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Diego DZ

Madrid, 1988. Físico. En mis ratos libres corro y leo, también escalo y escribo.
Diego DZ ha escrito 92 entradas para Ruta 142

Nunca algo tan aburrido causó tanto furor

Hay gente que corre. Mucha. Más que nunca. Existe una correlación entre el número de inscritos a carreras urbanas y la crisis. El boom es evidente, no hay más que acercarse a cualquier parque o alejarse a las montañas. Gordos, flacos, mujeres y hombres de todas las edades, en grupo o en solitario, de noche o de día, encorsetados en productos del Decathlon o en el de las principales marcas que están sacando tajada. Fisioterapeutas, podólogos y nutricionistas se frotan las manos, los médicos de cabecera se las echan a la cabeza. Lesiones por no saber correr y muertes por no saber parar. Carreras todos los fines de semana: cinco kilómetros, diez kilómetros, media maratón, maratón, ultra maratón. Empresas que quieren ver a sus trabajadores correr y les apuntan a una carrera el domingo; trabajadores que aprovechan la hora y media de descanso para correr en cinta de gimnasio; propietarios de gimnasios que ven cómo la competencia aflora como setas. Tonifica tu cuerpo, quema grasa, compra un pulsómetro y trabaja en la franja que mejor te convenga, busca un plan de entrenamiento, ¡mejor!: opta por un entrenador personal, entrena en grupo, enseña a tus amigos tus nuevas zapatillas estabilizadoras, prueba todo tipo plantillas, bájate aplicaciones para compartir tu entreno, prueba las carreras por montaña, cómprate unos bastones y una mochila ultraligera y unos compresores, participa en las quedadas y haz amigos, olvídate de la soledad, cambia los bares por los parques, la noche por el día, el alcohol por el isotónico y el tabaco por los geles. Disfruta de la libertad de hacer el deporte más sencillo que existe.

Eran las once de la noche de un día de invierno cuando acabé de correr mis diez kilómetros diarios. Llevaba puesto un pantalón y unas zapatillas que años atrás había usado en las clases de gimnasia, una sudadera de algodón y una camiseta de la gira de 2002 de un grupo de musica. No ha pasado tanto tiempo desde aquel día – seis años, quizá siete –, pero las camisetas siempre me han durado tantos años como he querido. Estaba jadeando, agotado por el último sprint, cuando un grupo de chavales pasó a mi lado. A juzgar por sus miradas supuse que se estarían preguntando qué demonios hacía a esas horas corriendo. Me sequé el sudor de la frente con la parte inferior de la camiseta y me dispuse a estirar cuando escuché: «¿Qué está haciendo?» Un año más tarde, la noticia del 31 de diciembre fue que la San Silvestre Vallecana había batido el récord de participación con 39000 inscritos. Fue entonces cuando el running desplazó al correr y los que se acostaron renegando de practicar deporte – que no de verlo – se levantaron adictos al running. El mundo se había vuelto loco por un deporte que siempre había estado denostado por ser aburrido, cansado y lesivo. O eso decían.

Tras probar mi primera carrera por montaña y descubrir que en terreno técnico la moda todavía no se había inmiscuido, me invitaron a participar en un estudio de mercado de una conocida marca de deporte. A parte del obsequio que me darían por responder a una serie de cuestiones, acepté la propuesta por la curiosidad de saber cómo trabajaba una de las marcas más conocidas del ámbito deportivo. La marca en cuestión, que había patrocinado la San Silvestre Vallecana de los 39000 inscritos un año antes, ya se había dado cuenta, antes que cualquiera, de que la ola que venía era inmensa. Nos hicieron preguntas sobre hábitos de compra, marcas, entrenamientos y carreras; incluso nos sacaron zapatillas para que indicáramos por qué compraríamos unas y no otras, qué mejoras haríamos o cómo cambiaríamos el diseño. La maquinaria ya estaba en funcionamiento. Tan sólo había que ofrecer hasta saturar para que la moda se extendiera como la peste.

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Vivo encerrado en una ciudad. Cuando camino por ella me parece inverosímil que bajo el asfalto se esconda la tierra. Kilómetros y kilómetros de calles, cientos de edificios, miles de coches y motos contaminando el aire que respiramos, millones de personas moviéndose de forma predecible. Los fines de semana suponen un alivio cuando me escapo a las montañas. Los días de diario son etapas de una carrera a contrareloj en la que compagino un transporte en bicicleta que cada día me genera más rechazo hacia los que usan el coche para desplazarse, un trabajo absorbente/gratificante/tedioso/interesante/destructivo (pero) que me encanta y un entrenamiento de hámster que consiste en dar vueltas alrededor de un parque, hacer series en las rectas o cuestas del mismo parque, realizar ejercicios en los recodos del… sí, del mismo parque. Es el pulmón de la zona centro y el gran testigo de la proliferación de los runners.

Cada día, a partir de las siete u ocho de la tarde, hordas de Uruk-hais se dedican a ocupar todo el espacio disponible del parque. Los que vamos solos, los paseantes, los niños que juegan y los patinadores somos echados a un lado por decenas de grupos de runners – un día llegué a estimar un grupo de unos cien – que entre risas, jadeos, sudores y flatulencias varias socializan empleando la herramienta del running como en otro tiempo pudo haber sido el after-work o las cañas de los miércoles en los 100 Montaditos. De vez en cuando se les escucha hablar sobre zapatillas, ropa deportiva en general, carreras y viajes organizados a ciudades lejanas pero glamurosas para correr un maratón. Visten a la última con todo tipo de complementos, algunos portan sus móviles en la mano para capturar el momento healthy – si no hay foto no hay entreno – y la inmensa mayoría no sabe correr. Este último dato es importante porque al igual que a nadie se le ocurre lanzarse a la piscina sin antes aprender a nadar, tampoco debería correr más de un kilómetro sin unas nociones básicas sobre su técnica. La edad media ronda los cuarenta y algo – esa generación que va a vivir mejor que sus padres –, hombres y mujeres por igual, con aspecto saludable, aparentemente feliz. Lo que transmiten al verles correr de esa manera tan caótica, descentrada y dicharachera es que están corriendo porque hay más gente que lo hace, no porque les guste. Por eso en agosto, en Navidad y los domingos por la tarde los parques se vacían y tan sólo quedan los que en soledad o en grupos reducidos continúan haciendo lo que les llena, independientemente de si su pasión empezó hace una semana, un mes, un año o una década.

