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Gris oscuro casi negro

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Ya es la tercera vez. Almanzor y Galana, tan elegantes y aéreos que a veces enfurecen y escupen al que intenta alcanzarlos. En verano son diferentes, y yo también, y las rocas de allí también lo son porque huelen a hace dos años y uno. Es un circo con animales salvajes y yo corro entre ellos, acompañado de una sombra que sonríe y se asusta de las cabras y de la noche a la intemperie. Dice que las cabras te pueden comer si no duermes bajo techo; yo me rio y entonces ella desaparece y solo la luna ilumina el camino. Me despierto a quince metros de la Galana, posando ante una cámara que retrata una cumbre con sabor amargo. Pero no importa porque allí aparece la sombra y sonriendo me dice que nadie puede alcanzarnos porque somos libres y estamos solos. Nos reímos pero a mí me cuesta porque sé que en cuanto desaparezca el sol las sombras se irán y yo volveré a dormir a solas con la luna y las estrellas del firmamento. Entonces tendré que esperar a que el sol vuelva a salir. Y la espera me provoca sed y un obligado punto y aparte.

Algunos pensarán que no tiene sentido obsesionarse con una sombra cuando en cualquier lugar del mundo las puedes encontrar. Claro, hay muchas, y cada uno tiene una que le sigue, pero no siempre. El ruido que provoca la mía al amanecer delata que no es una ignorante. Sabe que necesita a la otra que le acompañó cuesta arriba (y cuesta abajo), cuando las mochilas pesaban tanto que un suave balanceo provocaba una caída. Las cabras a la vuelta comían de la mano de una chica obsesionada con domesticar lo salvaje. Detrás de mí llegaba el anochecer y una sombra que cojeaba porque el sol ya no la perfilaba. A pesar de la cojera seguía igual de bonita y esbelta, luchando contra la noche que le iba a robar las fuerzas. En ese momento quise atarla a mí para que nunca me dejara solo en el camino que ya llevaba su nombre.

Salto de continente para comprar agua de coco a un señor que pasea día tras día por una playa destruida. Me refresca el agua que nunca compré. Miro a mi alrededor y no hay nadie, ni siquiera un sol que ilumine las formas para crear sombras. ¿Por qué allí no está? Allí estaba. Allí había animales horribles que me impedían dormir. Al lado del agua jugaba mi sombra y el sudor de mi frente caía sobre un libro de historias trágicas con final feliz. Yo también caía sobre el suelo lanzado por una hamaca. Eso provocaba risa.

Volverá el otoño, y septiembre y octubre. Entonces la caída será la de un tobogán porque hará frío y será de noche y el gris del cielo impedirá a las sombras acercarse a mí. No importa; siempre ha sido así, como este texto libre que no quiere ser corregido.

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Acerca de Diego DZ

Madrid, 1988. Físico. En mis ratos libres corro y leo, también escalo y escribo.

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