//
archivos

Archivos para

Gris oscuro casi negro

papel-arrugado--bola-de-papel--basura--objetos_385314

Ya es la tercera vez. Almanzor y Galana, tan elegantes y aéreos que a veces enfurecen y escupen al que intenta alcanzarlos. En verano son diferentes, y yo también, y las rocas de allí también lo son porque huelen a hace dos años y uno. Es un circo con animales salvajes y yo corro entre ellos, acompañado de una sombra que sonríe y se asusta de las cabras y de la noche a la intemperie. Dice que las cabras te pueden comer si no duermes bajo techo; yo me rio y entonces ella desaparece y solo la luna ilumina el camino. Me despierto a quince metros de la Galana, posando ante una cámara que retrata una cumbre con sabor amargo. Pero no importa porque allí aparece la sombra y sonriendo me dice que nadie puede alcanzarnos porque somos libres y estamos solos. Nos reímos pero a mí me cuesta porque sé que en cuanto desaparezca el sol las sombras se irán y yo volveré a dormir a solas con la luna y las estrellas del firmamento. Entonces tendré que esperar a que el sol vuelva a salir. Y la espera me provoca sed y un obligado punto y aparte.

Algunos pensarán que no tiene sentido obsesionarse con una sombra cuando en cualquier lugar del mundo las puedes encontrar. Claro, hay muchas, y cada uno tiene una que le sigue, pero no siempre. El ruido que provoca la mía al amanecer delata que no es una ignorante. Sabe que necesita a la otra que le acompañó cuesta arriba (y cuesta abajo), cuando las mochilas pesaban tanto que un suave balanceo provocaba una caída. Las cabras a la vuelta comían de la mano de una chica obsesionada con domesticar lo salvaje. Detrás de mí llegaba el anochecer y una sombra que cojeaba porque el sol ya no la perfilaba. A pesar de la cojera seguía igual de bonita y esbelta, luchando contra la noche que le iba a robar las fuerzas. En ese momento quise atarla a mí para que nunca me dejara solo en el camino que ya llevaba su nombre.

Salto de continente para comprar agua de coco a un señor que pasea día tras día por una playa destruida. Me refresca el agua que nunca compré. Miro a mi alrededor y no hay nadie, ni siquiera un sol que ilumine las formas para crear sombras. ¿Por qué allí no está? Allí estaba. Allí había animales horribles que me impedían dormir. Al lado del agua jugaba mi sombra y el sudor de mi frente caía sobre un libro de historias trágicas con final feliz. Yo también caía sobre el suelo lanzado por una hamaca. Eso provocaba risa.

Volverá el otoño, y septiembre y octubre. Entonces la caída será la de un tobogán porque hará frío y será de noche y el gris del cielo impedirá a las sombras acercarse a mí. No importa; siempre ha sido así, como este texto libre que no quiere ser corregido.

Anuncios

El peor de los mundos posibles

Syracuse vs. Texas, 1960 Cotton Bowl. Fuente: Robert W. Kelley—Time & Life Pictures/Getty Images

Syracuse vs. Texas, 1960 Cotton Bowl. Fuente: Robert W. Kelley—Time & Life Pictures/Getty Images

…son las historias que la gente quiere escuchar: fracasados que alcanzaron el triunfo y lo contaron. Y son demasiados, más de los que pensamos pero menos de los que se quedaron por el camino. Están por todas partes, rodeando nuestras vidas para recordarnos que ellos sufrieron, perdieron y lloraron más que cualquiera de nosotros. Nos gusta escucharles, escribirles, adorarles, subirles al estrado y aplaudirles por haber llegado hasta lo alto tras haber estado comiendo del suelo tantos años que podrían vivir de la desgracia hasta el fin de sus días.

El fracasado que triunfa convierte su pasado en algo rentable porque la desgracia es un producto que se vende solo: la derrota y la imagen del derrotado son tan románticas que algunos ejercen de fracasados sin serlo. Todos queremos ganar después de haber perdido; la gloria sabe mejor con sufrimiento previo. «La literatura alejó a Ernesto Sábato del suicidio». «Roberto Bolaño tenía un plan para quitarse de en medio si la vida se torcía demasiado». «Orhan Pamuk abandonó sus estudios a los 21 años para dedicarse a la literatura. Publicó su primera novela nueve años más tarde». «John Fante murió siendo un completo desconocido». Son frases que si fueran inicio de artículo atraparían al lector. Eso es porque adoramos la trama, el conflicto, las dificultades – a pesar de que odiemos vivirlas – y el lado cruel de la vida. Si menciono a William Faulkner, el alcoholismo, la locura y la enfermedad será lo más sonado, no que a lo largo de su vida fue mimado con premios y enriquecido semanalmente con 2000 dólares procedentes de la industria del cine, la responsable de elevar al fracaso como condición sin la cual no se puede triunfar.

Viene a mi mente el discurso ofrecido por el más admirado de los triunfadores con pasado fallido, Steve Jobs, a los estudiantes de Stanford que se graduaron en el año 2005. Con tono jocoso explica a la audiencia que, a diferencia de ellos, él nunca se graduó. «Es más. Esto es lo más cerca que he estado de una graduación», dice metiendo el dedo en la llaga antes de que el público suelte una risa simpática en lugar del insulto acorde a la situación, ya que Jobs en realidad está pensando: «Soy el fundador de una multinacional que os vende los ordenadores con los que habéis estudiado gracias a que vuestros padres constituyen un porcentaje ridículo de la población estadounidense capaz de pagar la matrícula de la universidad. Y yo pasé por aquí solo seis meses». Es un discurso magnífico porque en las entrañas conserva la necesidad del fracaso para alcanzar el triunfo, algo que gusta incluso a los que renegamos de ello. Es el sueño americano llevado al extremo, la envidia de un público ansioso por vivir una vida similar, pero que, llegado el momento de morder el polvo, prefiere cerrar la boca para no atragantarse.

El fracasado no existe porque no deja huella. Todos los considerados perdedores han triunfado para contarlo, y eso convierte a la desgracia en la esencia de la victoria. Si a Steve Jobs o a Orhan Pamuk les hubiese salido mal la estrategia de abandonar todo para perseguir un sueño, nadie sabría de ellos, por lo que su fracaso no existiría y serían unos completos (y felices) desconocidos. Eso no implica que el fracaso como tal no exista, sino que se manifiesta solo cuando se triunfa, ni siquiera cuando se muere (recuérdense las historias de John Fante y Kennedy Toole).

Hoy en día, en plena crisis del sistema, está surgiendo una corriente poseída por el espíritu optimista de Leibniz que me provoca náuseas. No es que sea un pesimista empedernido, pero sí lo reivindico en múltiples disciplinas como motor inspirador. Un ligero optimismo está bien para no perder el rumbo, pero el pesimismo ahonda en las miserias humanas y aflora el sentimiento de manera digna. Sin pesimismo no disfrutaríamos de tantas obras que hoy se alzan como pilares de nuestra cultura. Fueron los que se sentían presos en el peor de los mundos posibles los que hoy nos enseñan que esa visión no es novedosa, que es constante en el tiempo y, hasta cierto punto, romántica. Nos gusta el fracaso, sumergirnos en él y seguir viviéndolo aunque la vida se pinte de rosa y los querubines sonrían desde el cielo.