Una de las características más llamativas de los runners es que no se avergüenzan de serlo. Hace una semana escuché a una persona decir a otra: «Ella es runner, ¿tú lo eres?» Lo que llamó mi atención de esa frase fue que para mí llamar a una persona runner es ofensivo, mientras que para los que aceptan y se sienten cómodos dentro del fenómeno esquizoide del running no. Evidente, por otro lado, pero que no deja de ser llamativo. Lo mismo sucede con otros términos como belieber, youtuber, instagramer, etcétera. Los runners se califican a sí mismos como tales porque son conscientes de que han sido arrastrados a dar vueltas a un parque porque está de moda. No les importa. Ni hace falta. Si de repente la moda se desvaneciera, ellos se irían con ella.

La diferencia entre correr y running es que la primera es una actividad liberadora mientras que la segunda es opresiva. Cuando a deporte se suma consumismo, moda y masa se obtiene un fenómeno repugnante que se manifiesta de formas tan diversas como hacer quedadas de cientos de personas para correr por las calles de la ciudad o contabilizar muertes en maratones por asfalto. Cabe preguntarse si en una sociedad con otras características que no sean la competitividad, el estrés, la depresión y el entretenimiento banal sería posible que correr continuara manteniendo su esencia sin importar el número de personas que lo practicara. La siguiente pregunta sería plantearse si en esa sociedad imaginaria podría ser factible que correr se convirtiera en un fenómeno de masas.

DFW, JF, PR, OP, ES, AN, DJ y EA

No me extraña que David Foster Wallace (DFW) sintiera que se aproximaba aún más hacia las fauces de la depresión después de leer a Jonathan Franzen (JF). DFW es una pieza de coleccionista, un escritor que puede hacer del momento cotidiano una construcción exuberante gracias a una mirada que desmenuza la sociedad moderna en fragmentos absurdos y delirantes. La broma infinita, de la que intenté en su día hablar y me quedé en eso, en un intento, trata con dureza los dos pilares del mundo moderno: la competitividad y el entretenimiento. Es un despilfarro de palabras, una cosa – en palabras de DFW – que traspasa los límites de lo permitido y pone al lector en una difícil tesitura: ¿Me está tomando el pelo o estoy ante un hito? En el intento comenté que la broma la estaba gastando DFW al lector, y lo mantengo, pero a la vez te hace sentir que al pasar una página tras otra estás alcanzando una cima con todas las preguntas que ello conlleva: ¿Merece la pena el esfuerzo? ¿Por qué subir hasta aquí cuando podría estar tumbado en casa? ¿Y ahora, qué? En una ocasión escuché decir a un escritor del que no recuerdo su nombre que no perdería tres o más meses de su vida leyendo La broma infinita. Pues eso.

Durante el mes de mayo y junio estuve leyendo Las correcciones, de JF. Después de leer las primeras 20 páginas pensé: «¡Vaya!, es el escritor perfecto, una mezcla de Philip Roth (PR) y DFW». Es decir, la perfección. Literariamente hablando, PR lo es todo para mí. Es difícil que pueda destronarle de su lugar privilegiado porque su forma de ver la vida ha sido (y es) igual que la mía. Al leerle siento que mis pensamientos e inquietudes se moldean y transforman en palabras, y estas palabras en historias que tienen algo que ver conmigo. No obstante, JF le mantuvo sobre las cuerdas durante varios cientos de páginas porque, como he dicho, aúna en una sola mano la mirada de DFW y la capacidad narrativa de PR. Pero al final ganó el sencillo poder narrativo de PR frente al arsenal de JF.

DFW no era bueno creando personajes. Su fuerte era la descomposición y el análisis del momento, pero era incapaz de profundizar en los seres humanos. Por el contrario, JF, al menos en Las correcciones, dedica más tiempo del necesario en describir a los cinco personajes que se enfrentarán en la última parte de la novela. Leyendo a DFW uno tiene la sensación de que tenía prisa por acabar aquel infierno, mientras que el estilo de JF es tan sereno que el lector puede imaginarlo escribiendo a mano, leyendo en voz alta cada párrafo y haciendo las modificaciones necesarias para que su texto quede redondo. Algo así sucede cuando lees a Orhan Pamuk (OR). Es lento y minucioso, un buen alumno que no tiene prisa por acabar la tarea. PR destronó a OR del trono de predilección en un momento en el que OR comenzó a cansarme. Sin embargo, volvió el enero pasado para rescatarme con su última novela, Una sensación extraña. De ella dije que había sido la novela con la mejor estructura que había leído en años. Lo pensé demasiado rápido, y lo dije aún más rápido que el tiempo que me llevó pensarlo, pero en un contexto sensacionalista con el objetivo de que la persona que me estaba escuchando dejara de tentar al suicidio leyendo Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato (ES), para pasarse al mundo de OP, y nunca mejor dicho.

ES me hundió en una cama de un hotel de Amsterdan durante 14 largas noches. Me enganchó como una droga a su forma de mirar y de narrar y a la perfección de sus escritos, y continuó jodiéndome durante una semana en la que trabajaba escuchando como un enfermo todas las entrevistas que pude encontrar. Por suerte el número de entrevistas de ES en youtube es finito y pude recuperarme leyendo a OP – entiendo que esta frase puede ser una contradicción en sí misma –. Una sensación extraña no consiguió evadirme de la vida real tanto como en su día hizo El museo de la inocencia, pero disfruté descubriendo la historia de Estambul de la mano de Mevlut: los cambios políticos, arquitectónicos, culinarios y relacionales.

Si hay algo que me gusta de PR es su capacidad para adaptarse a todo tipo de formatos. Engaño es un diálogo, Patrimonio una carta al padre, La conjura contra América un retrato, Sale el espectro una declaración de miedos y angustias, El mal de portnoy un corte de mangas, etcétera. Novelas de distintas dimensiones. Algunas largas, otras cortas, y las menos podrían pasar por relatos. Es algo que se agradece cuando uno pretende acercarse a un autor. Yo empecé con El pecho. En un viaje de ida y otro de vuelta a la universidad lo empecé y lo acabé. Sin embargo, alguien que quiera conocer la obra de ficción de JF o DFW no le queda otra más que arremangarse, meterse el cuchillo en la boca y soportar el embiste.

