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DFW, JF, PR, OP, ES, AN, DJ y EA

No me extraña que David Foster Wallace (DFW) sintiera que se aproximaba aún más hacia las fauces de la depresión después de leer a Jonathan Franzen (JF). DFW es una pieza de coleccionista, un escritor que puede hacer del momento cotidiano una construcción exuberante gracias a una mirada que desmenuza la sociedad moderna en fragmentos absurdos y delirantes. La broma infinita, de la que intenté en su día hablar y me quedé en eso, en un intento, trata con dureza los dos pilares del mundo moderno: la competitividad y el entretenimiento. Es un despilfarro de palabras, una cosa – en palabras de DFW – que traspasa los límites de lo permitido y pone al lector en una difícil tesitura: ¿Me está tomando el pelo o estoy ante un hito? En el intento comenté que la broma la estaba gastando DFW al lector, y lo mantengo, pero a la vez te hace sentir que al pasar una página tras otra estás alcanzando una cima con todas las preguntas que ello conlleva: ¿Merece la pena el esfuerzo? ¿Por qué subir hasta aquí cuando podría estar tumbado en casa? ¿Y ahora, qué? En una ocasión escuché decir a un escritor del que no recuerdo su nombre que no perdería tres o más meses de su vida leyendo La broma infinita. Pues eso.

Durante el mes de mayo y junio estuve leyendo Las correcciones, de JF. Después de leer las primeras 20 páginas pensé: «¡Vaya!, es el escritor perfecto, una mezcla de Philip Roth (PR) y DFW». Es decir, la perfección. Literariamente hablando, PR lo es todo para mí. Es difícil que pueda destronarle de su lugar privilegiado porque su forma de ver la vida ha sido (y es) igual que la mía. Al leerle siento que mis pensamientos e inquietudes se moldean y transforman en palabras, y estas palabras en historias que tienen algo que ver conmigo. No obstante, JF le mantuvo sobre las cuerdas durante varios cientos de páginas porque, como he dicho, aúna en una sola mano la mirada de DFW y la capacidad narrativa de PR. Pero al final ganó el sencillo poder narrativo de PR frente al arsenal de JF.

DFW no era bueno creando personajes. Su fuerte era la descomposición y el análisis del momento, pero era incapaz de profundizar en los seres humanos. Por el contrario, JF, al menos en Las correcciones, dedica más tiempo del necesario en describir a los cinco personajes que se enfrentarán en la última parte de la novela. Leyendo a DFW uno tiene la sensación de que tenía prisa por acabar aquel infierno, mientras que el estilo de JF es tan sereno que el lector puede imaginarlo escribiendo a mano, leyendo en voz alta cada párrafo y haciendo las modificaciones necesarias para que su texto quede redondo. Algo así sucede cuando lees a Orhan Pamuk (OR). Es lento y minucioso, un buen alumno que no tiene prisa por acabar la tarea. PR destronó a OR del trono de predilección en un momento en el que OR comenzó a cansarme. Sin embargo, volvió el enero pasado para rescatarme con su última novela, Una sensación extraña. De ella dije que había sido la novela con la mejor estructura que había leído en años. Lo pensé demasiado rápido, y lo dije aún más rápido que el tiempo que me llevó pensarlo, pero en un contexto sensacionalista con el objetivo de que la persona que me estaba escuchando dejara de tentar al suicidio leyendo Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato (ES), para pasarse al mundo de OP, y nunca mejor dicho.

ES me hundió en una cama de un hotel de Amsterdan durante 14 largas noches. Me enganchó como una droga a su forma de mirar y de narrar y a la perfección de sus escritos, y continuó jodiéndome durante una semana en la que trabajaba escuchando como un enfermo todas las entrevistas que pude encontrar. Por suerte el número de entrevistas de ES en youtube es finito y pude recuperarme leyendo a OP – entiendo que esta frase puede ser una contradicción en sí misma –. Una sensación extraña no consiguió evadirme de la vida real tanto como en su día hizo El museo de la inocencia, pero disfruté descubriendo la historia de Estambul de la mano de Mevlut: los cambios políticos, arquitectónicos, culinarios y relacionales.

Si hay algo que me gusta de PR es su capacidad para adaptarse a todo tipo de formatos. Engaño es un diálogo, Patrimonio una carta al padre, La conjura contra América un retrato, Sale el espectro una declaración de miedos y angustias, El mal de portnoy un corte de mangas, etcétera. Novelas de distintas dimensiones. Algunas largas, otras cortas, y las menos podrían pasar por relatos. Es algo que se agradece cuando uno pretende acercarse a un autor. Yo empecé con El pecho. En un viaje de ida y otro de vuelta a la universidad lo empecé y lo acabé. Sin embargo, alguien que quiera conocer la obra de ficción de JF o DFW no le queda otra más que arremangarse, meterse el cuchillo en la boca y soportar el embiste.

