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Fragmentos

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DFW, JF, PR, OP, ES, AN, DJ y EA

No me extraña que David Foster Wallace (DFW) sintiera que se aproximaba aún más hacia las fauces de la depresión después de leer a Jonathan Franzen (JF). DFW es una pieza de coleccionista, un escritor que puede hacer del momento cotidiano una construcción exuberante gracias a una mirada que desmenuza la sociedad moderna en fragmentos absurdos y delirantes. La broma infinita, de la que intenté en su día hablar y me quedé en eso, en un intento, trata con dureza los dos pilares del mundo moderno: la competitividad y el entretenimiento. Es un despilfarro de palabras, una cosa – en palabras de DFW – que traspasa los límites de lo permitido y pone al lector en una difícil tesitura: ¿Me está tomando el pelo o estoy ante un hito? En el intento comenté que la broma la estaba gastando DFW al lector, y lo mantengo, pero a la vez te hace sentir que al pasar una página tras otra estás alcanzando una cima con todas las preguntas que ello conlleva: ¿Merece la pena el esfuerzo? ¿Por qué subir hasta aquí cuando podría estar tumbado en casa? ¿Y ahora, qué? En una ocasión escuché decir a un escritor del que no recuerdo su nombre que no perdería tres o más meses de su vida leyendo La broma infinita. Pues eso.

Durante el mes de mayo y junio estuve leyendo Las correcciones, de JF. Después de leer las primeras 20 páginas pensé: «¡Vaya!, es el escritor perfecto, una mezcla de Philip Roth (PR) y DFW». Es decir, la perfección. Literariamente hablando, PR lo es todo para mí. Es difícil que pueda destronarle de su lugar privilegiado porque su forma de ver la vida ha sido (y es) igual que la mía. Al leerle siento que mis pensamientos e inquietudes se moldean y transforman en palabras, y estas palabras en historias que tienen algo que ver conmigo. No obstante, JF le mantuvo sobre las cuerdas durante varios cientos de páginas porque, como he dicho, aúna en una sola mano la mirada de DFW y la capacidad narrativa de PR. Pero al final ganó el sencillo poder narrativo de PR frente al arsenal de JF.

DFW no era bueno creando personajes. Su fuerte era la descomposición y el análisis del momento, pero era incapaz de profundizar en los seres humanos. Por el contrario, JF, al menos en Las correcciones, dedica más tiempo del necesario en describir a los cinco personajes que se enfrentarán en la última parte de la novela. Leyendo a DFW uno tiene la sensación de que tenía prisa por acabar aquel infierno, mientras que el estilo de JF es tan sereno que el lector puede imaginarlo escribiendo a mano, leyendo en voz alta cada párrafo y haciendo las modificaciones necesarias para que su texto quede redondo. Algo así sucede cuando lees a Orhan Pamuk (OR). Es lento y minucioso, un buen alumno que no tiene prisa por acabar la tarea. PR destronó a OR del trono de predilección en un momento en el que OR comenzó a cansarme. Sin embargo, volvió el enero pasado para rescatarme con su última novela, Una sensación extraña. De ella dije que había sido la novela con la mejor estructura que había leído en años. Lo pensé demasiado rápido, y lo dije aún más rápido que el tiempo que me llevó pensarlo, pero en un contexto sensacionalista con el objetivo de que la persona que me estaba escuchando dejara de tentar al suicidio leyendo Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato (ES), para pasarse al mundo de OP, y nunca mejor dicho.

ES me hundió en una cama de un hotel de Amsterdan durante 14 largas noches. Me enganchó como una droga a su forma de mirar y de narrar y a la perfección de sus escritos, y continuó jodiéndome durante una semana en la que trabajaba escuchando como un enfermo todas las entrevistas que pude encontrar. Por suerte el número de entrevistas de ES en youtube es finito y pude recuperarme leyendo a OP – entiendo que esta frase puede ser una contradicción en sí misma –. Una sensación extraña no consiguió evadirme de la vida real tanto como en su día hizo El museo de la inocencia, pero disfruté descubriendo la historia de Estambul de la mano de Mevlut: los cambios políticos, arquitectónicos, culinarios y relacionales.