Por junio leí Cosmética del enemigo, de Amélie Nothomb (AN), de la misma forma que El pecho, en un transporte público. Me dejó conmocionado, aunque la historia del desdoblamiento de personalidad esté demasiado trillada. Escueto, directo y sin escrúpulos; no apto para pusilánimes, como decía aquella crítica que me convenció para que Árbol de humo, de Denis Johnson (DJ), acabara acompañándome a un largo viaje.

AN volverá, no sé en qué momento, pero volverá, al igual que DJ y JF, como siempre hace DFW, PR o OP. No pienso lo mismo de ES, cuyo Abaddón el exterminador me grita desde la estantería. De momento estoy con El solitario de desierto, de Edward Abbey (EA), un filósofo y naturalista estadounidense que dejó plasmados sus reflexiones y recuerdos durante un año como guardabosques en el Parque Nacional de los Arcos, Utah. Los capítulos están dedicados a temas tan variopintos como son las rocas, el agua, las serpientes o el turismo industrial y motorizado. EA fue un firme defensor de la conservación de los parques nacionales y un enamorado del oeste de EEUU. Incapaz de adaptarse al frenético ritmo de las ciudades y al formato de vida que imponen, dejó fragmentos que merecen ser subrayados, marcados y recordados.

¡Dios mío! Estoy pensando en qué mierda increíble convertimos la mayor parte de nuestras vidas, la rutina doméstica (la misma vieja esposa cada noche), los estúpidos e inútiles y degradantes trabajos, la arrogancia insufrible de los funcionarios electos, el engaño astuto y la publicidad babosa de los hombres de negocios, las guerras tediosas en que matamos a nuestros camaradas en vez de a nuestros enemigos reales de vuelta a casa en la capital, las sucias enfermas y horribles ciudades y poblaciones en que vivimos, la constante y banal tiranía de lavadoras automáticas y automóviles y aparatos de televisión y teléfonos… ¡Ah, Cristo! Estoy pensando al mismo tiempo que estoy diciendo adiós a aquel idiota gritón de la orilla, en qué basura insoportable y en qué estupidez inútil del todo nos enterramos día tras día, mientras soportamos pacientemente la estrangulación progresiva del limpio cuello blanco y el rico pero modesto garrote del nudo de la corbata.

Baile de máscaras

El tipo que está sentado enfrente de mí mastica haciendo ruido, sorbe los tallarines y antes de tragar ya se está introduciendo en la boca la siguiente porción. Este último acto me desquicia más que los anteriores porque no puedo evitar analizar sus fauces y su contenido: comida apenas triturada, saliva y un tímido bolo alimenticio que apunto está de comenzar su descenso hacia el estómago. Nuestras cabezas están separadas por medio metro, una distancia ridículamente pequeña si se trata de separar a dos personas desconocidas. Sin embargo, no podemos reclamar, hemos escogido los sitios de forma aleatoria, el de aquí o el de allá, sin importarnos en exceso los nexos amistosos que pudieran servir de andamios a una hipotética conversación.

Hay una persona sentada a mí derecha que intenta leer de reojo lo que estoy escribiendo. No entiendo por qué lo hace si no habla mi idioma – o sí y me ha engañado para enterarse de lo que escribo en mi libreta sin ningún tipo de pudor –. Me incomoda que trate de dilucidar a partir de la raíz de las palabras lo que significan. Lo mismo ha acertado porque me acaba de mirar con cara de asco, lo que me hace suponer que: 1) Yo le doy asco. 2) Empatiza conmigo porque también le da asco tener que comer delante de un tipo que mastica haciendo ruido, sorbe los tallarines y antes de tragar ya se está introduciendo en la boca la siguiente porción. 3) Le da asco que yo me recree escribiendo aquello que nos da asco a los dos, y posiblemente a las otras personas con las que compartimos mesa. Ignoro cuál de las tres opciones es la que le ha llevado a brindarme su asco en forma de expresión facial, pero no me importa, dentro de ocho días y medio no volveré a verle y, con suerte, olvidaré su cara.

So… alguien intenta iniciar una conversación pero se queda en eso, en un intento. Creo que uno de los presentes ha asentido o ha devuelto una sonrisa como trofeo por la hazaña que es hablar a personas con las que sólo compartes una comida y algo más, pero ese algo más es trabajo y no es de buen gusto hablar de trabajo mientras hay comida sobre la mesa.

Por fin, por decir algo, el de mi derecha me pregunta sobre mi escrito. Sobre vosotros, respondo. Me río, claro, si no me riese pensarían que es en serio y tendría que explicarles por qué estoy escribiendo delante de ellos sobre ellos. Es ridículo, lo sé, y no está bien, también lo sé, y lo correcto sería preguntar al tipo de enfrente si en su casa también come así. No obstante, las normas en esta mesa no están escritas y puedo hacer lo que me de la gana. Really? No, claro que no, ¿cómo voy a escribir sobre vosotros? Ya tienen tema de conversación: averiguar sobre qué estoy escribiendo. Máscaras, digo. La tuya, la tuya, la tuya, digo señalándoles, también la tuya, y la tuya, claro, no vas a ser menos. Escribo sobre vuestras máscaras. El tipo que mastica haciendo ruido se calla por un momento y me mira de la misma forma con la que previamente ha analizado la siguiente tanda de tallarines que pasarán deslizándose a través de sus labios aceitosos.

Dos semanas antes estaba tumbado en casa leyendo la última página del último ensayo de César Rendueles: Capitalismo canalla: una historia personal del capitalismo a través de la literatura. No me descubrió nada nuevo. No necesité ese «¡oh!, vaya revelación» para poder disfrutar con su lectura tanto o más como sufrir por todos aquellos que tienen un trabajo que odian. El ensayo, como bien indica el título, es una historia del capitalismo contada a través de las novelas que el autor ha leído a lo largo de su vida: Robinson Crusoe, la Trilogía marciana, Las uvas de la ira, Oliver Twist y un largo etcétera que le sirve para dar una vuelta de tuerca a historias que a priori parecen «inofensivas» pero que pueden esconden una lectura de la cual extraer reflexiones que nos permitan comprender mejor el pasado y, por tanto, el presente.

