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Escribes mierda porque tienes prisa

Rubbish piles up in London's Soho, Feb. 1, 1979, during a strike by dustmen in the London borough of Westminster. The strike caused a pile-up of plastic bags of restaurant waste and other rubbish throughout the West End. (AP Photo)

Rubbish piles up in London’s Soho, Feb. 1, 1979, during a strike by dustmen in the London borough of Westminster. The strike caused a pile-up of plastic bags of restaurant waste and other rubbish throughout the West End. (AP Photo)

Me estoy leyendo el Quijote por cuarta vez. Es una verdad a medias porque nunca lo he acabado, siempre me he quedado a la mitad, hastiado de las notas, de las palabras y frases apenas comprensibles. Este año, gracias al enorme trabajo de adaptación de Andrés Trapiello – espaciado a lo largo de catorce años – lo he vuelto a intentar. Catorce años. Echando la vista atrás, cuando yo tenía trece años e intenté leer el Quijote por primera vez, Trapiello acababa de sentarse a traducirlo. Por ello considero que todo hispanohablante debería leer esta adaptación al castellano actual como muestra de respecto y agradecimiento a quien ha acercado una obra durante tanto tiempo relegada al rincón de las imposibles.

Hace pocos meses, Jot Down publicó en papel un artículo firmado por Trapiello – Miedo al Quijote – en el que expone tres maneras de saber si alguien ha leído o no el Quijote. La primera de ellas se da en ambientes de confianza, cuando una persona afirma no haberlo leído. Lo dice con la humildad del que sabe que tendría que haberlo hecho pero que por unas razones u otras no ha podido. Otro grupo es el que sostiene haber leído el Quijote a trozos, por partes, un capítulo por aquí y otro por allá, pero sin un orden fijo, por lo que es lo mismo que no haberlo leído. El grupo en el que se centra Trapiello es aquel que asegura haberlo leído en el colegio porque el profesor de literatura era un aficionado a la obra. Según sus cálculos, si es cierto lo que dicen, habrían tardado cuatro o cinco cursos en leerlo. Es decir, mienten. Habrán leído capítulos, adaptaciones escolares, pero no el Quijote entero. Para enfrentarte a él necesitas tiempo. Y eso, por desgracia, no lo tiene todo el mundo, o bien porque se pierde o porque en realidad prefiere dedicarse a otros quehaceres.

Tengo varios caminos pensados para cuando acabe el Quijote: continuar con la literatura estadounidense, adentrarme en el mundo del cómic, leer lo nuevo de Owen Jones, César Rendueles y Jorge Moruno, y volver a enfrentarme a otro pilar de la literatura europea, El hombre sin atributos, de Robert Musil.

De este último cabe destacar el tiempo que el autor le dedicó: doce años, desde 1930 hasta 1942. En un mundo de prisas en el que el ritmo frenético de escritura genera – y obliga a generar – tanto contenido, que alguien dedique doce años a un proyecto constituye un acto heroico, como ha sido el de Trapiello. Actualmente es difícil dar con este tipo de escritores. Predomina la novela relativamente corta frente a la larga, una frecuencia de un libro cada año y medio y publicar demasiadas columnas en periódicos que a veces no dicen nada. A esos niveles es difícil catalogar de basura lo publicado, salvo excepciones que dan vergüenza ajena. No es así cuando bajamos la escalera de la escritura y llegamos a los blogs y webs amateurs, donde encontramos un espacio en el que lo bueno tiene que convivir con un mar de chatarra.

