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Lecciones de gimnasio: Cómo reducir una cabeza a la mitad

Una de cada cien personas que practica deporte en un gimnasio piensa, al menos dos veces por sesión, en la dificultad que implica reducir una cabeza a la mitad. No hay estudios que lo avalen, pero la experiencia personal así lo indica.

Fuente: fisicoculturismo-com.blogspot.com

Fuente: fisicoculturismo-com.blogspot.com

Aunque prefiero que se me reduzca la cabeza antes que pisar un gimnasio, aquí me hallo – sentado sobre una colchoneta mohosa, destruida por la operación verano y empapada en sudor hasta el punto de asemejarse a una esponja – por consejo médico y un afán irracional de superación, viendo como «jaurías humanas, tarugos en hordas, enjambres de amebas» levantan pesas concentrando todo el sufrimiento en sus cabezas rojas a punto de explotar por el esfuerzo que implica realizar lo absurdo. Unos impulsos nunca antes experimentados están a punto de obligarme a levantar la voz para citar a Lao-tsé a un chico que no alcanza la mayoría de edad. «Un viaje de mil millas comienza con el primer paso», young grasshopper. Le tiemblan los brazos, los bíceps parecen querer desprenderse del cuerpo al que están atados para no experimentar el inevitable desgarro que se va a producir. Me levanto con libreta en mano y le asesto un golpe certero en la cabeza. « ¿Sabes?», le digo con prepotencia. «Estoy viendo tu cabeza y quiero reducirla». Suelta la pesa y los bíceps lo agradecen con un suspiro que hace recapacitar al resto de levantadores de peso. « ¡Qué coño estás diciendo!», exclama dejando escapar unas gotas y gotitas de saliva que finalizan su trayecto en mi cara. «Lo que oyes, ameba», respondo. Me limpio la cara y le digo: « Necesito tu cabeza, un cazo con agua, jugo de liana, aceite de carapa, un puñado de arena, una aguja y un poco de hilo». Reviso las notas de mi libreta y añado: «También necesito una hoguera para ahumarla». Y dirigiéndome a la jauría del gimnasio grito: « ¡Vamos pequeños potros! Buscad yesca y palos que vamos a reducir la cabeza a este chaval». Sin esperar más órdenes salen a trote cochinero porque sus músculos les impiden moverse con agilidad. Me avergüenzo de mi equipo porque yo no levanto objetos pesados, pero sí corro más rápido que ellos (y mejor y durante más tiempo y apenas sin cansarme a no ser que me pele las rodillas contra una piedra o no tenga agua o comida si el trayecto dura varias horas bajo el sol). El sujeto al que vamos a someter a una reducción de cabeza me mira y me suplica que no lo haga, que ya tiene suficiente con suspender todas las asignaturas menos religión y gimnasia como para que le reduzcamos la «quijotera».

(No me gustaría continuar con mi macabra experiencia sin antes mencionar que la víctima no fue escogida al azar. Me dieron rabia sus músculos prematuros y la forma que tenía de mirarse al espejo como si el volumen de ellos hubiese sido obra suya y no del bote de esteroides que a escondidas de sus padres engulle para lucir dorsales y trapecios y bíceps y pectorales durante las dos horas de gimnasia escolar)

Le sugiero que se calle y me deje revisar la receta mientras mi equipo improvisado de shuar – no jíbaros, ¡joder! Hasta la Wikipedia apunta que llamar a la tribu de los shuar jíbaros es de mala persona. Un poco de respeto aunque les hayamos molido a palos durante 500 años – va en busca de leña. Por suerte, el gimnasio fue edificado en medio de un parque con espectaculares caminos, árboles, explanadas verdes y un par de lagos donde se puede practicar piragüismo, así que la dificultad para encontrar ramas y ramitas de árboles es nula.

Tras una hora de espera junto al afortunado que va a tener una cabeza nueva, oigo unos pasos que se acercan a la puerta del gimnasio. Son los musculados, y van cargados con palos, yesca, árboles, trozos de césped, piedras, arena y un mechero. Les ordeno que hagan una circunferencia con las piedras para poder colocar, siguiendo un esquema piramidal, las ramas y la yesca. « ¡Estupendo!», les grito cuando el trabajo esta hecho. «Ahora solo tenemos que quitarle la cabeza, reducirla y volvérsela a coser». Saco la libreta y leo en voz alta los pasos a seguir:

1.- Cortar la cabeza.

2.- Desechar el cerebro, los ojos y las partes blandas.

