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Reflexiones

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Nunca algo tan aburrido causó tanto furor

Hay gente que corre. Mucha. Más que nunca. Existe una correlación entre el número de inscritos a carreras urbanas y la crisis. El boom es evidente, no hay más que acercarse a cualquier parque o alejarse a las montañas. Gordos, flacos, mujeres y hombres de todas las edades, en grupo o en solitario, de noche o de día, encorsetados en productos del Decathlon o en el de las principales marcas que están sacando tajada. Fisioterapeutas, podólogos y nutricionistas se frotan las manos, los médicos de cabecera se las echan a la cabeza. Lesiones por no saber correr y muertes por no saber parar. Carreras todos los fines de semana: cinco kilómetros, diez kilómetros, media maratón, maratón, ultra maratón. Empresas que quieren ver a sus trabajadores correr y les apuntan a una carrera el domingo; trabajadores que aprovechan la hora y media de descanso para correr en cinta de gimnasio; propietarios de gimnasios que ven cómo la competencia aflora como setas. Tonifica tu cuerpo, quema grasa, compra un pulsómetro y trabaja en la franja que mejor te convenga, busca un plan de entrenamiento, ¡mejor!: opta por un entrenador personal, entrena en grupo, enseña a tus amigos tus nuevas zapatillas estabilizadoras, prueba todo tipo plantillas, bájate aplicaciones para compartir tu entreno, prueba las carreras por montaña, cómprate unos bastones y una mochila ultraligera y unos compresores, participa en las quedadas y haz amigos, olvídate de la soledad, cambia los bares por los parques, la noche por el día, el alcohol por el isotónico y el tabaco por los geles. Disfruta de la libertad de hacer el deporte más sencillo que existe.

Eran las once de la noche de un día de invierno cuando acabé de correr mis diez kilómetros diarios. Llevaba puesto un pantalón y unas zapatillas que años atrás había usado en las clases de gimnasia, una sudadera de algodón y una camiseta de la gira de 2002 de un grupo de musica. No ha pasado tanto tiempo desde aquel día – seis años, quizá siete –, pero las camisetas siempre me han durado tantos años como he querido. Estaba jadeando, agotado por el último sprint, cuando un grupo de chavales pasó a mi lado. A juzgar por sus miradas supuse que se estarían preguntando qué demonios hacía a esas horas corriendo. Me sequé el sudor de la frente con la parte inferior de la camiseta y me dispuse a estirar cuando escuché: «¿Qué está haciendo?» Un año más tarde, la noticia del 31 de diciembre fue que la San Silvestre Vallecana había batido el récord de participación con 39000 inscritos. Fue entonces cuando el running desplazó al correr y los que se acostaron renegando de practicar deporte – que no de verlo – se levantaron adictos al running. El mundo se había vuelto loco por un deporte que siempre había estado denostado por ser aburrido, cansado y lesivo. O eso decían.

Tras probar mi primera carrera por montaña y descubrir que en terreno técnico la moda todavía no se había inmiscuido, me invitaron a participar en un estudio de mercado de una conocida marca de deporte. A parte del obsequio que me darían por responder a una serie de cuestiones, acepté la propuesta por la curiosidad de saber cómo trabajaba una de las marcas más conocidas del ámbito deportivo. La marca en cuestión, que había patrocinado la San Silvestre Vallecana de los 39000 inscritos un año antes, ya se había dado cuenta, antes que cualquiera, de que la ola que venía era inmensa. Nos hicieron preguntas sobre hábitos de compra, marcas, entrenamientos y carreras; incluso nos sacaron zapatillas para que indicáramos por qué compraríamos unas y no otras, qué mejoras haríamos o cómo cambiaríamos el diseño. La maquinaria ya estaba en funcionamiento. Tan sólo había que ofrecer hasta saturar para que la moda se extendiera como la peste.

