero no murió allí.

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Hice una fotografía a la placa y continué corriendo mientras daba vueltas a ese tal Agustín que tuvo la mala suerte de morir con 63 años. Debió ser un tipo agradable, montañero, lector y sencillo. Seguro que nunca imaginó que 34 años después de muerto alguien le dedicaría unas líneas en una plataforma virtual que todavía no se había inventado. Pero así es.

Si no estoy en un lugar

Me hallarás en otro,

En alguna parte te espero

Estos son los versos con los que me quedo, los que resumen la vida en la montaña. Por muy escondido que uno se encuentre, siempre habrá un lugar en el que se esté. Nunca estamos perdidos.

El metro de la ciencia

Creo que fue la revista Muy Interesante la que diseñó uno de los mejores mapas de la ciencia que he visto. Aunque la idea origial no fue suya, me parece que consigue hacerlo más accesible y didáctico que otros.

En él podemos comenzar nuestro viaje en un inicio de trayecto para encontrarnos, en cada parada, una asombrosa historia que ayudó a continuar con la construcción de la línea e, incluso, al de un transbordo con el que iniciar otro viaje.

A mí me acompaña desde hace varios años a un lado de mi escritorio. Me recuerda que las distintas ciencias, a pesar de buscar en lugares diferentes, acaban tocándose en algún punto. Todas, al fin y al cabo, reman con el mismo objetivo: hacer un mapa cada vez más grande y conectado.

¡Buen viaje!

(Para verlo más nítido pinchad sobre la imagen)

Gran metro de la ciencia. Fuente: Muy Interesante.

Gran metro de la ciencia. Fuente: Muy Interesante.

Lecciones de gimnasio: Cómo reducir una cabeza a la mitad

Una de cada cien personas que practica deporte en un gimnasio piensa, al menos dos veces por sesión, en la dificultad que implica reducir una cabeza a la mitad. No hay estudios que lo avalen, pero la experiencia personal así lo indica.

Fuente: fisicoculturismo-com.blogspot.com

Fuente: fisicoculturismo-com.blogspot.com

Aunque prefiero que se me reduzca la cabeza antes que pisar un gimnasio, aquí me hallo – sentado sobre una colchoneta mohosa, destruida por la operación verano y empapada en sudor hasta el punto de asemejarse a una esponja – por consejo médico y un afán irracional de superación, viendo como «jaurías humanas, tarugos en hordas, enjambres de amebas» levantan pesas concentrando todo el sufrimiento en sus cabezas rojas a punto de explotar por el esfuerzo que implica realizar lo absurdo. Unos impulsos nunca antes experimentados están a punto de obligarme a levantar la voz para citar a Lao-tsé a un chico que no alcanza la mayoría de edad. «Un viaje de mil millas comienza con el primer paso», young grasshopper. Le tiemblan los brazos, los bíceps parecen querer desprenderse del cuerpo al que están atados para no experimentar el inevitable desgarro que se va a producir. Me levanto con libreta en mano y le asesto un golpe certero en la cabeza. « ¿Sabes?», le digo con prepotencia. «Estoy viendo tu cabeza y quiero reducirla». Suelta la pesa y los bíceps lo agradecen con un suspiro que hace recapacitar al resto de levantadores de peso. « ¡Qué coño estás diciendo!», exclama dejando escapar unas gotas y gotitas de saliva que finalizan su trayecto en mi cara. «Lo que oyes, ameba», respondo. Me limpio la cara y le digo: « Necesito tu cabeza, un cazo con agua, jugo de liana, aceite de carapa, un puñado de arena, una aguja y un poco de hilo». Reviso las notas de mi libreta y añado: «También necesito una hoguera para ahumarla». Y dirigiéndome a la jauría del gimnasio grito: « ¡Vamos pequeños potros! Buscad yesca y palos que vamos a reducir la cabeza a este chaval». Sin esperar más órdenes salen a trote cochinero porque sus músculos les impiden moverse con agilidad. Me avergüenzo de mi equipo porque yo no levanto objetos pesados, pero sí corro más rápido que ellos (y mejor y durante más tiempo y apenas sin cansarme a no ser que me pele las rodillas contra una piedra o no tenga agua o comida si el trayecto dura varias horas bajo el sol). El sujeto al que vamos a someter a una reducción de cabeza me mira y me suplica que no lo haga, que ya tiene suficiente con suspender todas las asignaturas menos religión y gimnasia como para que le reduzcamos la «quijotera».