Uno de los fragmentos que atrapó mi atención versa sobre aquello que se esconde bajo la capa de normalidad que cubre nuestras vidas.

Sí, durante muchos años fuimos víctimas de un engaño, de un pacto de silencio, de una conspiración generalizada que nos ocultó la verdad, absurda y vertiginosa. Pero un día descubrimos la pulpa que late convulsa tras apenas una fina capa de normalidad. Y supimos que ese señor del loden que baja de un Audi con sus hijos está buscando una excusa para escaparse al baño de la estación de autobuses donde meterse una polla en la boca y así sentirse vivo. Que esa chica de rostro ligeramente caballuno que invade nuestro carril en la autopista se ha despistado al notar en la boca el regusto proustiano del speed que se metió con su hermana y un camarero en un hotel de Peñíscola el verano pasado. Que el funcionario que me atiende en Hacienda aún nota el olor de la mujer que esta noche se sentó en su cara frente al televisor encendido. Que esa madre del parque imagina lo que hubiera ocurrido si cuando visitó la casa de su amiga hubiera entrado en el baño para meterle la mano entre las piernas mientras meaba. Que cada noche la gente se lanza a un ritual enloquecido de lenguas y pezones y grandes y vulvas y cuellos. Y a la mañana siguiente fingen que nada ha pasado.

Máscaras, al fin y al cabo. Máscaras que llevamos durante la comida, la cena, el desayuno, el curso y el escaso ocio que tenemos, y sólo nos las quitaremos cuando al llegar la noche nos refugiemos bajo las sábanas de la cama del hotel periférico de Amsterdam. Durante el día todo es un teatro, una macabra danza en la que unos y otros acabamos siendo un sistema de sustancias inmiscibles aparentando normalidad cuando en realidad empujaríamos al de al lado a la primera de cambio para no cargar sobre nuestros hombros la soledad que se impone cuando no tienes a nadie ante el cual desnudarte y decir: así soy yo. Tres palabras, sólo tres, en ese orden.

angs

Ansiedad. Edvard Munch.

Cuando salimos de casa nos la colocamos y en silencio caminamos por la calle. Miramos a un lado y a otro, nos comportamos y actuamos de acuerdo a las reglas establecidas, y si pretendemos ser unos ciudadanos ejemplares no debemos bajo ningún concepto dejarnos ver sin ella puesta.

Cuando trabajaba en la empresa privada me agobiaba tener que llevar la máscara diez horas al día. Las relaciones con la mayoría de los compañeros eran una competición por ver quién era el que podía sustentar la máscara durante el mayor tiempo posible. Algunos incluso llegaron a sentirse más cómodos con ella, convirtiéndose en esa cosa que la empresa como un todo impone a sus esclavos.

Un día de verano, un compañero nos mandó a los del departamento un correo electrónico informándonos de que en un par de días sería su cumpleaños y deseaba celebrarlo con nosotros comiendo en una hamburguesería cercana a la empresa. Cuando recibí esa propuesta sentí cómo la máscara aumentaba su tamaño. ¿Por qué yo? Nunca hemos hablado. La máscara me apretaba más y más la cabeza. Encima una hamburguesería. ¿Qué comeré? Sabe que soy vegetariano y aún así me manda el correo por pura cortesía. Hamburguesas. Todos comiendo hamburguesas y yo mirando cómo se introducen el cuerpo triturado de un animal en la boca. Algunos seguramente la pidan poco hecha y la sangre sobre el plato acabará mostrando el lugar en el que como especie nos hemos decidido colocar. Saqué el manual de excusas y me inventé que tenía que ir a recoger unos papeles a la universidad, algo que era una mentira a medias puesto que ya estaba tramando la huida de la empresa y el regreso desesperado a la universidad. La excusa supuso un problema por una causa y su consecuencia: 1) No tenía que ir ese día a por los papeles, 2) por lo que estaría obligado a comer escondido en algún lugar para que el departamento entero no me viera hacer un corte de mangas a su plan de afianzamiento de la normalidad.

El día del cumpleaños salí a comer cinco minutos antes que ellos y me perdí por las calles de Nuevos Ministerios. A mi alrededor pululaban personas trajeadas con máscaras imponentes a través de la cuales me miraban sorprendidas por ser el único que a esas horas caminaba con la cara al descubierto. Yo les miraba fijamente, tratando de ver al tipo frágil que se esconde tras la normalidad. Una persona corriente, con sus defectos, miedos y problemas. Ese tío, pensé fijándome en un hombre cualquiera, lo mismo llora cada noche porque su mujer está ingresada en el hospital y sólo puede ir a verla al anochecer, cuando sale del trabajo. Esa otra que está comiendo una ensalada con sus compañeros de trabajo hace que su máscara se ría aunque por dentro está pensando en cómo habrá sido el primer día de campamento de su hijo. A su lado, un hombre que desearía abandonar su trabajo para poder vivir en el campo come rápidamente para llegar cuanto antes a la oficina. Es un esclavo. Lo sabe. Disfruta con ello y luego se siente culpable.

Tras caminar durante un buen rato, encontré un escondite, una plaza con fuente y árboles rodeada de grandes oficinas. Podría haber pasado por un entorno bucólico si no hubiese sido por la gente que allí se concentraba. Jóvenes con trajes baratos y mal planchados sustentando máscaras y comiendo de tupper. Tendrían mi edad. Su primer trabajo, su primera nómina y sus primeras risas falsas. No lograba averiguar si sus gestos eran producto de la máscara o en realidad eran felices llevando esa vida. Por fin tenemos un trabajo con el que poder empezar a pagar una hipoteca de un piso enano pero nuevo en Las Tablas, con piscina y gimnasio y sauna y zonas verdes y un montón de mierda más que nunca utilizaremos porque trabajamos tan poco pero tantas horas que al llegar a casa lo único que nos apetece es sentarnos delante de la televisión para que hagan con nuestros cerebros lo que les de la gana.Me acomodé en un banco y saqué un libro. No pude leer. Observé a la realidad desnudarse ante mí.

Dejé esa imagen y otras atrás subido en una bicicleta. La ciudad sobre ella toma un cariz totalmente diferente. El tiempo pasa más despacio y las calles cobran vida. Sientes que formas parte de un sistema auto-organizado que sólo necesita luces verdes y rojas para funcionar. Los movimientos de los coches son siempre los mismos y los atascos también, de tal manera que moverse en bicicleta es como deslizarse silenciosamente dentro de un laberinto. Es la máxima expresión de libertad dentro de esta cárcel, y el único medio de transporte posible si no queremos morir ahogados.