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Vivo encerrado en una ciudad. Cuando camino por ella me parece inverosímil que bajo el asfalto se esconda la tierra. Kilómetros y kilómetros de calles, cientos de edificios, miles de coches y motos contaminando el aire que respiramos, millones de personas moviéndose de forma predecible. Los fines de semana suponen un alivio cuando me escapo a las montañas. Los días de diario son etapas de una carrera a contrareloj en la que compagino un transporte en bicicleta que cada día me genera más rechazo hacia los que usan el coche para desplazarse, un trabajo absorbente/gratificante/tedioso/interesante/destructivo (pero) que me encanta y un entrenamiento de hámster que consiste en dar vueltas alrededor de un parque, hacer series en las rectas o cuestas del mismo parque, realizar ejercicios en los recodos del… sí, del mismo parque. Es el pulmón de la zona centro y el gran testigo de la proliferación de los runners.

Cada día, a partir de las siete u ocho de la tarde, hordas de Uruk-hais se dedican a ocupar todo el espacio disponible del parque. Los que vamos solos, los paseantes, los niños que juegan y los patinadores somos echados a un lado por decenas de grupos de runners – un día llegué a estimar un grupo de unos cien – que entre risas, jadeos, sudores y flatulencias varias socializan empleando la herramienta del running como en otro tiempo pudo haber sido el after-work o las cañas de los miércoles en los 100 Montaditos. De vez en cuando se les escucha hablar sobre zapatillas, ropa deportiva en general, carreras y viajes organizados a ciudades lejanas pero glamurosas para correr un maratón. Visten a la última con todo tipo de complementos, algunos portan sus móviles en la mano para capturar el momento healthy – si no hay foto no hay entreno – y la inmensa mayoría no sabe correr. Este último dato es importante porque al igual que a nadie se le ocurre lanzarse a la piscina sin antes aprender a nadar, tampoco debería correr más de un kilómetro sin unas nociones básicas sobre su técnica. La edad media ronda los cuarenta y algo – esa generación que va a vivir mejor que sus padres –, hombres y mujeres por igual, con aspecto saludable, aparentemente feliz. Lo que transmiten al verles correr de esa manera tan caótica, descentrada y dicharachera es que están corriendo porque hay más gente que lo hace, no porque les guste. Por eso en agosto, en Navidad y los domingos por la tarde los parques se vacían y tan sólo quedan los que en soledad o en grupos reducidos continúan haciendo lo que les llena, independientemente de si su pasión empezó hace una semana, un mes, un año o una década.

Una de las características más llamativas de los runners es que no se avergüenzan de serlo. Hace una semana escuché a una persona decir a otra: «Ella es runner, ¿tú lo eres?» Lo que llamó mi atención de esa frase fue que para mí llamar a una persona runner es ofensivo, mientras que para los que aceptan y se sienten cómodos dentro del fenómeno esquizoide del running no. Evidente, por otro lado, pero que no deja de ser llamativo. Lo mismo sucede con otros términos como belieber, youtuber, instagramer, etcétera. Los runners se califican a sí mismos como tales porque son conscientes de que han sido arrastrados a dar vueltas a un parque porque está de moda. No les importa. Ni hace falta. Si de repente la moda se desvaneciera, ellos se irían con ella.

La diferencia entre correr y running es que la primera es una actividad liberadora mientras que la segunda es opresiva. Cuando a deporte se suma consumismo, moda y masa se obtiene un fenómeno repugnante que se manifiesta de formas tan diversas como hacer quedadas de cientos de personas para correr por las calles de la ciudad o contabilizar muertes en maratones por asfalto. Cabe preguntarse si en una sociedad con otras características que no sean la competitividad, el estrés, la depresión y el entretenimiento banal sería posible que correr continuara manteniendo su esencia sin importar el número de personas que lo practicara. La siguiente pregunta sería plantearse si en esa sociedad imaginaria podría ser factible que correr se convirtiera en un fenómeno de masas.

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Baile de máscaras

El tipo que está sentado enfrente de mí mastica haciendo ruido, sorbe los tallarines y antes de tragar ya se está introduciendo en la boca la siguiente porción. Este último acto me desquicia más que los anteriores porque no puedo evitar analizar sus fauces y su contenido: comida apenas triturada, saliva y un tímido bolo alimenticio que apunto está de comenzar su descenso hacia el estómago. Nuestras cabezas están separadas por medio metro, una distancia ridículamente pequeña si se trata de separar a dos personas desconocidas. Sin embargo, no podemos reclamar, hemos escogido los sitios de forma aleatoria, el de aquí o el de allá, sin importarnos en exceso los nexos amistosos que pudieran servir de andamios a una hipotética conversación.