Si hay algo que me gusta de PR es su capacidad para adaptarse a todo tipo de formatos. Engaño es un diálogo, Patrimonio una carta al padre, La conjura contra América un retrato, Sale el espectro una declaración de miedos y angustias, El mal de portnoy un corte de mangas, etcétera. Novelas de distintas dimensiones. Algunas largas, otras cortas, y las menos podrían pasar por relatos. Es algo que se agradece cuando uno pretende acercarse a un autor. Yo empecé con El pecho. En un viaje de ida y otro de vuelta a la universidad lo empecé y lo acabé. Sin embargo, alguien que quiera conocer la obra de ficción de JF o DFW no le queda otra más que arremangarse, meterse el cuchillo en la boca y soportar el embiste.

Por junio leí Cosmética del enemigo, de Amélie Nothomb (AN), de la misma forma que El pecho, en un transporte público. Me dejó conmocionado, aunque la historia del desdoblamiento de personalidad esté demasiado trillada. Escueto, directo y sin escrúpulos; no apto para pusilánimes, como decía aquella crítica que me convenció para que Árbol de humo, de Denis Johnson (DJ), acabara acompañándome a un largo viaje.

AN volverá, no sé en qué momento, pero volverá, al igual que DJ y JF, como siempre hace DFW, PR o OP. No pienso lo mismo de ES, cuyo Abaddón el exterminador me grita desde la estantería. De momento estoy con El solitario de desierto, de Edward Abbey (EA), un filósofo y naturalista estadounidense que dejó plasmados sus reflexiones y recuerdos durante un año como guardabosques en el Parque Nacional de los Arcos, Utah. Los capítulos están dedicados a temas tan variopintos como son las rocas, el agua, las serpientes o el turismo industrial y motorizado. EA fue un firme defensor de la conservación de los parques nacionales y un enamorado del oeste de EEUU. Incapaz de adaptarse al frenético ritmo de las ciudades y al formato de vida que imponen, dejó fragmentos que merecen ser subrayados, marcados y recordados.

¡Dios mío! Estoy pensando en qué mierda increíble convertimos la mayor parte de nuestras vidas, la rutina doméstica (la misma vieja esposa cada noche), los estúpidos e inútiles y degradantes trabajos, la arrogancia insufrible de los funcionarios electos, el engaño astuto y la publicidad babosa de los hombres de negocios, las guerras tediosas en que matamos a nuestros camaradas en vez de a nuestros enemigos reales de vuelta a casa en la capital, las sucias enfermas y horribles ciudades y poblaciones en que vivimos, la constante y banal tiranía de lavadoras automáticas y automóviles y aparatos de televisión y teléfonos… ¡Ah, Cristo! Estoy pensando al mismo tiempo que estoy diciendo adiós a aquel idiota gritón de la orilla, en qué basura insoportable y en qué estupidez inútil del todo nos enterramos día tras día, mientras soportamos pacientemente la estrangulación progresiva del limpio cuello blanco y el rico pero modesto garrote del nudo de la corbata.

Calidad y entretenimiento

Entre historias que se enlazan o profundizan en la trama principal, podemos leer en el Quijote alguna que otra opinión de Cervantes puesta en boca de sus personajes. Hay una que me recuerda a la entrada Escribes mierda porque tienes prisa al tratarse de una crítica a la calidad de las comedias publicadas. Es una opinión que bien podría trasladarse a nuestros días y no perdería sentido alguno. ¿Calidad y entretenimiento pueden marchar juntas?