¡Cuidado!, me grita en inglés con acento polaco antes de que una bicicleta casi nos llevara por delante. En Amsterdam el concepto de transporte en bicicleta no es el mismo que en Madrid. Allí es natural su uso, mientras que en Madrid es una forma de activismo.

Ese grito que soltó el polaco minutos antes de que entrara en la cafetería me trasladó a la exposición que habíamos visto el fin de semana anterior sobre las trayectorias paralelas de Van Gogh y Munch. ¿La habéis visto?, les pregunto a los tipos que no se dan por vencidos y quieren saber qué demonios estoy escribiendo después de que la broma de las máscaras no colora. No. No. No. No. ¿Y tú?, pregunto a una chica levantando ligeramente la cabeza. No. Ok. Silencio. ¿Seré yo? ¿Serán ellos? ¿Por qué no hay nadie en esta mesa? Les miro detenidamente. Algunos me miran, otros no. ¿Son reales? Me levanto, camino hasta la puerta y me voy.

«Tras varias horas caminando me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio. […] Me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza.»

Calidad y entretenimiento

Entre historias que se enlazan o profundizan en la trama principal, podemos leer en el Quijote alguna que otra opinión de Cervantes puesta en boca de sus personajes. Hay una que me recuerda a la entrada Escribes mierda porque tienes prisa al tratarse de una crítica a la calidad de las comedias publicadas. Es una opinión que bien podría trasladarse a nuestros días y no perdería sentido alguno. ¿Calidad y entretenimiento pueden marchar juntas?


De haber oído la comedia artística y bien ordenada el oyente saldría alegre con las burlas, instruido con las veras, admirado de los sucesos, comedido con las razones, advertido con los embustes, sagaz con los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la virtud: que todos estos afectos ha de despertar la buena comedia en el ánimo del que la escucha, por rústico y torpe que sea, y la comedia que tenga todas estas cualidades es imposible de toda imposibilidad que deje de alegrar y entretener, satisfacer y contentar mucho más que aquella que carece de ellas, como carecen la mayoría de estas que de ordinario se representan ahora. Y no tiene la culpa de esto los poetas que las escriben, porque algunos de ellos conocen muy bien en lo que yerran y saben perfectamente lo que deben hacer; pero, como las comedias se han hecho mercadería vendible, dicen, y dicen verdad, que los empresarios no se las comprarían si no fuesen de ese jaez; y así, el poeta procura acomodarse a lo que le pide el empresario que le ha de pagar su obra. Y que esto es verdad, véase por muchas e infinitas comedias que ha escrito un felicísimo ingenio de estos reinos con tanta gala, con tanto donaire, con tan elegante verso, con tan buenos conceptos, con tan graves sentencias, y, en fin, tan llenas de elegancia y elevación de estilo, que tiene lleno el mundo con su fama; y por querer acomodarse el gusto de los empresarios, no han llegado todas, como han llegado algunas, al punto de perfección que requiere. Otros las escriben tan sin mirar lo que hacen que, después de representadas, los actores tienen necesidad de huirse y ausentarse, temerosos de ser castigados, como lo han sido muchas veces, por haber representado en perjuicio de algunos reyes y en deshonra de algunos linajes. Y todos estos inconvenientes que se haría, y aún otros muchos más que no digo, con que hubiese en la corte una persona inteligente y discreta que examinase todas las comedias antes de que se representasen (no sólo aquellas que se hiciesen en la corte, sino todas aquellas que se quisiesen representar en España), sin cuya aprobación, sello y firma ninguna autoridad dejase representar en su pueblo comedia alguna, y de esta manera los comediantes pondrían buen cuidado en enviar las comedias a la corte, y podrían representarlas con garantías, y aquellos que las escriben mirarían con más cuidado y estudio lo que hacen, temerosos de tener que pasar sus obras por el riguroso examen de quien se ocupe de ello; y de esta manera se harían buenas comedias y se conseguiría felicísimamente lo que se pretende con ellas: tanto el entretenimiento del pueblo como el respeto de los ingenios de España, el interés y seguridad de los actores, y el ahorro de la preocupación de castigarlos.

Don Quijote de la Mancha

Miguel de Cervantes

Un mar imperturbable

El siguiente fragmento pertenece a la obra de Karl Popper, La lógica de la investigación científica, texto en el que establece un criterio de demarcación para distinguir lo que es ciencia de lo que no.

Las teorías son redes que lanzamos para apresar aquello que llamamos el mundo: para racionalizarlo, explicarlo y dominarlo. Y tratamos de que la malla sea cada vez más fina.

Se trata de una frase breve pero contundente. Redes, racionalizar, dominar, malla. Me ha recordado al ensayo de Ortega y Gasset, Meditación de la técnica, donde propone que a través de la técnica podemos descubrir al ser humano.

Los seres humanos no sólo empleamos la técnica para adaptarnos al medio, sino que hemos desarrollado una técnica para modificar nuestro entorno, a veces con consecuencias catastróficas, tal y como llevamos observando en los últimos tiempos.

Estas dos referencias chocan contra la que es sin duda mi cita predilecta. La leí hace algunos años y la llevo escrita en varios cuadernos desde entonces. Toca tres palos: la investigación científica, el ser humano y el mundo en el que nos encontramos.

No existen puntos privilegiados en el espacio; una parte del espacio es exactamente igual a cualquier otra, de manera que no podemos decir dónde estamos. Nos encontramos en, como si dijésemos, un mar imperturbable, sin estrellas, brújulas, sonidos, vientos o mareas, y no podemos decir en qué dirección nos movemos.

No es una frase técnica ni filosófica, es estrictamente romántica. Podría haber sido escrita por Robinson Crusoe, a través de la pluma de Defoe, si en vez de resguardarse bajo los designios de un dios hubiera mirado hacia el horizonte. Sin embargo, fue James Clerk Maxwell el que la escribió en Materia y movimiento, un texto más que recomendable y de los pocos traducidos al castellano. Lo leí hace años, cuando empecé a escuchar el nombre de Maxwell más que el de Einstein. Hoy me mira desde una estantería recordándome lo poco que recuerdo de él, salvo una frase que cada día potencia su sentido.