Hay una persona sentada a mí derecha que intenta leer de reojo lo que estoy escribiendo. No entiendo por qué lo hace si no habla mi idioma – o sí y me ha engañado para enterarse de lo que escribo en mi libreta sin ningún tipo de pudor –. Me incomoda que trate de dilucidar a partir de la raíz de las palabras lo que significan. Lo mismo ha acertado porque me acaba de mirar con cara de asco, lo que me hace suponer que: 1) Yo le doy asco. 2) Empatiza conmigo porque también le da asco tener que comer delante de un tipo que mastica haciendo ruido, sorbe los tallarines y antes de tragar ya se está introduciendo en la boca la siguiente porción. 3) Le da asco que yo me recree escribiendo aquello que nos da asco a los dos, y posiblemente a las otras personas con las que compartimos mesa. Ignoro cuál de las tres opciones es la que le ha llevado a brindarme su asco en forma de expresión facial, pero no me importa, dentro de ocho días y medio no volveré a verle y, con suerte, olvidaré su cara.

So… alguien intenta iniciar una conversación pero se queda en eso, en un intento. Creo que uno de los presentes ha asentido o ha devuelto una sonrisa como trofeo por la hazaña que es hablar a personas con las que sólo compartes una comida y algo más, pero ese algo más es trabajo y no es de buen gusto hablar de trabajo mientras hay comida sobre la mesa.

Por fin, por decir algo, el de mi derecha me pregunta sobre mi escrito. Sobre vosotros, respondo. Me río, claro, si no me riese pensarían que es en serio y tendría que explicarles por qué estoy escribiendo delante de ellos sobre ellos. Es ridículo, lo sé, y no está bien, también lo sé, y lo correcto sería preguntar al tipo de enfrente si en su casa también come así. No obstante, las normas en esta mesa no están escritas y puedo hacer lo que me de la gana. Really? No, claro que no, ¿cómo voy a escribir sobre vosotros? Ya tienen tema de conversación: averiguar sobre qué estoy escribiendo. Máscaras, digo. La tuya, la tuya, la tuya, digo señalándoles, también la tuya, y la tuya, claro, no vas a ser menos. Escribo sobre vuestras máscaras. El tipo que mastica haciendo ruido se calla por un momento y me mira de la misma forma con la que previamente ha analizado la siguiente tanda de tallarines que pasarán deslizándose a través de sus labios aceitosos.

Dos semanas antes estaba tumbado en casa leyendo la última página del último ensayo de César Rendueles: Capitalismo canalla: una historia personal del capitalismo a través de la literatura. No me descubrió nada nuevo. No necesité ese «¡oh!, vaya revelación» para poder disfrutar con su lectura tanto o más como sufrir por todos aquellos que tienen un trabajo que odian. El ensayo, como bien indica el título, es una historia del capitalismo contada a través de las novelas que el autor ha leído a lo largo de su vida: Robinson Crusoe, la Trilogía marciana, Las uvas de la ira, Oliver Twist y un largo etcétera que le sirve para dar una vuelta de tuerca a historias que a priori parecen «inofensivas» pero que pueden esconden una lectura de la cual extraer reflexiones que nos permitan comprender mejor el pasado y, por tanto, el presente.

Uno de los fragmentos que atrapó mi atención versa sobre aquello que se esconde bajo la capa de normalidad que cubre nuestras vidas.

Sí, durante muchos años fuimos víctimas de un engaño, de un pacto de silencio, de una conspiración generalizada que nos ocultó la verdad, absurda y vertiginosa. Pero un día descubrimos la pulpa que late convulsa tras apenas una fina capa de normalidad. Y supimos que ese señor del loden que baja de un Audi con sus hijos está buscando una excusa para escaparse al baño de la estación de autobuses donde meterse una polla en la boca y así sentirse vivo. Que esa chica de rostro ligeramente caballuno que invade nuestro carril en la autopista se ha despistado al notar en la boca el regusto proustiano del speed que se metió con su hermana y un camarero en un hotel de Peñíscola el verano pasado. Que el funcionario que me atiende en Hacienda aún nota el olor de la mujer que esta noche se sentó en su cara frente al televisor encendido. Que esa madre del parque imagina lo que hubiera ocurrido si cuando visitó la casa de su amiga hubiera entrado en el baño para meterle la mano entre las piernas mientras meaba. Que cada noche la gente se lanza a un ritual enloquecido de lenguas y pezones y grandes y vulvas y cuellos. Y a la mañana siguiente fingen que nada ha pasado.

