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DFW, JF, PR, OP, ES, AN, DJ y EA

No me extraña que David Foster Wallace (DFW) sintiera que se aproximaba aún más hacia las fauces de la depresión después de leer a Jonathan Franzen (JF). DFW es una pieza de coleccionista, un escritor que puede hacer del momento cotidiano una construcción exuberante gracias a una mirada que desmenuza la sociedad moderna en fragmentos absurdos y delirantes. La broma infinita, de la que intenté en su día hablar y me quedé en eso, en un intento, trata con dureza los dos pilares del mundo moderno: la competitividad y el entretenimiento. Es un despilfarro de palabras, una cosa – en palabras de DFW – que traspasa los límites de lo permitido y pone al lector en una difícil tesitura: ¿Me está tomando el pelo o estoy ante un hito? En el intento comenté que la broma la estaba gastando DFW al lector, y lo mantengo, pero a la vez te hace sentir que al pasar una página tras otra estás alcanzando una cima con todas las preguntas que ello conlleva: ¿Merece la pena el esfuerzo? ¿Por qué subir hasta aquí cuando podría estar tumbado en casa? ¿Y ahora, qué? En una ocasión escuché decir a un escritor del que no recuerdo su nombre que no perdería tres o más meses de su vida leyendo La broma infinita. Pues eso.

Durante el mes de mayo y junio estuve leyendo Las correcciones, de JF. Después de leer las primeras 20 páginas pensé: «¡Vaya!, es el escritor perfecto, una mezcla de Philip Roth (PR) y DFW». Es decir, la perfección. Literariamente hablando, PR lo es todo para mí. Es difícil que pueda destronarle de su lugar privilegiado porque su forma de ver la vida ha sido (y es) igual que la mía. Al leerle siento que mis pensamientos e inquietudes se moldean y transforman en palabras, y estas palabras en historias que tienen algo que ver conmigo. No obstante, JF le mantuvo sobre las cuerdas durante varios cientos de páginas porque, como he dicho, aúna en una sola mano la mirada de DFW y la capacidad narrativa de PR. Pero al final ganó el sencillo poder narrativo de PR frente al arsenal de JF.

DFW no era bueno creando personajes. Su fuerte era la descomposición y el análisis del momento, pero era incapaz de profundizar en los seres humanos. Por el contrario, JF, al menos en Las correcciones, dedica más tiempo del necesario en describir a los cinco personajes que se enfrentarán en la última parte de la novela. Leyendo a DFW uno tiene la sensación de que tenía prisa por acabar aquel infierno, mientras que el estilo de JF es tan sereno que el lector puede imaginarlo escribiendo a mano, leyendo en voz alta cada párrafo y haciendo las modificaciones necesarias para que su texto quede redondo. Algo así sucede cuando lees a Orhan Pamuk (OR). Es lento y minucioso, un buen alumno que no tiene prisa por acabar la tarea. PR destronó a OR del trono de predilección en un momento en el que OR comenzó a cansarme. Sin embargo, volvió el enero pasado para rescatarme con su última novela, Una sensación extraña. De ella dije que había sido la novela con la mejor estructura que había leído en años. Lo pensé demasiado rápido, y lo dije aún más rápido que el tiempo que me llevó pensarlo, pero en un contexto sensacionalista con el objetivo de que la persona que me estaba escuchando dejara de tentar al suicidio leyendo Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato (ES), para pasarse al mundo de OP, y nunca mejor dicho.

ES me hundió en una cama de un hotel de Amsterdan durante 14 largas noches. Me enganchó como una droga a su forma de mirar y de narrar y a la perfección de sus escritos, y continuó jodiéndome durante una semana en la que trabajaba escuchando como un enfermo todas las entrevistas que pude encontrar. Por suerte el número de entrevistas de ES en youtube es finito y pude recuperarme leyendo a OP – entiendo que esta frase puede ser una contradicción en sí misma –. Una sensación extraña no consiguió evadirme de la vida real tanto como en su día hizo El museo de la inocencia, pero disfruté descubriendo la historia de Estambul de la mano de Mevlut: los cambios políticos, arquitectónicos, culinarios y relacionales.

Si hay algo que me gusta de PR es su capacidad para adaptarse a todo tipo de formatos. Engaño es un diálogo, Patrimonio una carta al padre, La conjura contra América un retrato, Sale el espectro una declaración de miedos y angustias, El mal de portnoy un corte de mangas, etcétera. Novelas de distintas dimensiones. Algunas largas, otras cortas, y las menos podrían pasar por relatos. Es algo que se agradece cuando uno pretende acercarse a un autor. Yo empecé con El pecho. En un viaje de ida y otro de vuelta a la universidad lo empecé y lo acabé. Sin embargo, alguien que quiera conocer la obra de ficción de JF o DFW no le queda otra más que arremangarse, meterse el cuchillo en la boca y soportar el embiste.

Por junio leí Cosmética del enemigo, de Amélie Nothomb (AN), de la misma forma que El pecho, en un transporte público. Me dejó conmocionado, aunque la historia del desdoblamiento de personalidad esté demasiado trillada. Escueto, directo y sin escrúpulos; no apto para pusilánimes, como decía aquella crítica que me convenció para que Árbol de humo, de Denis Johnson (DJ), acabara acompañándome a un largo viaje.

AN volverá, no sé en qué momento, pero volverá, al igual que DJ y JF, como siempre hace DFW, PR o OP. No pienso lo mismo de ES, cuyo Abaddón el exterminador me grita desde la estantería. De momento estoy con El solitario de desierto, de Edward Abbey (EA), un filósofo y naturalista estadounidense que dejó plasmados sus reflexiones y recuerdos durante un año como guardabosques en el Parque Nacional de los Arcos, Utah. Los capítulos están dedicados a temas tan variopintos como son las rocas, el agua, las serpientes o el turismo industrial y motorizado. EA fue un firme defensor de la conservación de los parques nacionales y un enamorado del oeste de EEUU. Incapaz de adaptarse al frenético ritmo de las ciudades y al formato de vida que imponen, dejó fragmentos que merecen ser subrayados, marcados y recordados.

¡Dios mío! Estoy pensando en qué mierda increíble convertimos la mayor parte de nuestras vidas, la rutina doméstica (la misma vieja esposa cada noche), los estúpidos e inútiles y degradantes trabajos, la arrogancia insufrible de los funcionarios electos, el engaño astuto y la publicidad babosa de los hombres de negocios, las guerras tediosas en que matamos a nuestros camaradas en vez de a nuestros enemigos reales de vuelta a casa en la capital, las sucias enfermas y horribles ciudades y poblaciones en que vivimos, la constante y banal tiranía de lavadoras automáticas y automóviles y aparatos de televisión y teléfonos… ¡Ah, Cristo! Estoy pensando al mismo tiempo que estoy diciendo adiós a aquel idiota gritón de la orilla, en qué basura insoportable y en qué estupidez inútil del todo nos enterramos día tras día, mientras soportamos pacientemente la estrangulación progresiva del limpio cuello blanco y el rico pero modesto garrote del nudo de la corbata.

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