Por junio leí Cosmética del enemigo, de Amélie Nothomb (AN), de la misma forma que El pecho, en un transporte público. Me dejó conmocionado, aunque la historia del desdoblamiento de personalidad esté demasiado trillada. Escueto, directo y sin escrúpulos; no apto para pusilánimes, como decía aquella crítica que me convenció para que Árbol de humo, de Denis Johnson (DJ), acabara acompañándome a un largo viaje.

AN volverá, no sé en qué momento, pero volverá, al igual que DJ y JF, como siempre hace DFW, PR o OP. No pienso lo mismo de ES, cuyo Abaddón el exterminador me grita desde la estantería. De momento estoy con El solitario de desierto, de Edward Abbey (EA), un filósofo y naturalista estadounidense que dejó plasmados sus reflexiones y recuerdos durante un año como guardabosques en el Parque Nacional de los Arcos, Utah. Los capítulos están dedicados a temas tan variopintos como son las rocas, el agua, las serpientes o el turismo industrial y motorizado. EA fue un firme defensor de la conservación de los parques nacionales y un enamorado del oeste de EEUU. Incapaz de adaptarse al frenético ritmo de las ciudades y al formato de vida que imponen, dejó fragmentos que merecen ser subrayados, marcados y recordados.

¡Dios mío! Estoy pensando en qué mierda increíble convertimos la mayor parte de nuestras vidas, la rutina doméstica (la misma vieja esposa cada noche), los estúpidos e inútiles y degradantes trabajos, la arrogancia insufrible de los funcionarios electos, el engaño astuto y la publicidad babosa de los hombres de negocios, las guerras tediosas en que matamos a nuestros camaradas en vez de a nuestros enemigos reales de vuelta a casa en la capital, las sucias enfermas y horribles ciudades y poblaciones en que vivimos, la constante y banal tiranía de lavadoras automáticas y automóviles y aparatos de televisión y teléfonos… ¡Ah, Cristo! Estoy pensando al mismo tiempo que estoy diciendo adiós a aquel idiota gritón de la orilla, en qué basura insoportable y en qué estupidez inútil del todo nos enterramos día tras día, mientras soportamos pacientemente la estrangulación progresiva del limpio cuello blanco y el rico pero modesto garrote del nudo de la corbata.

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10 comentarios sobre La broma infinita

No he desaparecido por culpa de La broma infinita, aunque hace unos minutos leí el último pie de página y la última página y verifiqué que la broma no es el cartucho sino el libro en sí. La broma es la obra y el bromista David Foster Wallace. Fueron semanas leyendo artículos sobre la novela, abriendo el apetito con críticas y hablando y hablando de que lo iba a leer para que la fuerza con la que lo empezara fuera lo suficientemente elevada como para que me llevara sin problemas al menos hasta la mitad. Superé el ecuador agarrado a una barra de metro y rodeado de humanos con olor postlaboral. La ficción se mezclaba con la realidad y veía sillas de ruedas en cada parada. La broma viajó conmigo, cambió de lugar y conoció nuevos caminos para el viaje de ida y vuelta. Me conoció con sueño, con las pestañas quemadas de limpiar tantos datos, con la mente cansada de aprender lo que nunca imaginé que aprendería – la materia oscura que a muchos mantiene en movimiento –, con los brazos cansados de cargar cajas y las pupilas ansiosas por ver la luz del sol.

Hace algo más de un año que comencé con este autor y después de sus artículos veía complicado que pudiera abordar las mil ciento y algo páginas de La broma infinita. Es excesivo, barroco, cansino, pedante y gracioso. Pero tiene algo que atrapa a los lectores y aleja a los que encontrarían en él horas de discurso vacío a altas horas de la noche en un pestilente antro con olor a rosas y decoración undergroud (cita pendiente con los Indies, hipsters y gafapastas de Víctor Lenore).

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David Foster Wallace (1962 – 2008)

La broma infinita es una isla desierta por descubrir. El que llega se siente solo en un paraje inhóspito con la única ayuda del lenguaje. No importa que tu conocimiento acerca de las islas sobrepase los límites del entendimiento humano porque la isla a la que vas es única, nueva, una aberración de la naturaleza que derrocha belleza. Todo en ella sobra menos tú, porque su mecanismo sólo entra en acción cuando un lector observa, se detiene y empieza a analizar el entramado que allí se expone: manglares exuberantes, playas desiertas, aguas bravas y tranquilas al mismo tiempo, cielos oscuros por el día y claros por la noche… Si sobrevives a la isla y consigues escapar de ella, te darás cuenta de que si nunca hubieses entrado, ella no hubiera existido. Nunca.