(No me gustaría continuar con mi macabra experiencia sin antes mencionar que la víctima no fue escogida al azar. Me dieron rabia sus músculos prematuros y la forma que tenía de mirarse al espejo como si el volumen de ellos hubiese sido obra suya y no del bote de esteroides que a escondidas de sus padres engulle para lucir dorsales y trapecios y bíceps y pectorales durante las dos horas de gimnasia escolar)

Le sugiero que se calle y me deje revisar la receta mientras mi equipo improvisado de shuar – no jíbaros, ¡joder! Hasta la Wikipedia apunta que llamar a la tribu de los shuar jíbaros es de mala persona. Un poco de respeto aunque les hayamos molido a palos durante 500 años – va en busca de leña. Por suerte, el gimnasio fue edificado en medio de un parque con espectaculares caminos, árboles, explanadas verdes y un par de lagos donde se puede practicar piragüismo, así que la dificultad para encontrar ramas y ramitas de árboles es nula.

Tras una hora de espera junto al afortunado que va a tener una cabeza nueva, oigo unos pasos que se acercan a la puerta del gimnasio. Son los musculados, y van cargados con palos, yesca, árboles, trozos de césped, piedras, arena y un mechero. Les ordeno que hagan una circunferencia con las piedras para poder colocar, siguiendo un esquema piramidal, las ramas y la yesca. « ¡Estupendo!», les grito cuando el trabajo esta hecho. «Ahora solo tenemos que quitarle la cabeza, reducirla y volvérsela a coser». Saco la libreta y leo en voz alta los pasos a seguir:

1.- Cortar la cabeza.

2.- Desechar el cerebro, los ojos y las partes blandas.

3.- Meter en agua junto al jugo de liana aproximadamente durante 15 minutos. Esto evitará que se caiga el pelo. Si transcurridos 15 minutos no se saca del agua, se ablandará demasiado y la cabeza será inservible.

4.- Secar al sol.

5.- Raspar la piel por dentro para quitar restos de carne. Conseguimos así evitar el mal olor y la putrefacción.

6.- Frotar con aceite de carapa.

7.- Coser ojos, boca y nuca hasta que la cabeza tenga forma de bolsa. Rellenarla con arena.

8.- Se cuelga sobre el fuego y se le da forma al cuero.

9.- Una vez que la cabeza esté seca, se tiñe del color que más guste.

10.- Coserla al resto del cuerpo.

El equipo de energúmenos grita, patalea y me exige que comience la tortura. La víctima comprueba que sus músculos no sirven de nada cuando la masa pide su cabeza. En ese momento de éxtasis, me retiro a la colchoneta y medito sobre lo sucedido. Anoto lo que estoy anotando y en cuanto escribo «anoto lo que estoy anotando» guardo la libreta en la mochila. Fue entonces cuando me dejé llevar y me convertí en uno más de ellos. Lanzaba gotas y gotitas de saliva como ellos. Sudaba como ellos. Levantaba pesas en señal de triunfo como ellos. Repetía las consignas como ellos. Me miraba en el espejo como ellos. Y en ese mar de comparaciones, me di cuenta de que no teníamos cuchillo para rebanarle el pescuezo. Tendríamos que esperar hasta la Edad del Hierro para poder sucumbir en un único grito de victoria alienada. Los cánticos dejaron de amenazar y la calma volvió a reinar entre las máquinas.

11.- ¡Exponed el trofeo!

12.- ¡Gritad!

La crítica según William Faulkner

Es un secreto a voces: Capitán Swing es la editorial con mejor gusto del momento. No solo por la estética de los ejemplares sino también por su calidad y variedad. Podemos encontrar desde el aclamado y controvertido ensayo Chavs: La demonización de la clase obrera de Owen Jones, hasta El Anticristo de Joseph Roth. Son libros de peso, con buen papel y cubiertas diseñadas para que se haga imposible evitar interesarse por ellos. Historias desde la cadena de montaje, La mujer que disparó a Mussolini, Prodigiosos mirmidones. Antología y apología del dandismo, El hombre Ventilador, Vida de un esclavo americano escrita por el mismo… son algunos aperitivos de un pequeño etcétera que puede ser consultado en su catálogo.

ensayos-discursos-faulknerUna de esas reliquias, Ensayos & Discursos, de William Faulkner, me espera siempre como libro de cabecera para una lectura rápida en horas de insomnio. Se trata de la obra no narrativa de Faulkner, imprescindible para entender sus motivaciones, reflexiones, admiraciones y temores. Por estos lares posteé su discurso con motivo de la recepción del Premio Nobel de Literatura (incluido, como no podía ser de otra manera, en la edición de Capitán Swing) y seguro estoy de que aparecerá en otras ocasiones porque cada escrito suyo guarda una lección que por lo menos debe ser escuchada.