De haber oído la comedia artística y bien ordenada el oyente saldría alegre con las burlas, instruido con las veras, admirado de los sucesos, comedido con las razones, advertido con los embustes, sagaz con los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la virtud: que todos estos afectos ha de despertar la buena comedia en el ánimo del que la escucha, por rústico y torpe que sea, y la comedia que tenga todas estas cualidades es imposible de toda imposibilidad que deje de alegrar y entretener, satisfacer y contentar mucho más que aquella que carece de ellas, como carecen la mayoría de estas que de ordinario se representan ahora. Y no tiene la culpa de esto los poetas que las escriben, porque algunos de ellos conocen muy bien en lo que yerran y saben perfectamente lo que deben hacer; pero, como las comedias se han hecho mercadería vendible, dicen, y dicen verdad, que los empresarios no se las comprarían si no fuesen de ese jaez; y así, el poeta procura acomodarse a lo que le pide el empresario que le ha de pagar su obra. Y que esto es verdad, véase por muchas e infinitas comedias que ha escrito un felicísimo ingenio de estos reinos con tanta gala, con tanto donaire, con tan elegante verso, con tan buenos conceptos, con tan graves sentencias, y, en fin, tan llenas de elegancia y elevación de estilo, que tiene lleno el mundo con su fama; y por querer acomodarse el gusto de los empresarios, no han llegado todas, como han llegado algunas, al punto de perfección que requiere. Otros las escriben tan sin mirar lo que hacen que, después de representadas, los actores tienen necesidad de huirse y ausentarse, temerosos de ser castigados, como lo han sido muchas veces, por haber representado en perjuicio de algunos reyes y en deshonra de algunos linajes. Y todos estos inconvenientes que se haría, y aún otros muchos más que no digo, con que hubiese en la corte una persona inteligente y discreta que examinase todas las comedias antes de que se representasen (no sólo aquellas que se hiciesen en la corte, sino todas aquellas que se quisiesen representar en España), sin cuya aprobación, sello y firma ninguna autoridad dejase representar en su pueblo comedia alguna, y de esta manera los comediantes pondrían buen cuidado en enviar las comedias a la corte, y podrían representarlas con garantías, y aquellos que las escriben mirarían con más cuidado y estudio lo que hacen, temerosos de tener que pasar sus obras por el riguroso examen de quien se ocupe de ello; y de esta manera se harían buenas comedias y se conseguiría felicísimamente lo que se pretende con ellas: tanto el entretenimiento del pueblo como el respeto de los ingenios de España, el interés y seguridad de los actores, y el ahorro de la preocupación de castigarlos.

Don Quijote de la Mancha

Miguel de Cervantes

Un mar imperturbable

El siguiente fragmento pertenece a la obra de Karl Popper, La lógica de la investigación científica, texto en el que establece un criterio de demarcación para distinguir lo que es ciencia de lo que no.

Las teorías son redes que lanzamos para apresar aquello que llamamos el mundo: para racionalizarlo, explicarlo y dominarlo. Y tratamos de que la malla sea cada vez más fina.

Se trata de una frase breve pero contundente. Redes, racionalizar, dominar, malla. Me ha recordado al ensayo de Ortega y Gasset, Meditación de la técnica, donde propone que a través de la técnica podemos descubrir al ser humano.

Los seres humanos no sólo empleamos la técnica para adaptarnos al medio, sino que hemos desarrollado una técnica para modificar nuestro entorno, a veces con consecuencias catastróficas, tal y como llevamos observando en los últimos tiempos.

Estas dos referencias chocan contra la que es sin duda mi cita predilecta. La leí hace algunos años y la llevo escrita en varios cuadernos desde entonces. Toca tres palos: la investigación científica, el ser humano y el mundo en el que nos encontramos.

No existen puntos privilegiados en el espacio; una parte del espacio es exactamente igual a cualquier otra, de manera que no podemos decir dónde estamos. Nos encontramos en, como si dijésemos, un mar imperturbable, sin estrellas, brújulas, sonidos, vientos o mareas, y no podemos decir en qué dirección nos movemos.

No es una frase técnica ni filosófica, es estrictamente romántica. Podría haber sido escrita por Robinson Crusoe, a través de la pluma de Defoe, si en vez de resguardarse bajo los designios de un dios hubiera mirado hacia el horizonte. Sin embargo, fue James Clerk Maxwell el que la escribió en Materia y movimiento, un texto más que recomendable y de los pocos traducidos al castellano. Lo leí hace años, cuando empecé a escuchar el nombre de Maxwell más que el de Einstein. Hoy me mira desde una estantería recordándome lo poco que recuerdo de él, salvo una frase que cada día potencia su sentido.