Máscaras, al fin y al cabo. Máscaras que llevamos durante la comida, la cena, el desayuno, el curso y el escaso ocio que tenemos, y sólo nos las quitaremos cuando al llegar la noche nos refugiemos bajo las sábanas de la cama del hotel periférico de Amsterdam. Durante el día todo es un teatro, una macabra danza en la que unos y otros acabamos siendo un sistema de sustancias inmiscibles aparentando normalidad cuando en realidad empujaríamos al de al lado a la primera de cambio para no cargar sobre nuestros hombros la soledad que se impone cuando no tienes a nadie ante el cual desnudarte y decir: así soy yo. Tres palabras, sólo tres, en ese orden.

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Ansiedad. Edvard Munch.

Cuando salimos de casa nos la colocamos y en silencio caminamos por la calle. Miramos a un lado y a otro, nos comportamos y actuamos de acuerdo a las reglas establecidas, y si pretendemos ser unos ciudadanos ejemplares no debemos bajo ningún concepto dejarnos ver sin ella puesta.

Cuando trabajaba en la empresa privada me agobiaba tener que llevar la máscara diez horas al día. Las relaciones con la mayoría de los compañeros eran una competición por ver quién era el que podía sustentar la máscara durante el mayor tiempo posible. Algunos incluso llegaron a sentirse más cómodos con ella, convirtiéndose en esa cosa que la empresa como un todo impone a sus esclavos.

Un día de verano, un compañero nos mandó a los del departamento un correo electrónico informándonos de que en un par de días sería su cumpleaños y deseaba celebrarlo con nosotros comiendo en una hamburguesería cercana a la empresa. Cuando recibí esa propuesta sentí cómo la máscara aumentaba su tamaño. ¿Por qué yo? Nunca hemos hablado. La máscara me apretaba más y más la cabeza. Encima una hamburguesería. ¿Qué comeré? Sabe que soy vegetariano y aún así me manda el correo por pura cortesía. Hamburguesas. Todos comiendo hamburguesas y yo mirando cómo se introducen el cuerpo triturado de un animal en la boca. Algunos seguramente la pidan poco hecha y la sangre sobre el plato acabará mostrando el lugar en el que como especie nos hemos decidido colocar. Saqué el manual de excusas y me inventé que tenía que ir a recoger unos papeles a la universidad, algo que era una mentira a medias puesto que ya estaba tramando la huida de la empresa y el regreso desesperado a la universidad. La excusa supuso un problema por una causa y su consecuencia: 1) No tenía que ir ese día a por los papeles, 2) por lo que estaría obligado a comer escondido en algún lugar para que el departamento entero no me viera hacer un corte de mangas a su plan de afianzamiento de la normalidad.

El día del cumpleaños salí a comer cinco minutos antes que ellos y me perdí por las calles de Nuevos Ministerios. A mi alrededor pululaban personas trajeadas con máscaras imponentes a través de la cuales me miraban sorprendidas por ser el único que a esas horas caminaba con la cara al descubierto. Yo les miraba fijamente, tratando de ver al tipo frágil que se esconde tras la normalidad. Una persona corriente, con sus defectos, miedos y problemas. Ese tío, pensé fijándome en un hombre cualquiera, lo mismo llora cada noche porque su mujer está ingresada en el hospital y sólo puede ir a verla al anochecer, cuando sale del trabajo. Esa otra que está comiendo una ensalada con sus compañeros de trabajo hace que su máscara se ría aunque por dentro está pensando en cómo habrá sido el primer día de campamento de su hijo. A su lado, un hombre que desearía abandonar su trabajo para poder vivir en el campo come rápidamente para llegar cuanto antes a la oficina. Es un esclavo. Lo sabe. Disfruta con ello y luego se siente culpable.