A continuación, 10 comentarios que me hubiera gustado leer antes de comenzar la larga lucha en la isla.

  1. Pega alrededor de 20 post-it en la primera página. Los necesitarás para ir señalando los diferentes argumentos y personajes que aparecerán.
  2. Un folio doblado te servirá para ir desmenuzando la estructura de la novela y representar los vínculos entre los distintos personajes. Una vez claro el escenario (página 300 aproximadamente), el resto es para aficionados.
  3. Por mucho que te digan que es difícil de leer, no lo es. Tan sólo se requiere paciencia, ganas y organización.
  4. También es mentira que el principio es un caos.
  5. El caos es perpetuo.
  6. Si a 200 páginas del final descubres que la broma te la están gastando a ti, ya somos dos.
  7. No te vengas abajo si te ves leyendo por encima las últimas 200 páginas. Pennac tenía razón.
  8. Lee Como una novela antes de empezar La broma infinita.
  9. Evita leer entradas como ésta. Lo mejor es adentrarte en la broma con un cuchillo en la boca.
  10. Cómprate un cuchillo.

Leyendo La broma infinita…

…me he dado cuenta de que no es tan complicada como en un principio parece o nos han dado a entender. Lo que sucede es que estamos perdiendo la costumbre de introducirnos en una novela durante semanas, incluso meses si no se dispone del tiempo suficiente, para conocer sus entrañas. Hoy me he detenido en este fragmento y lo he leído hasta casi memorizarlo. Contiene todo.


Los jóvenes de hoy…vosotros, chicos, de algún modo no sabéis sentir, mucho menos amar, por no hablar del respeto. Para vosotros no somos más que cuerpos. Nada más que cuerpos y hombros y rodillas con cicatrices y grandes panzas y billeteras vacías y petacas. No estoy diciendo nada tópico como que no nos prestáis ninguna atención, sino que no podéis… ni imaginar todo significado. Estamos tan presentes que ya hemos perdido todo significado. Somos medioambientales. Los muebles del mundo. Jim, yo me podía imaginar la ausencia de ese hombre, pero te digo que tú no puedes imaginarte la mía. Es culpa mía, Jim, en casa tanto tiempo, cojeando de un sitio para otro, con las rodillas arruinadas, con sobrepeso, borracho, eructando, obeso, empapado en sudor en ese horno de caravana, tirándome pedos, frustrado, un desgraciado, tirando las lámparas al suelo, midiendo mal las distancias. Temeroso de probar lo que me queda de talento. El talento es su propia expectativa: o estás a su altura o retrocede para siempre agitando un pañuelo de despedida. Úsalo o piérdelo, es lo que sucede. Mucho… me temo que tendré una lápida que dirá AQUÍ YACE UNA VIEJA Y ETERNA PROMESA. Es… preferible no haber tenido ningún talento potencial. Ningún talento al que aferrarse en primer lugar; tirado por ahí bebiendo porque no tengo huevos para…Dios santo, lo lamento tanto, Jim. No te mereces verme de esta manera.  Tengo tanto miedo, Jim. Me aterra morirme sin que jamás me hayas visto. ¿Lo puedes entender?

La broma infinita. David Foster Wallace.

¿Hace el dolor a un escritor?

En unos días hablaremos de la opinión que tenía Charles Bukowski con respecto a la idea que sostenían Walt Whitman y William Faulkner acerca de la relación entre audiencia y  poesía (leer La crítica según William Faulkner). Su posición viene recogida en los ensayos inéditos (1944-1990) que Anagrama publicó con el título Fragmentos de un cuaderno manchado de vino. Aunque Bukowski ya no suele aparecer en mis lecturas (léase Tolstoi y Bukowski en la batidora), estos escritos llamaron mi atención hace un tiempo porque mostraban un perfil distinto al que estamos acostumbrados.

Una invitación a su lectura:

¿Hace el dolor a un escritor?

El dolor no hace nada, ni tampoco la pobreza. El artista primero. Lo que ocurra con él depende de su suerte. Si tiene buena suerte (en el sentido material) llega a ser un mal artista. Si tiene mala suerte, llega a serlo bueno.