Escribes mierda porque tienes prisa

Rubbish piles up in London's Soho, Feb. 1, 1979, during a strike by dustmen in the London borough of Westminster. The strike caused a pile-up of plastic bags of restaurant waste and other rubbish throughout the West End. (AP Photo)

Rubbish piles up in London’s Soho, Feb. 1, 1979, during a strike by dustmen in the London borough of Westminster. The strike caused a pile-up of plastic bags of restaurant waste and other rubbish throughout the West End. (AP Photo)

Me estoy leyendo el Quijote por cuarta vez. Es una verdad a medias porque nunca lo he acabado, siempre me he quedado a la mitad, hastiado de las notas, de las palabras y frases apenas comprensibles. Este año, gracias al enorme trabajo de adaptación de Andrés Trapiello – espaciado a lo largo de catorce años – lo he vuelto a intentar. Catorce años. Echando la vista atrás, cuando yo tenía trece años e intenté leer el Quijote por primera vez, Trapiello acababa de sentarse a traducirlo. Por ello considero que todo hispanohablante debería leer esta adaptación al castellano actual como muestra de respecto y agradecimiento a quien ha acercado una obra durante tanto tiempo relegada al rincón de las imposibles.

Hace pocos meses, Jot Down publicó en papel un artículo firmado por Trapiello – Miedo al Quijote – en el que expone tres maneras de saber si alguien ha leído o no el Quijote. La primera de ellas se da en ambientes de confianza, cuando una persona afirma no haberlo leído. Lo dice con la humildad del que sabe que tendría que haberlo hecho pero que por unas razones u otras no ha podido. Otro grupo es el que sostiene haber leído el Quijote a trozos, por partes, un capítulo por aquí y otro por allá, pero sin un orden fijo, por lo que es lo mismo que no haberlo leído. El grupo en el que se centra Trapiello es aquel que asegura haberlo leído en el colegio porque el profesor de literatura era un aficionado a la obra. Según sus cálculos, si es cierto lo que dicen, habrían tardado cuatro o cinco cursos en leerlo. Es decir, mienten. Habrán leído capítulos, adaptaciones escolares, pero no el Quijote entero. Para enfrentarte a él necesitas tiempo. Y eso, por desgracia, no lo tiene todo el mundo, o bien porque se pierde o porque en realidad prefiere dedicarse a otros quehaceres.

Tengo varios caminos pensados para cuando acabe el Quijote: continuar con la literatura estadounidense, adentrarme en el mundo del cómic, leer lo nuevo de Owen Jones, César Rendueles y Jorge Moruno, y volver a enfrentarme a otro pilar de la literatura europea, El hombre sin atributos, de Robert Musil.

De este último cabe destacar el tiempo que el autor le dedicó: doce años, desde 1930 hasta 1942. En un mundo de prisas en el que el ritmo frenético de escritura genera – y obliga a generar – tanto contenido, que alguien dedique doce años a un proyecto constituye un acto heroico, como ha sido el de Trapiello. Actualmente es difícil dar con este tipo de escritores. Predomina la novela relativamente corta frente a la larga, una frecuencia de un libro cada año y medio y publicar demasiadas columnas en periódicos que a veces no dicen nada. A esos niveles es difícil catalogar de basura lo publicado, salvo excepciones que dan vergüenza ajena. No es así cuando bajamos la escalera de la escritura y llegamos a los blogs y webs amateurs, donde encontramos un espacio en el que lo bueno tiene que convivir con un mar de chatarra.

Me fui del ruedo cansado de las prisas virtuales. Cualquiera que tenga un blog te dará un consejo para triunfar: sé constante. Actualiza, actualiza y actualiza. Vierte contenido a la misma hora los mismos días, que tus lectores sepan exactamente cuándo van a encontrar algo que leer. Habla de ti, muestra algo de tu vida y cuida a tus seguidores. Mantén las redes sociales activas. Comenta en otros blogs. Enlaza a tu blog. Habla de tu blog en foros. Presenta tu blog a concursos. Piensa siempre en tu blog; cada acción que realices puede ser un hilo de inspiración. Actualiza. Comenta. Me gusta. Comenta. Actualiza. Me gusta aunque no me guste. No frenes, sigue recto hasta que un día te encuentres frente a una libreta llena de ideas, y al lado de las ideas una fecha, y junto a la fecha un símbolo que indica si el post está acabado o no. Te creas un trabajo, una rutina, escribes porque llevas más de dos días sin subir algo. Dos días muerto. ¿Alguien se acuerda de ti? ¿Hay alguien al otro lado? Te sumerges en un delirio esquizoide abrazado a tu tableta, esperando a que el móvil se ilumine o a que el sueño te atrape para no pensar más. Decides encender el ordenador y escribir sobre ello, con suerte lo colarás en algún lado y el síndrome de abstinencia desaparecerá. La luz ilumina tu cara demacrada. Estás muriendo en la vida real mientras creces en la virtual. Escribes mierda porque tienes prisa. Son las 0.00, mañana tienes que trabajar y estás obcecado en acabar el texto sea como sea, aunque eso suponga cortar por aquí y por allá y dejar una historia que podría ser buena en las típicas mil palabras, la longitud exacta para que los lectores puedan ver el final con el primer scroll. Lees cada vez menos, escribes cada vez más, y olvidas que la primera lección para escribir bien es leer; la segunda es saber leer; y la tercera es reproducir lo que lees. Tienes automatizada la estructura. Sabes cómo debe empezar un post y cómo debe acabar. Lo que hay entre las dos tapas es lo complicado, aunque si usas preguntas y respuestas, ejemplos o diálogos, en menos tiempo del que empleó Risto Mejide en escribir su último artículo para Jot Down – se ve que después de vender parte de su alma al grupo Prisa, decidieron comprar un par de párrafos a un intelectual de referencia – tendrás otra entrada más con la que alimentar tus redes.

Cuando trabajaba en el lado oscuro del sistema, un compañero me enseñó la diferencia entre la publicidad push y la pull. La push es la que te dan por la calle para que la tires en la primera papelera que veas. La pull es la que atrae, conquista, te hace desear aquello que ves. Es la que funciona, la que nos pilla por donde más gusta y nos obliga a gastar el dinero que no tenemos en aquello que no necesitamos (Will Rogers).