3.- Meter en agua junto al jugo de liana aproximadamente durante 15 minutos. Esto evitará que se caiga el pelo. Si transcurridos 15 minutos no se saca del agua, se ablandará demasiado y la cabeza será inservible.

4.- Secar al sol.

5.- Raspar la piel por dentro para quitar restos de carne. Conseguimos así evitar el mal olor y la putrefacción.

6.- Frotar con aceite de carapa.

7.- Coser ojos, boca y nuca hasta que la cabeza tenga forma de bolsa. Rellenarla con arena.

8.- Se cuelga sobre el fuego y se le da forma al cuero.

9.- Una vez que la cabeza esté seca, se tiñe del color que más guste.

10.- Coserla al resto del cuerpo.

El equipo de energúmenos grita, patalea y me exige que comience la tortura. La víctima comprueba que sus músculos no sirven de nada cuando la masa pide su cabeza. En ese momento de éxtasis, me retiro a la colchoneta y medito sobre lo sucedido. Anoto lo que estoy anotando y en cuanto escribo «anoto lo que estoy anotando» guardo la libreta en la mochila. Fue entonces cuando me dejé llevar y me convertí en uno más de ellos. Lanzaba gotas y gotitas de saliva como ellos. Sudaba como ellos. Levantaba pesas en señal de triunfo como ellos. Repetía las consignas como ellos. Me miraba en el espejo como ellos. Y en ese mar de comparaciones, me di cuenta de que no teníamos cuchillo para rebanarle el pescuezo. Tendríamos que esperar hasta la Edad del Hierro para poder sucumbir en un único grito de victoria alienada. Los cánticos dejaron de amenazar y la calma volvió a reinar entre las máquinas.

11.- ¡Exponed el trofeo!

12.- ¡Gritad!

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Kit de supervivencia para blogueros fecundos

Hulton Archive

Hulton Archive

No quiero ni siquiera saber si antes de mí hubo otro hombre, dijo en una ocasión René Descartes. Dudo que fuera el primer hombre en nacer, aunque es seguro que nadie como él nació antes porque, por mucho que nos pese, Descartes sólo hubo uno.

Esa frase fue adoptada por los dadaístas para colocarla en una de sus primeras publicaciones. Nadie hubiera definido mejor el movimiento Dadá que Descartes (esta afirmación hace añicos y pisotea los principios del dadaísmo), más que nada porque es inherente al movimiento la ausencia de definición. Pero bueno, demos por válida la de Descartes ya que transmite la idea que tenía Hugo Ball y Tristan Tzara cuando empezaron a reírse en la planta de arriba de un teatro de lo que en la planta baja se representaba (búsquese Cabaret Voltaire para salir de dudas, si es que se tienen).

Lo bueno y malo que tiene el dadaísmo es que no se acoge a reglas, de tal manera que la ausencia de lógica predomina en todas las obras. Esto es positivo porque cualquiera puede ser dadaísta y crear obras sublimes, tal y como recomendaba Tzara en Siete manifiestos dadá:

Coja un periódico

Coja unas tijeras

Escoja en el periódico un artículo de la longitud que cuenta darle a su poema

Recorte el artículo

Recorte en seguida con cuidado cada una de las palabras que forman el artículo y métalas en una bolsa

Agítela suavemente

Ahora saque cada recorte uno tras otro

Copie concienzudamente

en el orden en que hayan salido de la bolsa

El poema se parecerá a usted

Y es usted un escritor infinitamente original y de una sensibilidad hechizante, aunque incomprendido del vulgo.

Y es negativo porque cualquiera puede ser dadaísta y crear obras sublimes, tal y como recomendaba Tzara en Siete manifiestos dadá.

El legado dadaísta, más que el propio movimiento Dadá, fue lo que vino después: distintas corrientes artísticas inspiradas en él. Pero eso es otra historia y no será contada en otro momento.

La fuente, Marcel Duchamp.

La fuente, Marcel Duchamp.

Hace unos días, mientras escribía un artículo para Highway Magazine (una web cultural de la que pronto hablaremos por aquí), di con una página que mandaría a la letrina de Marcel Duchamp el bloqueo de los blogueros que se se exigen a sí mismos escribir casi todos los días. La solución pasa, como no podía ser de otra manera después de lo escrito, por inmiscuirse en los terrenos del dadaísmo.

Language is a Virus. Así se titula la web en la que se pueden encontrar juegos de manipulación de texto, ejercicios de escritura, artículos, vídeos, generadores de haikus, de sonetos de Shakespeare, de poesías… las opciones son infinitas, por lo que las entradas basadas en ellos también.