La crítica según William Faulkner

Es un secreto a voces: Capitán Swing es la editorial con mejor gusto del momento. No solo por la estética de los ejemplares sino también por su calidad y variedad. Podemos encontrar desde el aclamado y controvertido ensayo Chavs: La demonización de la clase obrera de Owen Jones, hasta El Anticristo de Joseph Roth. Son libros de peso, con buen papel y cubiertas diseñadas para que se haga imposible evitar interesarse por ellos. Historias desde la cadena de montaje, La mujer que disparó a Mussolini, Prodigiosos mirmidones. Antología y apología del dandismo, El hombre Ventilador, Vida de un esclavo americano escrita por el mismo… son algunos aperitivos de un pequeño etcétera que puede ser consultado en su catálogo.

ensayos-discursos-faulknerUna de esas reliquias, Ensayos & Discursos, de William Faulkner, me espera siempre como libro de cabecera para una lectura rápida en horas de insomnio. Se trata de la obra no narrativa de Faulkner, imprescindible para entender sus motivaciones, reflexiones, admiraciones y temores. Por estos lares posteé su discurso con motivo de la recepción del Premio Nobel de Literatura (incluido, como no podía ser de otra manera, en la edición de Capitán Swing) y seguro estoy de que aparecerá en otras ocasiones porque cada escrito suyo guarda una lección que por lo menos debe ser escuchada.

Un ensayo imperecedero es Sobre la crítica. Comienza de forma apabullante, golpeando a Walt Whitman de forma sutil:

Walt Whitman dijo, entre pretenciosas e hipertrofiadas banalidades, que para tener grandes poetas también debe haber grandes audiencias. Si Walt Whitman se dio cuenta de esto debe de resultar universalmente obvio en estos días de radios que nos informan y de las llamadas revistas de alto copete que corrigen nuestra información; por no hablar del toque personal de los programas de lectura.

Esto tira por tierra el falso romanticismo del aspirante a poeta que, en un arrebato kafkiano, desea que su obra, en vez de ser leída, acabe encerrada en un cajón o quemada en la hoguera.

¿Qué han hecho los periódicos y los programas para hacer de nosotros grandes audiencias o grandes escritores?, ¿han cogido estas sibilas al neófito delicadamente de la mano instruyéndole en los fundamentos del gusto? […] No hay tradición, no hay espíritu de equipo: todo lo que se necesita para ser admitido en las filas de la crítica es una máquina de escribir.

En nuestros tiempos, en vez de máquina de escribir, lo único que se necesita para pertenecer al decadente ejército de la crítica es tener un blog y reseñar como si no hubiera un mañana o una segunda lectura.

Continuando con el ensayo, Faulkner apunta a los críticos americanos con un toque de humor que no pasa desapercibido:

El crítico americano, como el prestidigitador, intenta averiguar exactamente cuánto debe dejar ver al espectador y todavía salirse con la suya – la superioridad de la mano sobre el ojo –. Confunde la pieza a examinar con un instrumento con el que realizar difíciles arpegios de la inteligencia. Esto parece tan pretencioso, tan inútil, como el corneta que lleva a cabo acrobacias acústicas mientras espera a que se junte la banda. Con esta diferencia: el corneta después de un rato se cansa y lo deja. Aquí se da la asombrosa posibilidad de que el crítico disfrute de su propia música. ¿Es así, disfrutan leyéndose unos a otros? Uno puede imaginar igual de fácil barberos afeitándose unos a otros por diversión.

El crítico americano […] se ha convertido en una reencarnación del charlatán de feria de memoria privilegiada, manteniendo embelesada a la rústica parroquia, no por lo que dice, sino por cómo lo dice.

¿Quién no puede encontrar un caso parecido en el panorama español? De inmediato me vienen a la mente dos críticos – de diferentes disciplinas – que triunfan menos por lo que dicen que por cómo lo dicen. Y esto, aunque haga crecer su audiencia, no les convierte en referentes, o al menos no debería.

En este mar de críticas a los críticos, Faulkner recurre a la cordura para que escritores y lectores salgan beneficiados.

Cordura, ésa es la palabra. Vive y deja vivir; critica con gusto en virtud de un criterio, y no riñas. La reseña inglesa critica al libro, la americana al autor. El crítico americano le endosa al público lector un distorsionado bufón en el seno de cuya sombra acechan imprecisamente los títulos de varios volúmenes íntegros. Sin duda, si hay dos profesiones en las que no deberían existir envidias profesionales son la prostitución y la literatura.

Me quedo con esta última frase: Si hay dos profesiones en las que no deberían existir envidias profesionales son la prostitución y la literatura. Arrimar el hombro, leer bien y criticar con gusto en virtud de un criterio.

El texto completo se puede encontrar en la mencionada colección, Ensayos & Discursos, o en el blog Diario de lectura de un desmemoriado.