El mundo virtual está lleno de información push. Por supuesto que hay lugares interesantes, personas que enriquecen la red y cuyos posts o artículos son incluso mejores que los escritos por aquellos que cobran un sueldo. Son muchos, pero más son los que ensucian, no porque sean unos negados, sino porque han caído en la espiral de crear contenido sí o sí.

La primera vez que Carlos Boyero vio a un youtuber – parece ser que fue el famoso vídeo de El Rubius, Maneras de joder a tu compañero de piso – alucinó. No entendía cómo unos jóvenes haciendo el gilipollas podían tener tantos seguidores. Es cierto que sorprende y resulta incomprensible para los que tenemos más de veinte años que este tipo de contenido genere fans, millones de reproducciones, libros, conferencias, viajes, dinero y un largo etcétera que no viene al caso. Lo dice una persona que confiesa seguir a varios youtubers a sabiendas de que su contenido es bazofia visual, pero que no quiere desengancharse de un nuevo medio de comunicación que dará de qué hablar de aquí a un tiempo. De hecho, no son pocos los que han visto en youtube una ventana para lanzar al mundo un mensaje que en medios convencionales no tendría cabida. Me refiero a FurorVlog, Punkike Punk, La Tuerka, Masa, Frank Cuesta (Frank de la Jungla sin cesura), etcétera.

Los vídeos de la mayoría de los youtubers de éxito son un claro ejemplo de que las exigencias del público y el ritmo que impone el medio en el que te expresas te condicionan hasta el punto de crear algo de lo que difícilmente puedas estar orgulloso. Al igual que en el (¿obsoleto?) mundo de los blogs, hay youtubers que se lo toman con calma y son capaces de ofrecer un contenido interesante, como el documental que hizo Luzu sobre la Ruta 66, aunque desgraciadamente no es la tónica general.

Llevo pensando en este tema un tiempo, sobre todo en la razón por la cual la mala calidad triunfa frente a la buena. Después de darle muchas vueltas, sospecho que la clave está, no en si es bueno o malo el contenido, sino en el tiempo dedicado a crear un perfil público, conocido, que posteriormente se convierta en un atractor de seguidores. Un ejemplo que puede sustentar esta teoría es el de una conocida repostera aficionada a correr que entre postre y postre se dedica a subir fotos a instagram, contestar comentarios, grabar vídeos y escribir posts y artículos sobre sus carreras tan mal escritos que su lectura se convierte en una lucha contra el vómito. La exigencia y el «me debo a mis seguidores» destruyen todo vestigio de creatividad y gusto.

Casos como este se encuentran por toda la red, sin importar la temática, reproduciéndose a un ritmo espantoso y sirviendo de ejemplo a otros que acaban de empezar. Por suerte existe un antídoto de muy fácil uso: no leer aquello que aborreces y motivar a los que crean un buen contenido.

Marx tenía razón: Volumen 2 – La cúpula

La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas | Karl Marx

Fotografía de archivo de la contaminación en Madrid. EFE/Juan Carlos Hidalgo

Fotografía de archivo de la contaminación en Madrid. EFE/Juan Carlos Hidalgo

El jengibre no es el tallo sino la planta. Jengibre o kion, de la familia de las zingiberáceas, apreciada por el tallo picante que se oculta bajo la tierra. Introduciendo la palabra jengibre en el buscador de google obtenemos en 0,17 segundos un millón y medio de resultados, los principales versan sobre sus propiedades y beneficios, mostrando especial interés por sus efectos afrodisíacos. Por ello no es de extrañar que en los últimos días hayamos visto las fruterías de nuestras ciudades infestadas de personas buscando a codazos un gramo de jengibre. El kilo ha subido drásticamente. Los productores peruanos, chinos, australianos, hindúes y jamaicanos se están dejando la piel – literalmente hablando – para abastecer la demanda europea. He visitado varias casas, todas son iguales: pared, mueble, mujer, hombre, adolescente y jengibre, jengibre por todos lados, en estanterías, alacenas, cuencos, armarios, cajones, cisternas, neveras, bodegas, trasteros, bañeras y alcobas. Los restaurantes han cambiado sus menús y ahora encontramos de primer plato jengibre, de segundo plato jengibre y de postre jengibre. ¿Cómo os habéis adaptado a la creciente demanda?, le pregunto a uno de los pocos cocineros que se permite unos segundos para responderme. Es complicado, responde, hemos tenido que tirar de aquí (se toca la cabeza con el dedo índice) y dedicar muchas horas. Sobre todo muchas horas. Me sorprende porque viste con un sobretodo a pesar de estar trabajando. Le pregunto por ello. Respuesta: Me gusta cómo me sienta el sobretodo, sobre todo en la cocina, me da un aire distinguido. ¿No te parece?

Madrid es una esclava sexual vendida a Vodafone. Las transparencias de su camisón negro permiten contemplar desde la lejanía las largas piernas que alguien le colocó para indicar que en ese lugar millones de personas abren sus bocas para introducir lo que solemos denominar como aire. Cubre su cabeza con una pamela que, contemplada desde la montaña, se asemeja a una cúpula translúcida bajo la cual se esconde un experimento social: personas haciendo lo mismo día tras día y quejándose de lo mismo día tras día hasta que llega el fin de semana. ¿Crees que una sociedad sana dedicaría su tiempo de ocio a salir hasta las tantas de la madrugada?, pregunté a un amigo a las tantas de la madrugada. Son las caretas de las que hablaba Octavio Paz las que nos quitamos cuando la fiesta nos posee. Vivimos en laberintos de soledad, rodeados de personas que sobran, y no tenemos más remedio que perdernos en ellos buscando una compañía virtual. El negocio es el mundo virtual porque aquí es donde residimos. No existe el presente, tampoco el pasado ni el futuro. La dimensión temporal está gobernada por el márketing viral. El youtuber es el nuevo dramaturgo que, condensando su creación en fragmentos de 3 minutos, expone su vida en una obra efímera que genera más dinero que cualquier obra de teatro.