Un ensayo imperecedero es Sobre la crítica. Comienza de forma apabullante, golpeando a Walt Whitman de forma sutil:

Walt Whitman dijo, entre pretenciosas e hipertrofiadas banalidades, que para tener grandes poetas también debe haber grandes audiencias. Si Walt Whitman se dio cuenta de esto debe de resultar universalmente obvio en estos días de radios que nos informan y de las llamadas revistas de alto copete que corrigen nuestra información; por no hablar del toque personal de los programas de lectura.

Esto tira por tierra el falso romanticismo del aspirante a poeta que, en un arrebato kafkiano, desea que su obra, en vez de ser leída, acabe encerrada en un cajón o quemada en la hoguera.

¿Qué han hecho los periódicos y los programas para hacer de nosotros grandes audiencias o grandes escritores?, ¿han cogido estas sibilas al neófito delicadamente de la mano instruyéndole en los fundamentos del gusto? […] No hay tradición, no hay espíritu de equipo: todo lo que se necesita para ser admitido en las filas de la crítica es una máquina de escribir.

En nuestros tiempos, en vez de máquina de escribir, lo único que se necesita para pertenecer al decadente ejército de la crítica es tener un blog y reseñar como si no hubiera un mañana o una segunda lectura.

Continuando con el ensayo, Faulkner apunta a los críticos americanos con un toque de humor que no pasa desapercibido:

El crítico americano, como el prestidigitador, intenta averiguar exactamente cuánto debe dejar ver al espectador y todavía salirse con la suya – la superioridad de la mano sobre el ojo –. Confunde la pieza a examinar con un instrumento con el que realizar difíciles arpegios de la inteligencia. Esto parece tan pretencioso, tan inútil, como el corneta que lleva a cabo acrobacias acústicas mientras espera a que se junte la banda. Con esta diferencia: el corneta después de un rato se cansa y lo deja. Aquí se da la asombrosa posibilidad de que el crítico disfrute de su propia música. ¿Es así, disfrutan leyéndose unos a otros? Uno puede imaginar igual de fácil barberos afeitándose unos a otros por diversión.

El crítico americano […] se ha convertido en una reencarnación del charlatán de feria de memoria privilegiada, manteniendo embelesada a la rústica parroquia, no por lo que dice, sino por cómo lo dice.

¿Quién no puede encontrar un caso parecido en el panorama español? De inmediato me vienen a la mente dos críticos – de diferentes disciplinas – que triunfan menos por lo que dicen que por cómo lo dicen. Y esto, aunque haga crecer su audiencia, no les convierte en referentes, o al menos no debería.

En este mar de críticas a los críticos, Faulkner recurre a la cordura para que escritores y lectores salgan beneficiados.

Cordura, ésa es la palabra. Vive y deja vivir; critica con gusto en virtud de un criterio, y no riñas. La reseña inglesa critica al libro, la americana al autor. El crítico americano le endosa al público lector un distorsionado bufón en el seno de cuya sombra acechan imprecisamente los títulos de varios volúmenes íntegros. Sin duda, si hay dos profesiones en las que no deberían existir envidias profesionales son la prostitución y la literatura.

Me quedo con esta última frase: Si hay dos profesiones en las que no deberían existir envidias profesionales son la prostitución y la literatura. Arrimar el hombro, leer bien y criticar con gusto en virtud de un criterio.

El texto completo se puede encontrar en la mencionada colección, Ensayos & Discursos, o en el blog Diario de lectura de un desmemoriado.

Jazz & Humour

Some critics accuse me of being a clown

Louis Armstrong

Miles Davis no veía con buenos ojos que Dizzy Gillespie entretuviera a los blancos, aparte de con música, con un cómico espectáculo en el que el movimiento de caderas, el baile y demás parafernalia tuviera su lugar. Por eso él nunca protagonizó un show que no estuviera centrado únicamente en su interpretación musical.