La Librería de los Escritores

El proceso creativo no entiende de guerras, revoluciones, hambrunas o falta de medios. Por eso, durante los años de Guerra Civil Rusa, exactamente entre 1919 y 1921, un grupo de intelectuales rusos decidió abrir las puertas de su librería a los escritores que desearan ver sus obras en manos de algún lector que pudiera comprarlas. La librería era conocida como la Librería de los Escritores, y estuvo en activo desde 1918 hasta 1922.

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La Librería de los Escritores. Un texto escrito por Mikhail Ossorguin. Editorial Centellas. 2014.

El problema de la publicación no era la censura (no existía), sino las dificultades económicas que encontraban los editores y escritores para pagar el papel y la tinta. Fue por ello por lo que la librería optó por aceptar libros que hubiesen sido escritos e ilustrados por los propios autores. En palabras de Mikhail Ossorguin – uno de los fundadores de la librería y encargado de la labor de selección de las ediciones autógrafas, como eran denominadas –: « Esta empresa había empezado un poco como una ocurrencia, como una especie de broma, y luego resultó que estos libros podían hacer vivir a sus autores, y muchos se dedicaron a ellos seriamente. Sacábamos pocas obras, pero las vendíamos muy caras, contando con los aficionados a los autógrafos. De este modo fueron “editados” doscientos cincuenta libros (treinta y tres autores), y se vendieron todos hasta el último».

Fueron años duros y sangrientos, de penuria, hambre y guerra, pero también de sueños y utopías. La inflación del momento provocó que los libros no valieran nada y algunas reliquias literarias fueran intercambiadas por unos cuantos puñados de harina o azúcar. Resulta sobrecogedor y didáctico leer las pequeñas memorias de esta librería, escritas por el propio Ossorguin, porque no solo se ciñen a describir un momento narrado desde múltiples puntos de vista, sino que forman parte del camino de la literatura, en especial de la historia del libro ruso.

Dejando a un lado la importancia que tuvo esta librería en la vida cultural moscovita, es necesario destacar la pasión que sentían sus fundadores por la literatura y los libros. Pavel Muratov, Mikhail Lund, Nikolai Minaiev, Vladislav Khodassevitch, Boris Griftsov, Alexandre Iakovlev, Boris Zaitsev, Nicolas Berdiaiev, Alexei Djivelegov, E. Dilevskaia y Mikhail Ossorguin. Son nombres para la mayoría desconocidos pero cuya actitud es compartida por aquellos que sentimos devoción por la literatura. Poco importaba que fueran anónimos o jóvenes sin experiencia. Lo realmente crucial era el objetivo que se habían propuesto y que cumplieron durante años, hasta que en 1922 tuvieron que cerrar y vender la librería. Cada uno recibió la misma cantidad que había invertido cuatro años atrás: doscientos rublos.

Merece la pena rebuscar por las librerías para dar con un ejemplar de La Librería de los Escritores. Es un texto breve con una historia inolvidable y necesaria.

En busca del tiempo invertido

Librería. París, 1943.

Librería. París, 1943.

Hay algo que me angustia, que me impide dormir, comer y salir a la calle. Hay algo que me aporrea la cabeza «tac tac tac» día y noche y día y noche y día y noche. Son los libros olvidados, los que fueron escritos pero no leídos ni vendidos. No me refiero a los que quedaron en el cajón de la escritora a la que su tiempo obligó a dejar la pluma para lavar los calzoncillos de su marido, sino a todos esos que fueron publicados – y son publicados – pero estuvieron – y estarán – condenados al olvido. Libros olvidados, con polvo sobre el lomo y cubiertas rajadas por el tiempo. Libros que fueron escritos por personas que dedicaron un tiempo de su vida al arte de la creación y dejaron un grano de arena en una playa inmensa, cada vez más extensa.

Más que llorar por la imposibilidad de buscar el tiempo perdido, lloraría por el castigo que supone publicar más de lo que se puede leer. Dejando a un lado los retales, hay obras que merecen unas horas de nuestro tiempo. Tengo datos apuntados desde hace meses pero no me apetece aburrir ni ser riguroso. Referencias se pueden encontrar en Los demasiados libros, de Gabriel Zaid; y el consuelo en Cómo hablar de los libros que no se han leído, escrito por Pierre Bayard.