Leyendo La broma infinita…

…me he dado cuenta de que no es tan complicada como en un principio parece o nos han dado a entender. Lo que sucede es que estamos perdiendo la costumbre de introducirnos en una novela durante semanas, incluso meses si no se dispone del tiempo suficiente, para conocer sus entrañas. Hoy me he detenido en este fragmento y lo he leído hasta casi memorizarlo. Contiene todo.


Los jóvenes de hoy…vosotros, chicos, de algún modo no sabéis sentir, mucho menos amar, por no hablar del respeto. Para vosotros no somos más que cuerpos. Nada más que cuerpos y hombros y rodillas con cicatrices y grandes panzas y billeteras vacías y petacas. No estoy diciendo nada tópico como que no nos prestáis ninguna atención, sino que no podéis… ni imaginar todo significado. Estamos tan presentes que ya hemos perdido todo significado. Somos medioambientales. Los muebles del mundo. Jim, yo me podía imaginar la ausencia de ese hombre, pero te digo que tú no puedes imaginarte la mía. Es culpa mía, Jim, en casa tanto tiempo, cojeando de un sitio para otro, con las rodillas arruinadas, con sobrepeso, borracho, eructando, obeso, empapado en sudor en ese horno de caravana, tirándome pedos, frustrado, un desgraciado, tirando las lámparas al suelo, midiendo mal las distancias. Temeroso de probar lo que me queda de talento. El talento es su propia expectativa: o estás a su altura o retrocede para siempre agitando un pañuelo de despedida. Úsalo o piérdelo, es lo que sucede. Mucho… me temo que tendré una lápida que dirá AQUÍ YACE UNA VIEJA Y ETERNA PROMESA. Es… preferible no haber tenido ningún talento potencial. Ningún talento al que aferrarse en primer lugar; tirado por ahí bebiendo porque no tengo huevos para…Dios santo, lo lamento tanto, Jim. No te mereces verme de esta manera.  Tengo tanto miedo, Jim. Me aterra morirme sin que jamás me hayas visto. ¿Lo puedes entender?

La broma infinita. David Foster Wallace.

¿Hace el dolor a un escritor?

En unos días hablaremos de la opinión que tenía Charles Bukowski con respecto a la idea que sostenían Walt Whitman y William Faulkner acerca de la relación entre audiencia y  poesía (leer La crítica según William Faulkner). Su posición viene recogida en los ensayos inéditos (1944-1990) que Anagrama publicó con el título Fragmentos de un cuaderno manchado de vino. Aunque Bukowski ya no suele aparecer en mis lecturas (léase Tolstoi y Bukowski en la batidora), estos escritos llamaron mi atención hace un tiempo porque mostraban un perfil distinto al que estamos acostumbrados.

Una invitación a su lectura:

¿Hace el dolor a un escritor?

El dolor no hace nada, ni tampoco la pobreza. El artista primero. Lo que ocurra con él depende de su suerte. Si tiene buena suerte (en el sentido material) llega a ser un mal artista. Si tiene mala suerte, llega a serlo bueno.

Corriendo junto a Whitman

Quien haya llegado a las zonas altas de la Pedriza – sobre todo cerca del Yelmo – sabrá que las despedidas son comunes. No es de extrañar ver a un grupo de montañeros comer con la espalda apoyada en una pared salpicada de nombres y dos fechas, la de nacimiento y muerte. Parece que la despedida en la montaña es escueta, como ella, difícil y sencilla; no admite grandes artificios porque el lugar lo dice todo.