Se pueden entender ambas posiciones. Por un lado, Gillespie hacía lo que le venía en gana, pasando por alto que algunos blancos de entre el público le vieran como un ser inferior y, en alguna ocasión, como un payaso negro que tocaba y danzaba para ellos. Y por otro lado, Davis luchaba por cambiar esa visión racista que reinaba (y reina) en Estados Unidos.

Dejando a un lado esa pequeña anécdota, el jazz siempre ha tenido una parte de humor con la que supongo que Miles Davis también se encontraba a gusto. Las composiciones tradicionales y las big bands se formaron para entretener al público, divertirle y hacerle bailar. Ese humor, lejos de considerarlo digno de un pésimo bufón, constituye una parte de la esencia del jazz. Y así está plasmado en un disco de Sagajazz, exactamente el 40: Jazz & Humour.

Sagajazz es una colección que pretende abarcar parte de la historia del jazz desde un punto de vista temático. Los discos son bastante variados (en cuanto a compositores e intérpretes se refiere) y la organización muy original. Podemos encontrar recopilatorios de jazz gitano, jazz de mujeres instrumentistas, grabaciones en directo de big bands, jazz por intérprete… todo ello enmarcado en un diseño sencillo pero atractivo.

Jazz & Humour es un disco curioso pero del que no se puede extraer demasiado. Lo escuchas, te ríes un rato y lo abandonas en la estantería. Es evidente que con ese título no puedes esperar mucho más de lo que ofrece. Recopila temas de Dizzy Gillespie, Louis Armstrong,  Duke Ellington, Fast Waller, Spike Jones, entre otros. Desconozco si la selección es adecuada porque nunca me ha dado por estudiar la relación entre jazz y humor (como tampoco la prometida – en dos ocasiones – entre literatura y humor), aunque tengo que admitir que durante un tiempo estuve enganchado a un disco de Charles Mingus bastante gracioso. Pero, como decía el gran Michael Ende, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

A continuación, Cab Calloway y su Chinese Rhythm, corte incluido en el álbum:

Post publicado en mi antiguo blog, A golpe de pluma.

Salir de la crisis… corriendo

Great American Footrace|Fuente: www.itvs.org

Great American Footrace|Fuente: http://www.itvs.org

No hay más que pasear por un parque o visitar la sección de running de cualquier tienda deportiva para darse cuenta de que esto del correr se está poniendo cada vez más de moda. Los que antes nos creíamos especiales por salir a correr de noche, lloviendo o nevando, sin ropa técnica y con la única compañía del sonido de las zapatillas a su paso por la tierra o asfalto, nos hemos visto invadidos por ejércitos de corredores primerizos que han tomado los parques, gimnasios y las carreras populares por razones que todavía no han sido aclaradas.

La moda de la carrera ha sido aprovechada por las marcas deportivas para vender productos inútiles si lo que se pretende es correr la típica prueba de 10 km. El negocio es el negocio, y los clientes, cegados por la estética más que por la comodidad, se embuten en atuendos llamativos pensando que les ayudarán a sufrir menos. Por si esto fuera poco, la oleada de libros, nuevas carreras y revistas especializadas hace sospechar que estamos ante una moda que viene para quedarse un tiempo.

Hace unos meses di con unos datos que me llamaron la atención. En Estados Unidos, durante tres situaciones de crisis, las carreras de larga distancia se vieron incrementadas. La primera de ellas fue a finales de los años veinte y principios de los treinta, cuando el paro se llevó al 25% de la población (¿os suena?). En 1928, la Great American Footrace, reunió a 199 corredores que se enfrentaron a más de 64 kilómetros diarios a lo largo de Estados Unidos. La moda decayó hasta que en los años setenta volvió a estar al alza, cuando el país trataba de recuperarse de la Guerra de Vietnam, las revueltas raciales y la Guerra Fría. La tercera situación fue tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. En 2002, las carreras de montaña fueron las grandes beneficiadas de la desgracia, convirtiéndose en el deporte al aire libre de más rápido crecimiento.

Casualidad o no, hay un denominar común que no puede ser pasado por alto: en tiempo de crisis la gente corre. ¿Corremos porque es una respuesta innata ante una situación desconocida o de peligro? ¿Corremos porque huimos? Si la respuesta es afirmativa: ¿De qué huimos? ¿Corremos porque es la única manera de sentirnos libres? ¿Corremos para mantenernos en forma o es que las marcas aprovechan estas situaciones para fomentar un deporte que en teoría es gratuito?

