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Baile de máscaras

El tipo que está sentado enfrente de mí mastica haciendo ruido, sorbe los tallarines y antes de tragar ya se está introduciendo en la boca la siguiente porción. Este último acto me desquicia más que los anteriores porque no puedo evitar analizar sus fauces y su contenido: comida apenas triturada, saliva y un tímido bolo alimenticio que apunto está de comenzar su descenso hacia el estómago. Nuestras cabezas están separadas por medio metro, una distancia ridículamente pequeña si se trata de separar a dos personas desconocidas. Sin embargo, no podemos reclamar, hemos escogido los sitios de forma aleatoria, el de aquí o el de allá, sin importarnos en exceso los nexos amistosos que pudieran servir de andamios a una hipotética conversación.

Hay una persona sentada a mí derecha que intenta leer de reojo lo que estoy escribiendo. No entiendo por qué lo hace si no habla mi idioma – o sí y me ha engañado para enterarse de lo que escribo en mi libreta sin ningún tipo de pudor –. Me incomoda que trate de dilucidar a partir de la raíz de las palabras lo que significan. Lo mismo ha acertado porque me acaba de mirar con cara de asco, lo que me hace suponer que: 1) Yo le doy asco. 2) Empatiza conmigo porque también le da asco tener que comer delante de un tipo que mastica haciendo ruido, sorbe los tallarines y antes de tragar ya se está introduciendo en la boca la siguiente porción. 3) Le da asco que yo me recree escribiendo aquello que nos da asco a los dos, y posiblemente a las otras personas con las que compartimos mesa. Ignoro cuál de las tres opciones es la que le ha llevado a brindarme su asco en forma de expresión facial, pero no me importa, dentro de ocho días y medio no volveré a verle y, con suerte, olvidaré su cara.

So… alguien intenta iniciar una conversación pero se queda en eso, en un intento. Creo que uno de los presentes ha asentido o ha devuelto una sonrisa como trofeo por la hazaña que es hablar a personas con las que sólo compartes una comida y algo más, pero ese algo más es trabajo y no es de buen gusto hablar de trabajo mientras hay comida sobre la mesa.

Por fin, por decir algo, el de mi derecha me pregunta sobre mi escrito. Sobre vosotros, respondo. Me río, claro, si no me riese pensarían que es en serio y tendría que explicarles por qué estoy escribiendo delante de ellos sobre ellos. Es ridículo, lo sé, y no está bien, también lo sé, y lo correcto sería preguntar al tipo de enfrente si en su casa también come así. No obstante, las normas en esta mesa no están escritas y puedo hacer lo que me de la gana. Really? No, claro que no, ¿cómo voy a escribir sobre vosotros? Ya tienen tema de conversación: averiguar sobre qué estoy escribiendo. Máscaras, digo. La tuya, la tuya, la tuya, digo señalándoles, también la tuya, y la tuya, claro, no vas a ser menos. Escribo sobre vuestras máscaras. El tipo que mastica haciendo ruido se calla por un momento y me mira de la misma forma con la que previamente ha analizado la siguiente tanda de tallarines que pasarán deslizándose a través de sus labios aceitosos.

Dos semanas antes estaba tumbado en casa leyendo la última página del último ensayo de César Rendueles: Capitalismo canalla: una historia personal del capitalismo a través de la literatura. No me descubrió nada nuevo. No necesité ese «¡oh!, vaya revelación» para poder disfrutar con su lectura tanto o más como sufrir por todos aquellos que tienen un trabajo que odian. El ensayo, como bien indica el título, es una historia del capitalismo contada a través de las novelas que el autor ha leído a lo largo de su vida: Robinson Crusoe, la Trilogía marciana, Las uvas de la ira, Oliver Twist y un largo etcétera que le sirve para dar una vuelta de tuerca a historias que a priori parecen «inofensivas» pero que pueden esconden una lectura de la cual extraer reflexiones que nos permitan comprender mejor el pasado y, por tanto, el presente.