Lo viejo se muere, Gramsci, y lo nuevo tarda en aparecer, pero en ese claroscuro los monstruos son tan terribles que dan ganas de plantar jengibre y vivir de su creciente demanda. ¿No ves acaso los vagones rellenos de pubescentes con las pestañas quemadas? Yo sí, los veo y los huelo, apestan a cable quemado, como los que les doblan la edad y han descubierto que el entretenimiento es más sencillo si se reduce a likes, retweets, posts chorra y fotografías de unas nuevas zapatillas con las que serán aceptados en su club de runners que fomenta el deporte a través del consumismo y no el deporte como huida hacia adelante.

El jengibre es picante pero entra bien. Una infusión antes de salir a la calle ayuda a respirar cuando la contaminación alcanza máximos. El resto es caminar.

Leer Marx tenía razón: Volumen 1 – Las Dalias

Marx tenía razón: Volumen 1 – Las Dalias

El capital es trabajo muerto que, al modo de los vampiros, vive solamente chupando trabajo vivo, y vive más cuanto más trabajo chupa | Karl Marx

Gazpacho. Los Fruitis.

Gazpacho. Los Fruitis.

Imaginad un barco lleno de piñas, de las comestibles. Imaginad ese barco transportando piñas desde países pobres a países ricos. Imaginadlo cargado de piñas, miles de ellas, metidas en cajas de madera o de plástico, unas encima de otras, cientos de cajas y miles de piñas, en una bodega inmensa que mantiene un temperatura y humedad óptimas para que las piñas lleguen a su destino tal y como fueron seleccionadas en las inmensas plantaciones de piñas. Imaginaos que el barco inicia su ruta en Tailandia. Imaginad que en el barco hay un alérgico a las piñas que negó los síntomas para poder conseguir un trabajo con el que poder salir del pozo y ha dejado a su familia en un pueblo perdido de Tailandia para que nosotros podamos comer piña. Todo el mundo quiere piña. La piña está buena, es saludable, nos refresca, nos mantiene vivos, alegres, nos transforma los ojos en dos láminas absurdas cada vez que la comemos. Hay quien la come sola, exprime su jugo, la sirve en almíbar o la emplea para llevar a cabo limpiezas intestinales. Otros prefieren optar por la cáscara que la envuelve para elaborar un cóctel o un jugo con el que perder peso.

Yo iba en ese barco de piñas comiendo una piña mientras charlaba sobre sus usos con el tailandés alérgico. Decía blablabla y yo respondía blablabla. Así transcurrían las horas. No nos entendíamos, pero el blablabla nos ayudaba a repartir el tiempo muerto entre todas las jornadas que íbamos a pasar juntos en la bodega del barco, vigilando que las piñas continuaran en su lugar hasta que llegáramos a nuestro destino, muy lejos, lejos de allí.

En esta historia pensaba yo mientras desayunaba en una cafetería de Las Dalias, Ibiza. Estaba allí sentado porque al día siguiente iba a correr una carrera no masificada que se celebra cada año y recorre parte de la costa de la isla y por eso es una experiencia inolvidable. Me acordé de esa historia porque un ex-hippie que se creía hippie estaba comiendo piña como si no costase cultivarla. Pasaba sus dientes afilados por los medallones y ni siquiera dejaba intacto el corazón: se lo metía en la boca y lo aplastaba hasta reducirlo a la mínima expresión. El ex-hippie que se creía hippie se limpió la boca en una servilleta de papel reciclado y se marchó a su furgoneta Volkswagen California Beach Edition valorada en 50.000 €. Yo también me limpié la boca y me marché de allí para acercarme al famoso mercadillo hippie de Las Dalias. Allí había productos fabricados con cuero, hilos y conchas a precios desorbitados porque estaban hechos a mano. También había velas, incienso, ropa del gremio y comida que olía como a comida. Entre todos los puestos y montones de ropa y utensilios variopintos distinguí, en un rincón, una librería normal, sin pretensiones absurdas, con libros en cajas, a precios para todos los bolsillos, en varios idiomas. Mirara por donde mirara veía libros viejos, roñosos, libros nuevos, de tapa dura o blanda, sin tapas, rústicos o de bolsillo. Había menos libros que los que te regalan cuando compras un libro electrónico pero más de los que una persona es capaz de leer en vida.

Me acerqué a un montón y cogí el primero que vi, era de Henry Miller. « ¿Has leído algo de Henry Miller?», me preguntó un hombre con sonrisa, anillos y pelo alborotado y blanco. «No», respondí. Y él me dijo: «Pero seguro que sí has leído a Bukowski». Asentí. El hombre se quitó la sonrisa y empezó a despotricar acerca de la sociedad en la que vivimos: ¡No haber leído a Henry Miller! ¡Ya no se lee buena literatura! y más frases dentro de exclamaciones que me invitaron a prestarle atención. Henry Miller era su autor predilecto y encima tenía el orgullo de ser el traductor al castellano de su obra. Conocía su prosa, sus amores, sus inquietudes, sus aficiones, todo lo que hay que saber sobre un escritor para poder traducirlo. Se le encendían los ojos y la lengua se le trababa porque se excitaba hablando de Henry Miller. En un momento dado dijo que era el dueño de la librería y que odiaba Madrid y las grandes ciudades y que nunca volvería a ellas porque dan asco. La astrología, la escritura, la lectura, la traducción y la vida sencilla eran sus pasiones. Algún premio había recibido pero comentó que prefería no tratar con demasiados traductores porque hay críticas y envidias. Narró su vida desde la infancia hasta que llegó a Ibiza en el 69, huyendo de la ciudad, de las luces y la soledad. En Ibiza había poca gente, pero supongo que la soledad todavía no se había asentado. Henry Miller huyó de Nueva York. Fue a Francia, a París, a experimentar la vida bohemia y a cabalgar sobre novelas y pensamientos que tardó en plasmar sobre el papel. Durmió bajo puentes, encontró un mecenas y machacó la hipocresía estadounidense. Le pedí al librero-traductor-astrólogo que me recomendara una novela de Henry Miller. En ese momento se saturó y no supo cuál escoger, pero al final me dijo que Trópico de capricornio era el más adecuado para iniciarse en su obra a pesar de no haber sido su primera novela. Después hubo un intercambio de correos electrónicos, promesas de hablar – no de Henry Miller sino de astrología (le parecía interesante leer la carta astral a un par de físicos que no creían ni creen en las consecuencias de haber nacido en una hora determinada de un día determinado de un año determinado) – y un apretón de manos.

Si compras piña natural, nunca tires el penacho: sirve para adornar el plato.