Se escribe más de lo que se lee, lo que supone el nacimiento prematuro de los escritores y la muerte progresiva de los lectores. Un artículo lo alertaba: (Islandia) El país donde una de cada diez personas publica un libro. Se trata de una pésima noticia para aquellos que no contemplamos la idea de que el 10% de la población sea capaz de escribir al nivel que las editoriales deberían exigir para que los que queremos abarcar con rigor podamos dormir, comer y salir a la calle sin el castigo que supone pensar en el poco tiempo que se tiene para hacer lo que se quiere. Si uno de cada diez escribe un libro, significa que por cada millón de habitantes se publican 100000. Suponiendo que se invierte alrededor de dos años en escribir, revisar y publicar un libro, los habitantes del país del millón de habitantes tendrían que leer 50000 libros al año para cubrir la oferta (aproximadamente 137 libros al día, es decir, cinco libros y medio a la hora). Evidentemente, es imposible. La solución pasa por el olvido de la mayoría que, o bien son malos, o no han tenido la atención necesaria para salir del montón.

Aunque me preocupa la idea de que las editoriales puedan desechar obras que podrían merecer una lectura, no puedo equiparla a la angustia que me corroe cuando soy consciente de que cada vez se publica más y mejor (también más y peor, pero eso es un problema medioambiental, no cultural). Es un suplicio someterme a la tortura que es dar una vuelta por una librería con el reloj vacío de tiempo. Si se quiere leer bien – o por épocas, estilos o autores – las horas transcurren más deprisa que en el mundo de la moda literaria. Si es pretensión del lector imaginarse el mapa de la literatura, no basta con leer una sola novela de cada escritor. ¿Crimen y castigo permite comprender la obra completa de Dostoievski? El lector habitual puede pasar por ese libro y maravillarse (o no), pero el que no cree en la lectura como pasatiempo no puede ni debe conformarse con eso.

La angustia de la que hablo tiene por base la finitud de la vida en contraste con la infinitud de la literatura. Puede tener un desenlace coherente (leer solo la piezas que formarán parte del puzle final) o drástico (volver una y otra vez a lo leído sin aventurarse en nuevos títulos). Ambas me parecen comprensibles. Yo, de momento, sigo intentando abarcar lo imposible con la misma inocencia del que cree que vivirá eternamente.

El legado de los Fante

The early days in Malibu at the house on Cliffside Drive with Rocco and Keeda (dogs)./ Fante family.

The early days in Malibu at the house on Cliffside Drive with Rocco and Keeda (dogs)./ Fante family.

John Fante (1909, Colorado -1983, California)

Dan Fante (1944, California)

«Si quisiera podría destruir tu vida en 20 palabras o menos», escuchó Dan Fante decir a su padre durante una fiesta en su casa de Los Ángeles. Por aquel entonces, John Fante ya era un guionista de Hollywood, cobraba 250 $ semanales, jugaba al golf después del trabajo y frecuentaba bares con sus compañeros. Una vida cómoda, bañada en alcohol y vicios. Su primera novela, Camino de los Ángeles (1933. Publicada en 1985), lejos quedaba, y la depresión, la más cruel de sus enemigos, le hundía con frecuencia en una vida que no había soñado.

Hay escritores a los que se les puede desligar de su vida sin que su obra quede coja. Pero hay otros – aquellos que sus textos reflejan vivencias y pensamientos – que no pueden ser entendidos sin mezclar, tal y como hicieron ellos, vida y obra.
John Fante nació en 1909 y murió de diabetes en 1983. Durante los últimos años, disfrutó de una fama pasajera gracias al que fue admirador suyo, Charles Bukowksi. Recuerda éste, en el artículo-relato Conozco al maestro (incluido en Fragmentos de un cuaderno manchado de vino. Relatos y ensayos inéditos 1944-1990), sus incursiones a la Biblioteca Pública de Los Ángeles para encontrar «algo que me ayudara a sobrellevar el día, a cruzar la calle, algo a lo que agarrarme». Pero siempre daba con los mismos escritores que «se servían de largos párrafos y páginas de descripción», aquellos que «construían la trama y desarrollaban el personaje, pero sus personajes eran muy poco interesantes y lo que en el fondo contaban las historias no era gran cosa. Poca cosa se decía de las vidas desperdiciadas de la mayoría de la gente, la tristeza, toda la tristeza, la locura, la risa a través del dolor». Narra con desesperación la búsqueda de algo que se alejara de la literatura que durante siglos había construido un muro infranqueable y carga sobre los escritores que sin tener nada que decir se había colocado en la primera fila. En ese texto confunde alcohol con literatura hasta que por fin, aliviado, describe cómo cae en sus manos un ejemplar de Pregúntale al polvo (1939), la obra que definiría por completo su estilo. El autor, como no podía ser de otra manera, era John Fante, un desconocido que tenía publicados unos cuantos libros pero que habían pasado desapercibidos para la crítica y el público. Pero Bukowski quedó tan impresionado que no paró hasta que convenció a su editor para que moviera hilos con el fin de publicar el ya descatalogado Pregúntale al polvo. Treinta y nueve años después de su primera edición, mientras el cuerpo mutilado de John Fante se descomponía, Bukowski escribió el prólogo que presentaría, por segunda vez, un pilar inconfundible del realismo sucio. Lo firmó el 5 de junio de 1979.