Me fui del ruedo cansado de las prisas virtuales. Cualquiera que tenga un blog te dará un consejo para triunfar: sé constante. Actualiza, actualiza y actualiza. Vierte contenido a la misma hora los mismos días, que tus lectores sepan exactamente cuándo van a encontrar algo que leer. Habla de ti, muestra algo de tu vida y cuida a tus seguidores. Mantén las redes sociales activas. Comenta en otros blogs. Enlaza a tu blog. Habla de tu blog en foros. Presenta tu blog a concursos. Piensa siempre en tu blog; cada acción que realices puede ser un hilo de inspiración. Actualiza. Comenta. Me gusta. Comenta. Actualiza. Me gusta aunque no me guste. No frenes, sigue recto hasta que un día te encuentres frente a una libreta llena de ideas, y al lado de las ideas una fecha, y junto a la fecha un símbolo que indica si el post está acabado o no. Te creas un trabajo, una rutina, escribes porque llevas más de dos días sin subir algo. Dos días muerto. ¿Alguien se acuerda de ti? ¿Hay alguien al otro lado? Te sumerges en un delirio esquizoide abrazado a tu tableta, esperando a que el móvil se ilumine o a que el sueño te atrape para no pensar más. Decides encender el ordenador y escribir sobre ello, con suerte lo colarás en algún lado y el síndrome de abstinencia desaparecerá. La luz ilumina tu cara demacrada. Estás muriendo en la vida real mientras creces en la virtual. Escribes mierda porque tienes prisa. Son las 0.00, mañana tienes que trabajar y estás obcecado en acabar el texto sea como sea, aunque eso suponga cortar por aquí y por allá y dejar una historia que podría ser buena en las típicas mil palabras, la longitud exacta para que los lectores puedan ver el final con el primer scroll. Lees cada vez menos, escribes cada vez más, y olvidas que la primera lección para escribir bien es leer; la segunda es saber leer; y la tercera es reproducir lo que lees. Tienes automatizada la estructura. Sabes cómo debe empezar un post y cómo debe acabar. Lo que hay entre las dos tapas es lo complicado, aunque si usas preguntas y respuestas, ejemplos o diálogos, en menos tiempo del que empleó Risto Mejide en escribir su último artículo para Jot Down – se ve que después de vender parte de su alma al grupo Prisa, decidieron comprar un par de párrafos a un intelectual de referencia – tendrás otra entrada más con la que alimentar tus redes.

Cuando trabajaba en el lado oscuro del sistema, un compañero me enseñó la diferencia entre la publicidad push y la pull. La push es la que te dan por la calle para que la tires en la primera papelera que veas. La pull es la que atrae, conquista, te hace desear aquello que ves. Es la que funciona, la que nos pilla por donde más gusta y nos obliga a gastar el dinero que no tenemos en aquello que no necesitamos (Will Rogers).

El mundo virtual está lleno de información push. Por supuesto que hay lugares interesantes, personas que enriquecen la red y cuyos posts o artículos son incluso mejores que los escritos por aquellos que cobran un sueldo. Son muchos, pero más son los que ensucian, no porque sean unos negados, sino porque han caído en la espiral de crear contenido sí o sí.

La primera vez que Carlos Boyero vio a un youtuber – parece ser que fue el famoso vídeo de El Rubius, Maneras de joder a tu compañero de piso – alucinó. No entendía cómo unos jóvenes haciendo el gilipollas podían tener tantos seguidores. Es cierto que sorprende y resulta incomprensible para los que tenemos más de veinte años que este tipo de contenido genere fans, millones de reproducciones, libros, conferencias, viajes, dinero y un largo etcétera que no viene al caso. Lo dice una persona que confiesa seguir a varios youtubers a sabiendas de que su contenido es bazofia visual, pero que no quiere desengancharse de un nuevo medio de comunicación que dará de qué hablar de aquí a un tiempo. De hecho, no son pocos los que han visto en youtube una ventana para lanzar al mundo un mensaje que en medios convencionales no tendría cabida. Me refiero a FurorVlog, Punkike Punk, La Tuerka, Masa, Frank Cuesta (Frank de la Jungla sin cesura), etcétera.

Los vídeos de la mayoría de los youtubers de éxito son un claro ejemplo de que las exigencias del público y el ritmo que impone el medio en el que te expresas te condicionan hasta el punto de crear algo de lo que difícilmente puedas estar orgulloso. Al igual que en el (¿obsoleto?) mundo de los blogs, hay youtubers que se lo toman con calma y son capaces de ofrecer un contenido interesante, como el documental que hizo Luzu sobre la Ruta 66, aunque desgraciadamente no es la tónica general.

Llevo pensando en este tema un tiempo, sobre todo en la razón por la cual la mala calidad triunfa frente a la buena. Después de darle muchas vueltas, sospecho que la clave está, no en si es bueno o malo el contenido, sino en el tiempo dedicado a crear un perfil público, conocido, que posteriormente se convierta en un atractor de seguidores. Un ejemplo que puede sustentar esta teoría es el de una conocida repostera aficionada a correr que entre postre y postre se dedica a subir fotos a instagram, contestar comentarios, grabar vídeos y escribir posts y artículos sobre sus carreras tan mal escritos que su lectura se convierte en una lucha contra el vómito. La exigencia y el «me debo a mis seguidores» destruyen todo vestigio de creatividad y gusto.

Casos como este se encuentran por toda la red, sin importar la temática, reproduciéndose a un ritmo espantoso y sirviendo de ejemplo a otros que acaban de empezar. Por suerte existe un antídoto de muy fácil uso: no leer aquello que aborreces y motivar a los que crean un buen contenido.

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