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Montaña y deporte, Reflexiones

Nunca algo tan aburrido causó tanto furor

Hay gente que corre. Mucha. Más que nunca. Existe una correlación entre el número de inscritos a carreras urbanas y la crisis. El boom es evidente, no hay más que acercarse a cualquier parque o alejarse a las montañas. Gordos, flacos, mujeres y hombres de todas las edades, en grupo o en solitario, de noche o de día, encorsetados en productos del Decathlon o en el de las principales marcas que están sacando tajada. Fisioterapeutas, podólogos y nutricionistas se frotan las manos, los médicos de cabecera se las echan a la cabeza. Lesiones por no saber correr y muertes por no saber parar. Carreras todos los fines de semana: cinco kilómetros, diez kilómetros, media maratón, maratón, ultra maratón. Empresas que quieren ver a sus trabajadores correr y les apuntan a una carrera el domingo; trabajadores que aprovechan la hora y media de descanso para correr en cinta de gimnasio; propietarios de gimnasios que ven cómo la competencia aflora como setas. Tonifica tu cuerpo, quema grasa, compra un pulsómetro y trabaja en la franja que mejor te convenga, busca un plan de entrenamiento, ¡mejor!: opta por un entrenador personal, entrena en grupo, enseña a tus amigos tus nuevas zapatillas estabilizadoras, prueba todo tipo plantillas, bájate aplicaciones para compartir tu entreno, prueba las carreras por montaña, cómprate unos bastones y una mochila ultraligera y unos compresores, participa en las quedadas y haz amigos, olvídate de la soledad, cambia los bares por los parques, la noche por el día, el alcohol por el isotónico y el tabaco por los geles. Disfruta de la libertad de hacer el deporte más sencillo que existe.

Eran las once de la noche de un día de invierno cuando acabé de correr mis diez kilómetros diarios. Llevaba puesto un pantalón y unas zapatillas que años atrás había usado en las clases de gimnasia, una sudadera de algodón y una camiseta de la gira de 2002 de un grupo de musica. No ha pasado tanto tiempo desde aquel día – seis años, quizá siete –, pero las camisetas siempre me han durado tantos años como he querido. Estaba jadeando, agotado por el último sprint, cuando un grupo de chavales pasó a mi lado. A juzgar por sus miradas supuse que se estarían preguntando qué demonios hacía a esas horas corriendo. Me sequé el sudor de la frente con la parte inferior de la camiseta y me dispuse a estirar cuando escuché: «¿Qué está haciendo?» Un año más tarde, la noticia del 31 de diciembre fue que la San Silvestre Vallecana había batido el récord de participación con 39000 inscritos. Fue entonces cuando el running desplazó al correr y los que se acostaron renegando de practicar deporte – que no de verlo – se levantaron adictos al running. El mundo se había vuelto loco por un deporte que siempre había estado denostado por ser aburrido, cansado y lesivo. O eso decían.

Tras probar mi primera carrera por montaña y descubrir que en terreno técnico la moda todavía no se había inmiscuido, me invitaron a participar en un estudio de mercado de una conocida marca de deporte. A parte del obsequio que me darían por responder a una serie de cuestiones, acepté la propuesta por la curiosidad de saber cómo trabajaba una de las marcas más conocidas del ámbito deportivo. La marca en cuestión, que había patrocinado la San Silvestre Vallecana de los 39000 inscritos un año antes, ya se había dado cuenta, antes que cualquiera, de que la ola que venía era inmensa. Nos hicieron preguntas sobre hábitos de compra, marcas, entrenamientos y carreras; incluso nos sacaron zapatillas para que indicáramos por qué compraríamos unas y no otras, qué mejoras haríamos o cómo cambiaríamos el diseño. La maquinaria ya estaba en funcionamiento. Tan sólo había que ofrecer hasta saturar para que la moda se extendiera como la peste.