Participación en la Cursa El Corte Inglés. Fuente: Elaboración propia.

Participación en la Cursa El Corte Inglés. Fuente: Elaboración propia.

Desconozco los datos exactos para España pero, como he comentado al inicio, solo hay que abrir los ojos para verificar lo evidente. ¿Es en el resto de Europa igual? ¿Son los países que sufren la crisis donde más corredores están surgiendo? La San Silvestre Vallecana reúne cada año a más de 39000 corredores, batiendo récords de participación con cada nueva edición. Si retrocedemos en nuestra historia reciente, exactamente hasta 1994, junto a un paro del 24% (dato más elevado de la década de los 90) tenemos que se celebró en Barcelona La Cursa El Corte Inglés que batió el récord del mundo en participación: 109.457 corredores inscritos. Es decir, el 6% de la población se calzó las zapatillas para correr. Después decreció hasta que a partir del año 2010 volvió a ascender, alcanzando este año los 73.426 participantes.

Esta relación no es novedosa. Google devuelve 334 millones de resultados a la búsqueda «crisis y running» y Christopher McDougall lo comentó en su conocido libro Born to run, llegando a una conclusión que comparto: «corremos porque sentimos que se acercan depredadores». Como a mí lo que me gusta es correr, no huir, la pregunta que ahora me planteo es si debemos seguir corriendo como hemos hecho en otras ocasiones o darnos la vuelta para ver quiénes son esos depredadores.

La Librería de los Escritores

El proceso creativo no entiende de guerras, revoluciones, hambrunas o falta de medios. Por eso, durante los años de Guerra Civil Rusa, exactamente entre 1919 y 1921, un grupo de intelectuales rusos decidió abrir las puertas de su librería a los escritores que desearan ver sus obras en manos de algún lector que pudiera comprarlas. La librería era conocida como la Librería de los Escritores, y estuvo en activo desde 1918 hasta 1922.

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La Librería de los Escritores. Un texto escrito por Mikhail Ossorguin. Editorial Centellas. 2014.

El problema de la publicación no era la censura (no existía), sino las dificultades económicas que encontraban los editores y escritores para pagar el papel y la tinta. Fue por ello por lo que la librería optó por aceptar libros que hubiesen sido escritos e ilustrados por los propios autores. En palabras de Mikhail Ossorguin – uno de los fundadores de la librería y encargado de la labor de selección de las ediciones autógrafas, como eran denominadas –: « Esta empresa había empezado un poco como una ocurrencia, como una especie de broma, y luego resultó que estos libros podían hacer vivir a sus autores, y muchos se dedicaron a ellos seriamente. Sacábamos pocas obras, pero las vendíamos muy caras, contando con los aficionados a los autógrafos. De este modo fueron “editados” doscientos cincuenta libros (treinta y tres autores), y se vendieron todos hasta el último».

Fueron años duros y sangrientos, de penuria, hambre y guerra, pero también de sueños y utopías. La inflación del momento provocó que los libros no valieran nada y algunas reliquias literarias fueran intercambiadas por unos cuantos puñados de harina o azúcar. Resulta sobrecogedor y didáctico leer las pequeñas memorias de esta librería, escritas por el propio Ossorguin, porque no solo se ciñen a describir un momento narrado desde múltiples puntos de vista, sino que forman parte del camino de la literatura, en especial de la historia del libro ruso.

Dejando a un lado la importancia que tuvo esta librería en la vida cultural moscovita, es necesario destacar la pasión que sentían sus fundadores por la literatura y los libros. Pavel Muratov, Mikhail Lund, Nikolai Minaiev, Vladislav Khodassevitch, Boris Griftsov, Alexandre Iakovlev, Boris Zaitsev, Nicolas Berdiaiev, Alexei Djivelegov, E. Dilevskaia y Mikhail Ossorguin. Son nombres para la mayoría desconocidos pero cuya actitud es compartida por aquellos que sentimos devoción por la literatura. Poco importaba que fueran anónimos o jóvenes sin experiencia. Lo realmente crucial era el objetivo que se habían propuesto y que cumplieron durante años, hasta que en 1922 tuvieron que cerrar y vender la librería. Cada uno recibió la misma cantidad que había invertido cuatro años atrás: doscientos rublos.

Merece la pena rebuscar por las librerías para dar con un ejemplar de La Librería de los Escritores. Es un texto breve con una historia inolvidable y necesaria.