Uno de los fragmentos que atrapó mi atención versa sobre aquello que se esconde bajo la capa de normalidad que cubre nuestras vidas.

Sí, durante muchos años fuimos víctimas de un engaño, de un pacto de silencio, de una conspiración generalizada que nos ocultó la verdad, absurda y vertiginosa. Pero un día descubrimos la pulpa que late convulsa tras apenas una fina capa de normalidad. Y supimos que ese señor del loden que baja de un Audi con sus hijos está buscando una excusa para escaparse al baño de la estación de autobuses donde meterse una polla en la boca y así sentirse vivo. Que esa chica de rostro ligeramente caballuno que invade nuestro carril en la autopista se ha despistado al notar en la boca el regusto proustiano del speed que se metió con su hermana y un camarero en un hotel de Peñíscola el verano pasado. Que el funcionario que me atiende en Hacienda aún nota el olor de la mujer que esta noche se sentó en su cara frente al televisor encendido. Que esa madre del parque imagina lo que hubiera ocurrido si cuando visitó la casa de su amiga hubiera entrado en el baño para meterle la mano entre las piernas mientras meaba. Que cada noche la gente se lanza a un ritual enloquecido de lenguas y pezones y grandes y vulvas y cuellos. Y a la mañana siguiente fingen que nada ha pasado.

Máscaras, al fin y al cabo. Máscaras que llevamos durante la comida, la cena, el desayuno, el curso y el escaso ocio que tenemos, y sólo nos las quitaremos cuando al llegar la noche nos refugiemos bajo las sábanas de la cama del hotel periférico de Amsterdam. Durante el día todo es un teatro, una macabra danza en la que unos y otros acabamos siendo un sistema de sustancias inmiscibles aparentando normalidad cuando en realidad empujaríamos al de al lado a la primera de cambio para no cargar sobre nuestros hombros la soledad que se impone cuando no tienes a nadie ante el cual desnudarte y decir: así soy yo. Tres palabras, sólo tres, en ese orden.

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Ansiedad. Edvard Munch.

Cuando salimos de casa nos la colocamos y en silencio caminamos por la calle. Miramos a un lado y a otro, nos comportamos y actuamos de acuerdo a las reglas establecidas, y si pretendemos ser unos ciudadanos ejemplares no debemos bajo ningún concepto dejarnos ver sin ella puesta.

Cuando trabajaba en la empresa privada me agobiaba tener que llevar la máscara diez horas al día. Las relaciones con la mayoría de los compañeros eran una competición por ver quién era el que podía sustentar la máscara durante el mayor tiempo posible. Algunos incluso llegaron a sentirse más cómodos con ella, convirtiéndose en esa cosa que la empresa como un todo impone a sus esclavos.

Un día de verano, un compañero nos mandó a los del departamento un correo electrónico informándonos de que en un par de días sería su cumpleaños y deseaba celebrarlo con nosotros comiendo en una hamburguesería cercana a la empresa. Cuando recibí esa propuesta sentí cómo la máscara aumentaba su tamaño. ¿Por qué yo? Nunca hemos hablado. La máscara me apretaba más y más la cabeza. Encima una hamburguesería. ¿Qué comeré? Sabe que soy vegetariano y aún así me manda el correo por pura cortesía. Hamburguesas. Todos comiendo hamburguesas y yo mirando cómo se introducen el cuerpo triturado de un animal en la boca. Algunos seguramente la pidan poco hecha y la sangre sobre el plato acabará mostrando el lugar en el que como especie nos hemos decidido colocar. Saqué el manual de excusas y me inventé que tenía que ir a recoger unos papeles a la universidad, algo que era una mentira a medias puesto que ya estaba tramando la huida de la empresa y el regreso desesperado a la universidad. La excusa supuso un problema por una causa y su consecuencia: 1) No tenía que ir ese día a por los papeles, 2) por lo que estaría obligado a comer escondido en algún lugar para que el departamento entero no me viera hacer un corte de mangas a su plan de afianzamiento de la normalidad.