Hoy bajaba entre rocas tan rápido como la verticalidad me permitía. Avanzaba pensando en lo lejos que me encontraba del humo, de las celebraciones futbolísticas y del frenético movimiento de la ciudad. Al otro lado del río, presidiendo el Circo de la Pedriza, se levantaba el Yelmo. Corría casi a su altura, rodeado de rocas que llevan en la misma posición millones de años, cuando una placa metálica pegada a una de ellas llamó mi atención. Me detuve en seco y leí lo siguiente:

AGUSTÍN

1917 – 1980

Recuerda mis palabras, tal vez yo vuelva,

Te amo, abandono lo material,

Soy como algo incorpóreo, triunfante, muerto.

Si no me encuentras al principio

No te descorazones

Si no estoy en un lugar

Me hallarás en otro,

En alguna parte te espero.

(Walt Whitman)

Lo primero que me vino a la mente fueron las despedidas del Yelmo y la diferencia de ésta con respecto a las otras. No era escueta. No se limitaba a un nombre y dos fechas. La razón no podía ser otra más que Agustín amaba la Pedriza pero no murió allí.

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Hice una fotografía a la placa y continué corriendo mientras daba vueltas a ese tal Agustín que tuvo la mala suerte de morir con 63 años. Debió ser un tipo agradable, montañero, lector y sencillo. Seguro que nunca imaginó que 34 años después de muerto alguien le dedicaría unas líneas en una plataforma virtual que todavía no se había inventado. Pero así es.

Si no estoy en un lugar

Me hallarás en otro,

En alguna parte te espero

Estos son los versos con los que me quedo, los que resumen la vida en la montaña. Por muy escondido que uno se encuentre, siempre habrá un lugar en el que se esté. Nunca estamos perdidos.

La crítica según William Faulkner

Es un secreto a voces: Capitán Swing es la editorial con mejor gusto del momento. No solo por la estética de los ejemplares sino también por su calidad y variedad. Podemos encontrar desde el aclamado y controvertido ensayo Chavs: La demonización de la clase obrera de Owen Jones, hasta El Anticristo de Joseph Roth. Son libros de peso, con buen papel y cubiertas diseñadas para que se haga imposible evitar interesarse por ellos. Historias desde la cadena de montaje, La mujer que disparó a Mussolini, Prodigiosos mirmidones. Antología y apología del dandismo, El hombre Ventilador, Vida de un esclavo americano escrita por el mismo… son algunos aperitivos de un pequeño etcétera que puede ser consultado en su catálogo.

ensayos-discursos-faulknerUna de esas reliquias, Ensayos & Discursos, de William Faulkner, me espera siempre como libro de cabecera para una lectura rápida en horas de insomnio. Se trata de la obra no narrativa de Faulkner, imprescindible para entender sus motivaciones, reflexiones, admiraciones y temores. Por estos lares posteé su discurso con motivo de la recepción del Premio Nobel de Literatura (incluido, como no podía ser de otra manera, en la edición de Capitán Swing) y seguro estoy de que aparecerá en otras ocasiones porque cada escrito suyo guarda una lección que por lo menos debe ser escuchada.

Un ensayo imperecedero es Sobre la crítica. Comienza de forma apabullante, golpeando a Walt Whitman de forma sutil:

Walt Whitman dijo, entre pretenciosas e hipertrofiadas banalidades, que para tener grandes poetas también debe haber grandes audiencias. Si Walt Whitman se dio cuenta de esto debe de resultar universalmente obvio en estos días de radios que nos informan y de las llamadas revistas de alto copete que corrigen nuestra información; por no hablar del toque personal de los programas de lectura.

Esto tira por tierra el falso romanticismo del aspirante a poeta que, en un arrebato kafkiano, desea que su obra, en vez de ser leída, acabe encerrada en un cajón o quemada en la hoguera.

¿Qué han hecho los periódicos y los programas para hacer de nosotros grandes audiencias o grandes escritores?, ¿han cogido estas sibilas al neófito delicadamente de la mano instruyéndole en los fundamentos del gusto? […] No hay tradición, no hay espíritu de equipo: todo lo que se necesita para ser admitido en las filas de la crítica es una máquina de escribir.

En nuestros tiempos, en vez de máquina de escribir, lo único que se necesita para pertenecer al decadente ejército de la crítica es tener un blog y reseñar como si no hubiera un mañana o una segunda lectura.