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Vivo encerrado en una ciudad. Cuando camino por ella me parece inverosímil que bajo el asfalto se esconda la tierra. Kilómetros y kilómetros de calles, cientos de edificios, miles de coches y motos contaminando el aire que respiramos, millones de personas moviéndose de forma predecible. Los fines de semana suponen un alivio cuando me escapo a las montañas. Los días de diario son etapas de una carrera a contrareloj en la que compagino un transporte en bicicleta que cada día me genera más rechazo hacia los que usan el coche para desplazarse, un trabajo absorbente/gratificante/tedioso/interesante/destructivo (pero) que me encanta y un entrenamiento de hámster que consiste en dar vueltas alrededor de un parque, hacer series en las rectas o cuestas del mismo parque, realizar ejercicios en los recodos del… sí, del mismo parque. Es el pulmón de la zona centro y el gran testigo de la proliferación de los runners.

Cada día, a partir de las siete u ocho de la tarde, hordas de Uruk-hais se dedican a ocupar todo el espacio disponible del parque. Los que vamos solos, los paseantes, los niños que juegan y los patinadores somos echados a un lado por decenas de grupos de runners – un día llegué a estimar un grupo de unos cien – que entre risas, jadeos, sudores y flatulencias varias socializan empleando la herramienta del running como en otro tiempo pudo haber sido el after-work o las cañas de los miércoles en los 100 Montaditos. De vez en cuando se les escucha hablar sobre zapatillas, ropa deportiva en general, carreras y viajes organizados a ciudades lejanas pero glamurosas para correr un maratón. Visten a la última con todo tipo de complementos, algunos portan sus móviles en la mano para capturar el momento healthy – si no hay foto no hay entreno – y la inmensa mayoría no sabe correr. Este último dato es importante porque al igual que a nadie se le ocurre lanzarse a la piscina sin antes aprender a nadar, tampoco debería correr más de un kilómetro sin unas nociones básicas sobre su técnica. La edad media ronda los cuarenta y algo – esa generación que va a vivir mejor que sus padres –, hombres y mujeres por igual, con aspecto saludable, aparentemente feliz. Lo que transmiten al verles correr de esa manera tan caótica, descentrada y dicharachera es que están corriendo porque hay más gente que lo hace, no porque les guste. Por eso en agosto, en Navidad y los domingos por la tarde los parques se vacían y tan sólo quedan los que en soledad o en grupos reducidos continúan haciendo lo que les llena, independientemente de si su pasión empezó hace una semana, un mes, un año o una década.

Una de las características más llamativas de los runners es que no se avergüenzan de serlo. Hace una semana escuché a una persona decir a otra: «Ella es runner, ¿tú lo eres?» Lo que llamó mi atención de esa frase fue que para mí llamar a una persona runner es ofensivo, mientras que para los que aceptan y se sienten cómodos dentro del fenómeno esquizoide del running no. Evidente, por otro lado, pero que no deja de ser llamativo. Lo mismo sucede con otros términos como belieber, youtuber, instagramer, etcétera. Los runners se califican a sí mismos como tales porque son conscientes de que han sido arrastrados a dar vueltas a un parque porque está de moda. No les importa. Ni hace falta. Si de repente la moda se desvaneciera, ellos se irían con ella.

La diferencia entre correr y running es que la primera es una actividad liberadora mientras que la segunda es opresiva. Cuando a deporte se suma consumismo, moda y masa se obtiene un fenómeno repugnante que se manifiesta de formas tan diversas como hacer quedadas de cientos de personas para correr por las calles de la ciudad o contabilizar muertes en maratones por asfalto. Cabe preguntarse si en una sociedad con otras características que no sean la competitividad, el estrés, la depresión y el entretenimiento banal sería posible que correr continuara manteniendo su esencia sin importar el número de personas que lo practicara. La siguiente pregunta sería plantearse si en esa sociedad imaginaria podría ser factible que correr se convirtiera en un fenómeno de masas.

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Acerca de Diego DZ

Madrid, 1988. Físico. En mis ratos libres corro y leo, también escalo y escribo.

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