Por aquel entonces, John Fante ya no era el hombre de carácter duro que había sido. Como consecuencia de la diabetes que arrastraba desde 1959, había perdido algunas extremidades y vivía entre su casa de Los Ángeles y el hospital. En 1983 falleció, arropado por una familia que pocas veces estuvo igual de unida. Entre ellos, Dan Fante, el hijo maldito, borracho como fue su padre, una bala perdida, un drogadicto, putero y desesperado; un hombre que estaba al borde del suicidio y que sin la aliada de muchos, la literatura, habría acabado muerto a base de pastillas o aplastado bajo un puente. Resulta sobrecogedor leer su primera novela, Chump Change (1998), en la que describe con una sensibilidad áspera los últimos días de su padre en el hospital, las aventuras nocturnas, la ansiedad de los días y de las noches, el alcohol como alivio y la soledad como cárcel. No se puede catalogar de realismo sucio porque supera toda vara de medir. Dan Fante es un poeta que escribe en prosa, colocando cada frase como si de un puñetazo en la boca del lector se tratara; y te deja sin aliento. Chump Change supone la muerte de John Fante y el renacimiento de Dan, también el redescubrimiento de un padre escritor que sin saberlo le había querido. No es una novela al uso, es un testimonio, un diario de supervivencia para el que entonces estaba viviendo la muerte de un padre mientras se percataba de que tan solo tenía que mirar hacia arriba para ver el agujero por el que entraba el alcohol que le había matado en vida.

Dan Fante. In front of his father John Fante’s square, Downtown LA.

Dan Fante. In front of his father John Fante’s square, Downtown LA.

Si Chump Change sirvió a Dan Fante para escapar de sí mismo, superar el alcoholismo y empezar de nuevo, Fante. Un legado de escritura, alcohol y supervivencia (2011), es la aceptación de todo lo que su padre y él habían sido. Pocas biografías pueden ser más sinceras que las escritas por los hijos. En ellas no hay lugar para las mentiras ni para las medias verdades, tampoco para ensalzar lo que nunca fue pero el autor deseó que fuera. En Fante. Un legado de escritura, alcohol y supervivencia, dos biografías se mezclan como agua y aceite, rozándose, tratando de inmiscuirse la una en la otra para dejar claro que una de ellas, la de Dan Fante, no tiene sentido sin la otra. Es una lectura que ofrece un privilegiado punto de vista de la vida y obra de John Fante, la de un hijo que observa cómo su padre es consumido por una depresión producto de no haber sido quien había deseado ser. Así recuerda en Chump Change: «Fue en aquella casa donde aprendí lo que ocurre cuando un artista apasionado abandona lo que ama y acaba por detestarse a sí mismo. Allí fui testigo de sus borracheras. Allí lo vi tratar a sus seres queridos con desprecio y resentimiento, mientras las sumas de los cheques que cobraba eran cada vez más elevadas». Y concluye en Fante. Un legado de escritura, alcohol y supervivencia: «Mi padre era un artista por los cuatro costados. Aparcó su pasión durante periodos largos pero nunca renunció a ella. A lo largo de la vida de anonimato casi total, se aferró a su don. La mayoría de las novelas las escribió porque sí, no por la fama ni por el reconocimiento. Escribía porque era escritor. Su ejemplo imperecedero hizo que yo, su segundo hijo, un inútil, un tarado y un alcohólico, lo quisiera de todo corazón». Estas memorias constituyen la pieza que faltaba para comprender las historias de John Fante, la razón de su estilo áspero y corrosivo, lleno de vida y a la vez de desgracia, sustentado en sus recuerdos.

El vino de la juventud (1940), un conjunto de veinte relatos publicados por primera vez en castellano en el año 2013, nos acerca a la vida de un niño que crece en una familia de migrantes italianos. No forman en conjunto una autobiografía de su infancia y adolescencia, aunque sí arrojan luz sobre su percepción de la familia, las reflexiones en torno a la religión y el pecado (pilares fundamentales en su obra) y, sobre todo, el complejo de «macarroni» que arrastra, con todos los traumas que ello conlleva para un niño que no se siente parte de la sociedad en la que vive.