Continuando con el ensayo, Faulkner apunta a los críticos americanos con un toque de humor que no pasa desapercibido:

El crítico americano, como el prestidigitador, intenta averiguar exactamente cuánto debe dejar ver al espectador y todavía salirse con la suya – la superioridad de la mano sobre el ojo –. Confunde la pieza a examinar con un instrumento con el que realizar difíciles arpegios de la inteligencia. Esto parece tan pretencioso, tan inútil, como el corneta que lleva a cabo acrobacias acústicas mientras espera a que se junte la banda. Con esta diferencia: el corneta después de un rato se cansa y lo deja. Aquí se da la asombrosa posibilidad de que el crítico disfrute de su propia música. ¿Es así, disfrutan leyéndose unos a otros? Uno puede imaginar igual de fácil barberos afeitándose unos a otros por diversión.

El crítico americano […] se ha convertido en una reencarnación del charlatán de feria de memoria privilegiada, manteniendo embelesada a la rústica parroquia, no por lo que dice, sino por cómo lo dice.

¿Quién no puede encontrar un caso parecido en el panorama español? De inmediato me vienen a la mente dos críticos – de diferentes disciplinas – que triunfan menos por lo que dicen que por cómo lo dicen. Y esto, aunque haga crecer su audiencia, no les convierte en referentes, o al menos no debería.

En este mar de críticas a los críticos, Faulkner recurre a la cordura para que escritores y lectores salgan beneficiados.

Cordura, ésa es la palabra. Vive y deja vivir; critica con gusto en virtud de un criterio, y no riñas. La reseña inglesa critica al libro, la americana al autor. El crítico americano le endosa al público lector un distorsionado bufón en el seno de cuya sombra acechan imprecisamente los títulos de varios volúmenes íntegros. Sin duda, si hay dos profesiones en las que no deberían existir envidias profesionales son la prostitución y la literatura.

Me quedo con esta última frase: Si hay dos profesiones en las que no deberían existir envidias profesionales son la prostitución y la literatura. Arrimar el hombro, leer bien y criticar con gusto en virtud de un criterio.

El texto completo se puede encontrar en la mencionada colección, Ensayos & Discursos, o en el blog Diario de lectura de un desmemoriado.

La agonía y el sudor

American author William Faulkner (1897 - 1962) works on a screenplay at his typewriter on a balcony, Hollywood, California, early 1940's. He is shirtless and wears shorts, heavy wool socks, shoes and sunglasses. (Photo by Alfred Eriss/Pix Inc./Time Life Pictures/Getty Images)

American author William Faulkner (1897 – 1962) works on a screenplay at his typewriter on a balcony, Hollywood, California, early 1940’s. He is shirtless and wears shorts, heavy wool socks, shoes and sunglasses. (Photo by Alfred Eriss/Pix Inc./Time Life Pictures/Getty Images)

Si tuviera que escoger dos palabras para definir a William Faulkner, no tendría espacio para otras que no fueran agonía y sudor. Sudor durante el proceso creativo y agonía la del espíritu humano.

Justo ayer cayó en mis manos un escrito de Mario Vargas Llosa en el que suponía que una novela completa era un cubo. «Completa: es decir, toda la historia sin omitir un solo detalle, gesto o movimiento de los personajes, objeto o espacio que ayude a entenderlos y situación, pensamiento, conjetura y coordenada cultural, moral, política, geográfica y social sin los cuales  algo quedaría cojo e insuficiente para la comprensión de la historia». Bien apuntaba que ni la más realista de las novelas es una novela completa, pues el autor siempre deja una parte de la historia sin relatar – he ahí la belleza de la literatura que encuentra en cada lector un nuevo punto de vista –. Concluía entonces que «el objeto que se desprende del cubo en cada novela de Faulkner es acaso la escultura más barroca y astuta que haya producido el universo de formas narrativas».