El día del cumpleaños salí a comer cinco minutos antes que ellos y me perdí por las calles de Nuevos Ministerios. A mi alrededor pululaban personas trajeadas con máscaras imponentes a través de la cuales me miraban sorprendidas por ser el único que a esas horas caminaba con la cara al descubierto. Yo les miraba fijamente, tratando de ver al tipo frágil que se esconde tras la normalidad. Una persona corriente, con sus defectos, miedos y problemas. Ese tío, pensé fijándome en un hombre cualquiera, lo mismo llora cada noche porque su mujer está ingresada en el hospital y sólo puede ir a verla al anochecer, cuando sale del trabajo. Esa otra que está comiendo una ensalada con sus compañeros de trabajo hace que su máscara se ría aunque por dentro está pensando en cómo habrá sido el primer día de campamento de su hijo. A su lado, un hombre que desearía abandonar su trabajo para poder vivir en el campo come rápidamente para llegar cuanto antes a la oficina. Es un esclavo. Lo sabe. Disfruta con ello y luego se siente culpable.

Tras caminar durante un buen rato, encontré un escondite, una plaza con fuente y árboles rodeada de grandes oficinas. Podría haber pasado por un entorno bucólico si no hubiese sido por la gente que allí se concentraba. Jóvenes con trajes baratos y mal planchados sustentando máscaras y comiendo de tupper. Tendrían mi edad. Su primer trabajo, su primera nómina y sus primeras risas falsas. No lograba averiguar si sus gestos eran producto de la máscara o en realidad eran felices llevando esa vida. Por fin tenemos un trabajo con el que poder empezar a pagar una hipoteca de un piso enano pero nuevo en Las Tablas, con piscina y gimnasio y sauna y zonas verdes y un montón de mierda más que nunca utilizaremos porque trabajamos tan poco pero tantas horas que al llegar a casa lo único que nos apetece es sentarnos delante de la televisión para que hagan con nuestros cerebros lo que les de la gana.Me acomodé en un banco y saqué un libro. No pude leer. Observé a la realidad desnudarse ante mí.

Dejé esa imagen y otras atrás subido en una bicicleta. La ciudad sobre ella toma un cariz totalmente diferente. El tiempo pasa más despacio y las calles cobran vida. Sientes que formas parte de un sistema auto-organizado que sólo necesita luces verdes y rojas para funcionar. Los movimientos de los coches son siempre los mismos y los atascos también, de tal manera que moverse en bicicleta es como deslizarse silenciosamente dentro de un laberinto. Es la máxima expresión de libertad dentro de esta cárcel, y el único medio de transporte posible si no queremos morir ahogados.

¡Cuidado!, me grita en inglés con acento polaco antes de que una bicicleta casi nos llevara por delante. En Amsterdam el concepto de transporte en bicicleta no es el mismo que en Madrid. Allí es natural su uso, mientras que en Madrid es una forma de activismo.

Ese grito que soltó el polaco minutos antes de que entrara en la cafetería me trasladó a la exposición que habíamos visto el fin de semana anterior sobre las trayectorias paralelas de Van Gogh y Munch. ¿La habéis visto?, les pregunto a los tipos que no se dan por vencidos y quieren saber qué demonios estoy escribiendo después de que la broma de las máscaras no colora. No. No. No. No. ¿Y tú?, pregunto a una chica levantando ligeramente la cabeza. No. Ok. Silencio. ¿Seré yo? ¿Serán ellos? ¿Por qué no hay nadie en esta mesa? Les miro detenidamente. Algunos me miran, otros no. ¿Son reales? Me levanto, camino hasta la puerta y me voy.

«Tras varias horas caminando me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio. […] Me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza.»