John Fante

John Fante

Pese a las dificultades familiares, las borracheras de su padre y los deseos de éste por verle convertido en albañil, en 1929, John Fante marcha a California para dedicarse a la literatura. Durante años probó suerte mandando relatos a la prestigiosa revista The American Mercury, hasta que su editor, H.L. Mencken, cansado de leer cartas y cartas de John Fante escritas a mano, le respondió que cuando escribiera un relato a máquina se lo publicaría. Nunca había escrito a máquina, ni siquiera tenía una, así que pidió ayuda a un amigo que le mostró cómo se hacía. Colocó una hoja blanca en la máquina y escribió: «Now is the time for all good men to come to the aid of their party». Desde ese día, John Fante escribiría la misma frase cada vez que se sentara a probar una nueva máquina de escribir. H.L. Mencken cumplió con su parte del trato, publicando el relato Monaguillo, incluido en el mencionado libro El vino de la juventud. Después llegaron las tres primeras novelas de la saga de Arturo Bandini – su carismático alter ego que no deja indiferente a nadie –: Camino de los Ángeles (inédita hasta 1985), Espera a la primavera, Bandini (1938) y Pregúntale al polvo (1939).

Tras una acogida no demasiado efusiva, John Fante recibió una oferta para trabajar en la industria de Hollywood. Allí se ganaban la vida otros escritores como William Faulkner o F. Scott Fitzgerald, quien llegó a decir que había ganado más dinero escribiendo «guiones de mierda» que buenas novelas. Lo cierto es que Fante no pasó a la historia como guionista ni tampoco lo deseó. Trabajaba para comer, beber y mantener a su familia. En Sueños de Bunker Hill (póstuma, 1985) – última entrega de la saga de Arturo Bandini, dictada a su mujer en el ocaso de su vida cuando la diabetes le había dejado ciego –, relata la historia de un joven escritor que se ve arrastrado a trabajar en las oficinas de Hollywood. Muestra el lado oculto de la industria, sin adornos ni camerinos, un lugar en donde el mismísimo Faulkner perdió la cabeza, tal y como retrataron los hermanos Coen en Barton Fink.

Aquellos años de guionista se tradujeron en sequía literaria. Desde que se publicó Pregúntale al polvo hasta que volvió a escribir transcurrieron más de veinte años. Llenos de vida (1952) es el título de la novela con la que volvió a probar suerte; pero es un texto sin substancia, demasiado flojo para que alguien le prestara atención. Quince años más tarde, publicó La hermandad de la uva (1977), novela en la que analiza la figura de su padre en escasas páginas manchadas de alcohol. Francis Ford Coppola se quedó prendado de ella y quiso llevarla al cine, pero los problemas económicos que estaba teniendo con el rodaje de Apocalipsis Now eran suficientes para que las productoras se negaran a asumir otra bella locura de Coppola.

Cuarenta años y dos novelas. Cuarenta años dedicados a corregir y redactar guiones por encargo, viendo cómo la industria crecía al tiempo que él se hacía más pequeño, duro y enfermo. Su trabajo por un lado, la diabetes por otro, la caza de brujas apuntando a su cabeza y un par de hijos que heredaban la condena de los Fante, el alcoholismo. A pesar de poder encasillar su vida como un fracaso de principio a fin, no deja de maravillar – o al menos a mí me lo parece – la constancia que tuvo para jamás rendirse y tener siempre la puerta abierta a una pasión que, aunque no le daba de comer, le mantenía vivo. Su relación con ella es un claro ejemplo de aquello que decía Anton Chéjov: «La medicina es mi legítima esposa, y la literatura es mi amante». Para Fante el guión no fue su legítima esposa, sí la de conveniencia, amiga de numerosos guionistas y directores de la época, que le mantuvo en un nivel de vida imposible para la mayoría de la sociedad estadounidense.

Y así volvemos al inicio, a la cama de hospital, a la habitación en donde la familia Fante espera el momento en el que el punto final sea colocado en el guión más triste jamás escrito. Tenemos a Bukowski lanzando a un escritor moribundo, a Dan Fante resurgiendo de las tinieblas y unas cuantas novelas esperando ser publicadas póstumamente a mediados de los años ochenta. En la cama, ciego y sin extremidades, un escritor desconocido al borde del abismo. El reconocimiento le llegó en 1987, cuando el PEN le premió con el Lifetime Achievement Award. Sin embargo, el premio que aún está recibiendo es el de su hijo Dan Fante, escritor en la penumbra, poco conocido pero con un talento y sentimiento bien aprendidos del maestro. Él continua remando en la misma dirección que su padre, marcando la senda que algún día será recordada como el legado de los Fante.