Recién finaliza El ruido y la furia y dispuesto a inmiscuirme – si las fuerzas tras la paliza me lo permiten – en su Santuario, releo el discurso con motivo de la recepción del Premio Nobel de Literatura que William Faulkner entonó para los del auditorio y los que no estaban allí, sino escribiendo con sudor y agonía el camino que les llevaría hasta donde él se encontraba. Se trata de un texto que he leído hasta la saciedad, de forma enfermiza porque es capaz de condensar en 567 palabras las razones de la escritura, la agonía de la vida y el sufrimiento de ésta y del proceso creativo. Una pieza única para amantes de la literatura y de la vida (si es que son separables), que merece ser leída con atención antes de regresar a los pasajes oscuros de los que sacar las conclusiones que su cubo (im)perfecto nos ofrece.

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Discurso con motivo de la recepción del Premio Nobel de Literatura. Estocolmo, 10 de diciembre de 1950. William Faulkner.

Siento que este premio no me ha sido concedido a mí como hombre, sino a mi trabajo – el trabajo de una vida en la agonía y el sudor del espíritu humano, no por la gloria ni mucho menos por el beneficio, sino para crear a partir de los materiales del espíritu humano algo que no existía antes –. Así que este premio es mío solo en fideicomiso. No resultará difícil encontrar un destino para el dinero que resulte parcialmente acorde con el propósito y la relevancia de su origen. Pero también me gustaría hacer lo mismo con el aplauso, usando este momento como un pináculo desde el cual pueda ser escuchado por los hombres y mujeres jóvenes que ya se dedican a la misma angustia y penalidad, entre los que ya está aquel que un día estará aquí donde estoy yo.

Hoy en día nuestra tragedia consiste en un miedo físico general y universal sostenido desde hace tanto tiempo que incluso podemos soportarlo. Ya no hay problemas del espíritu. Solo está la pregunta: ¿cuándo seré barrido? Debido a ello, el joven o la joven que hoy se dedica a escribir ha olvidado los problemas del corazón humano en conflicto consigo mismo que es lo único que puede generar buena escritura porque es de lo único que merece la pena escribir, que merece la agonía y el sudor.

Debe aprenderlo de nuevo. Debe enseñarse a sí mismo que lo más bajo de todo es estar asustado; y, enseñándose eso, olvidarlo para siempre, sin dejar sitio en su taller para nada salvo las viejas certezas y verdades del corazón, las viejas verdades universales sin las cuales cualquier historia es efímera y está condenada – amor y honor y piedad y orgullo y compasión y sacrificio –. Hasta que hace eso, trabaja bajo una maldición. No escribe acerca del amor sino acerca de la lujuria, acerca de derrotas en las cuales nadie pierde nada de valor, acerca de victorias sin esperanza y, lo peor de todo, sin piedad ni compasión. Sus aflicciones no afligen hasta lo más hondo de un modo universal, no dejan cicatrices. No escribe acerca del corazón sino acerca de las glándulas.

Hasta que no aprenda otra vez estas cosas, escribirá como si estuviese entre ellos y contemplase el fin del hombre. Resulta bastante fácil decir que el hombre es inmortal simplemente porque resistirá: que cuando la última campanada de muerte haya repicado y se haya extinguido de la última insignificante roca que cuelga sin conocer la marea en el último atardecer rojo y agonizante, que incluso entonces todavía habrá un sonido más: ese de su endeble voz inexhausta, todavía hablando. Me niego a aceptar esto. Creo que el hombre no solo resistirá: prevalecerá. Él es inmortal, no solo porque entre todas las criaturas él tenga una voz inexhausta, sino porque tiene alma, un espíritu capaz de compasión y sacrificio y resistencia. El deber del poeta, del escritor, consiste en escribir acerca de estas cosas. Es un privilegio suyo el ayudar a resistir al hombre elevando su corazón, recordándole el coraje y el honor y la esperanza y el orgullo y la compasión y la piedad y el sacrificio que han sido la gloria de su pasado. La voz del poeta no solo tiene que ser el registro del hombre, puede ser uno de los puntales, de los pilares que le ayuden a resistir y prevalecer.