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Marx tenía razón: Volumen 1 – Las Dalias

El capital es trabajo muerto que, al modo de los vampiros, vive solamente chupando trabajo vivo, y vive más cuanto más trabajo chupa | Karl Marx

Gazpacho. Los Fruitis.

Gazpacho. Los Fruitis.

Imaginad un barco lleno de piñas, de las comestibles. Imaginad ese barco transportando piñas desde países pobres a países ricos. Imaginadlo cargado de piñas, miles de ellas, metidas en cajas de madera o de plástico, unas encima de otras, cientos de cajas y miles de piñas, en una bodega inmensa que mantiene un temperatura y humedad óptimas para que las piñas lleguen a su destino tal y como fueron seleccionadas en las inmensas plantaciones de piñas. Imaginaos que el barco inicia su ruta en Tailandia. Imaginad que en el barco hay un alérgico a las piñas que negó los síntomas para poder conseguir un trabajo con el que poder salir del pozo y ha dejado a su familia en un pueblo perdido de Tailandia para que nosotros podamos comer piña. Todo el mundo quiere piña. La piña está buena, es saludable, nos refresca, nos mantiene vivos, alegres, nos transforma los ojos en dos láminas absurdas cada vez que la comemos. Hay quien la come sola, exprime su jugo, la sirve en almíbar o la emplea para llevar a cabo limpiezas intestinales. Otros prefieren optar por la cáscara que la envuelve para elaborar un cóctel o un jugo con el que perder peso.

Yo iba en ese barco de piñas comiendo una piña mientras charlaba sobre sus usos con el tailandés alérgico. Decía blablabla y yo respondía blablabla. Así transcurrían las horas. No nos entendíamos, pero el blablabla nos ayudaba a repartir el tiempo muerto entre todas las jornadas que íbamos a pasar juntos en la bodega del barco, vigilando que las piñas continuaran en su lugar hasta que llegáramos a nuestro destino, muy lejos, lejos de allí.

En esta historia pensaba yo mientras desayunaba en una cafetería de Las Dalias, Ibiza. Estaba allí sentado porque al día siguiente iba a correr una carrera no masificada que se celebra cada año y recorre parte de la costa de la isla y por eso es una experiencia inolvidable. Me acordé de esa historia porque un ex-hippie que se creía hippie estaba comiendo piña como si no costase cultivarla. Pasaba sus dientes afilados por los medallones y ni siquiera dejaba intacto el corazón: se lo metía en la boca y lo aplastaba hasta reducirlo a la mínima expresión. El ex-hippie que se creía hippie se limpió la boca en una servilleta de papel reciclado y se marchó a su furgoneta Volkswagen California Beach Edition valorada en 50.000 €. Yo también me limpié la boca y me marché de allí para acercarme al famoso mercadillo hippie de Las Dalias. Allí había productos fabricados con cuero, hilos y conchas a precios desorbitados porque estaban hechos a mano. También había velas, incienso, ropa del gremio y comida que olía como a comida. Entre todos los puestos y montones de ropa y utensilios variopintos distinguí, en un rincón, una librería normal, sin pretensiones absurdas, con libros en cajas, a precios para todos los bolsillos, en varios idiomas. Mirara por donde mirara veía libros viejos, roñosos, libros nuevos, de tapa dura o blanda, sin tapas, rústicos o de bolsillo. Había menos libros que los que te regalan cuando compras un libro electrónico pero más de los que una persona es capaz de leer en vida.

Me acerqué a un montón y cogí el primero que vi, era de Henry Miller. « ¿Has leído algo de Henry Miller?», me preguntó un hombre con sonrisa, anillos y pelo alborotado y blanco. «No», respondí. Y él me dijo: «Pero seguro que sí has leído a Bukowski». Asentí. El hombre se quitó la sonrisa y empezó a despotricar acerca de la sociedad en la que vivimos: ¡No haber leído a Henry Miller! ¡Ya no se lee buena literatura! y más frases dentro de exclamaciones que me invitaron a prestarle atención. Henry Miller era su autor predilecto y encima tenía el orgullo de ser el traductor al castellano de su obra. Conocía su prosa, sus amores, sus inquietudes, sus aficiones, todo lo que hay que saber sobre un escritor para poder traducirlo. Se le encendían los ojos y la lengua se le trababa porque se excitaba hablando de Henry Miller. En un momento dado dijo que era el dueño de la librería y que odiaba Madrid y las grandes ciudades y que nunca volvería a ellas porque dan asco. La astrología, la escritura, la lectura, la traducción y la vida sencilla eran sus pasiones. Algún premio había recibido pero comentó que prefería no tratar con demasiados traductores porque hay críticas y envidias. Narró su vida desde la infancia hasta que llegó a Ibiza en el 69, huyendo de la ciudad, de las luces y la soledad. En Ibiza había poca gente, pero supongo que la soledad todavía no se había asentado. Henry Miller huyó de Nueva York. Fue a Francia, a París, a experimentar la vida bohemia y a cabalgar sobre novelas y pensamientos que tardó en plasmar sobre el papel. Durmió bajo puentes, encontró un mecenas y machacó la hipocresía estadounidense. Le pedí al librero-traductor-astrólogo que me recomendara una novela de Henry Miller. En ese momento se saturó y no supo cuál escoger, pero al final me dijo que Trópico de capricornio era el más adecuado para iniciarse en su obra a pesar de no haber sido su primera novela. Después hubo un intercambio de correos electrónicos, promesas de hablar – no de Henry Miller sino de astrología (le parecía interesante leer la carta astral a un par de físicos que no creían ni creen en las consecuencias de haber nacido en una hora determinada de un día determinado de un año determinado) – y un apretón de manos.

Si compras piña natural, nunca tires el penacho: sirve para adornar el plato.