Por ejemplo, en la opción visual poetry, es posible generar textos con distinta forma, dependiendo de la velocidad con la que muevas el ratón, y con colores según gustos, como se puede ver a continuación:

Ejemplo "visual poetry".

Ejemplo “visual poetry”.

Para los aficionados a los haikus, en la web hay una sección dedicada a ellos, en la cual es posible crearlos con diferentes ejercicios. Si alguno está interesado, que se olvide del sentido que pueda tener el producto final.  La gracia es que carezca de él.

Recomiendo visitar la página web y realizar algunos ejercicios o juegos para conocer algo más sobre el dadaísmo.  Además, en momentos de bloqueo,  es un buen lugar para inspirarse.

Porno literario

Entrada publicada en mi anterior blog el 31 de agosto de 2012.

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Añoro esos tiempos en los que nos sentábamos a la mesa mientras alguien leía la nueva entrega de “David Copperfield”. ¡Calla!, que no oigo la tele.

Millones de personas a la misma hora se sientan delante de un aparato que proyecta imágenes sobre la retina del espectador. Familias enteras – que no se han visto en todo el día – mantienen un inquietante silencio mientras escuchan con atención a un desconocido hablar desde ese aparato. Cuando la cena ha sido engullida, los viejos se sientan en un sillón y siguen mirando la caja mientras los más jóvenes se esconden en sus madrigueras y encienden diversos aparatos encargados de ponerles en contacto con gente que también posee esos aparatos. El mundo está conectado a la vez que desconectado. Ellos son felices, se emocionan cuando su interlocutor les envía un emoticono. Los sentimientos han sido empaquetados. Les gusta.

Al día siguiente, la familia sale de casa. Los mayores marchan en coche escuchando la radio en silencio, porque son educados y saben que mientras uno habla el resto calla. Los jóvenes viajan en metro enganchados a un aparato que, a las 7 a.m, les sigue manteniendo en contacto con personas que van a ver en pocos minutos. Les miro. Levanto la mirada por encima de mi libro (no electrónico, porque soy gilipollas y sigo pensando que existe un vínculo entre el papel y el lector) y escupo al primero que tengo delante. Con ligereza, el ser escupido se limpia la saliva que ha ido a parar a sus labios. Después me pide mi número de móvil. Se lo doy. Al cabo de unos segundos recibo un sms del ser escupido que dice: “ijo d la grn puta”. Como no tengo saldo y, por tanto, no puedo emprender una batalla virtual, le lanzo mi ejemplar de “Guerra y Paz” a la cara. El ser escupido se asusta. Tira de la palanca de emergencia. Las puertas se abren. Él huye y yo me río.

Cuando llego a mi lugar de destino, un compañero me dice que he sido TT en Twitter con el hashtag #hijodePutadelmetro. Al parecer, algún cibernauta ha grabado la escena del metro y la ha subido al youtube. Estoy siendo sometido a un juicio virtual.

El gobierno, presionado por la repercusión mediática que está teniendo mi arrebato subterráneo, ha decidido censurar el libro “Guerra y Paz” por incitar a la violencia. Todas las librerías de la ciudad lo están quemando. La población, asustada, busca en sus estanterías un maldito ejemplar de “Guerra y Paz” para tirarlo a la basura.

Por la tarde soy detenido, llevado a comisaría, encerrado en un calabozo y dejado en libertad sin cargos al cabo de dos días. Salgo de la comisaría. Camino. Llego a una librería y pido un ejemplar de “Guerra y Paz”. El empleado me informa que ese libro ha sido censurado por orden del gobierno. Le pido cualquier otro libro. Me dice que no hay libros, que han quemado todos. Le digo que estoy en una librería, que tiene que tener algo, aunque sea la mierda laminada de Dan Brown. No, no hay libros, me dice. ¿Qué tiene?, pregunto. Me contesta que porno literario. ¿Qué es eso?, pregunto sin ocultar mi ignorancia. El empleado saca una caja parecida a un televisor y me invita a meter la cabeza en ese cubículo. Cuando la tengo dentro, el empleado pulsa un botón. “On”. Imágenes estridentes me golpean la cabeza durante unos minutos. Cuando no puedo más, saco la cabeza y le digo que ha sido espectacular. ¿Te ha gustado?, me pregunta. Ya lo creo, le digo, he  disfrutado de todas las sensaciones que me transmite una novela en un par de minutos. Compro ese trasto y me lo llevo bajo el brazo. Cuando llego a casa lo tiro por la ventana. Acto seguido cojo un libro de mi estantería. Se llama “Fahrenheit 451”. Dicen que es ciencia ficción.