Tras caminar durante un buen rato, encontré un escondite, una plaza con fuente y árboles rodeada de grandes oficinas. Podría haber pasado por un entorno bucólico si no hubiese sido por la gente que allí se concentraba. Jóvenes con trajes baratos y mal planchados sustentando máscaras y comiendo de tupper. Tendrían mi edad. Su primer trabajo, su primera nómina y sus primeras risas falsas. No lograba averiguar si sus gestos eran producto de la máscara o en realidad eran felices llevando esa vida. Por fin tenemos un trabajo con el que poder empezar a pagar una hipoteca de un piso enano pero nuevo en Las Tablas, con piscina y gimnasio y sauna y zonas verdes y un montón de mierda más que nunca utilizaremos porque trabajamos tan poco pero tantas horas que al llegar a casa lo único que nos apetece es sentarnos delante de la televisión para que hagan con nuestros cerebros lo que les de la gana.Me acomodé en un banco y saqué un libro. No pude leer. Observé a la realidad desnudarse ante mí.

Dejé esa imagen y otras atrás subido en una bicicleta. La ciudad sobre ella toma un cariz totalmente diferente. El tiempo pasa más despacio y las calles cobran vida. Sientes que formas parte de un sistema auto-organizado que sólo necesita luces verdes y rojas para funcionar. Los movimientos de los coches son siempre los mismos y los atascos también, de tal manera que moverse en bicicleta es como deslizarse silenciosamente dentro de un laberinto. Es la máxima expresión de libertad dentro de esta cárcel, y el único medio de transporte posible si no queremos morir ahogados.

¡Cuidado!, me grita en inglés con acento polaco antes de que una bicicleta casi nos llevara por delante. En Amsterdam el concepto de transporte en bicicleta no es el mismo que en Madrid. Allí es natural su uso, mientras que en Madrid es una forma de activismo.

Ese grito que soltó el polaco minutos antes de que entrara en la cafetería me trasladó a la exposición que habíamos visto el fin de semana anterior sobre las trayectorias paralelas de Van Gogh y Munch. ¿La habéis visto?, les pregunto a los tipos que no se dan por vencidos y quieren saber qué demonios estoy escribiendo después de que la broma de las máscaras no colora. No. No. No. No. ¿Y tú?, pregunto a una chica levantando ligeramente la cabeza. No. Ok. Silencio. ¿Seré yo? ¿Serán ellos? ¿Por qué no hay nadie en esta mesa? Les miro detenidamente. Algunos me miran, otros no. ¿Son reales? Me levanto, camino hasta la puerta y me voy.

«Tras varias horas caminando me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio. […] Me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza.»

Escribes mierda porque tienes prisa

Rubbish piles up in London's Soho, Feb. 1, 1979, during a strike by dustmen in the London borough of Westminster. The strike caused a pile-up of plastic bags of restaurant waste and other rubbish throughout the West End. (AP Photo)

Rubbish piles up in London’s Soho, Feb. 1, 1979, during a strike by dustmen in the London borough of Westminster. The strike caused a pile-up of plastic bags of restaurant waste and other rubbish throughout the West End. (AP Photo)

Me estoy leyendo el Quijote por cuarta vez. Es una verdad a medias porque nunca lo he acabado, siempre me he quedado a la mitad, hastiado de las notas, de las palabras y frases apenas comprensibles. Este año, gracias al enorme trabajo de adaptación de Andrés Trapiello – espaciado a lo largo de catorce años – lo he vuelto a intentar. Catorce años. Echando la vista atrás, cuando yo tenía trece años e intenté leer el Quijote por primera vez, Trapiello acababa de sentarse a traducirlo. Por ello considero que todo hispanohablante debería leer esta adaptación al castellano actual como muestra de respecto y agradecimiento a quien ha acercado una obra durante tanto tiempo relegada al rincón de las imposibles.

Hace pocos meses, Jot Down publicó en papel un artículo firmado por Trapiello – Miedo al Quijote – en el que expone tres maneras de saber si alguien ha leído o no el Quijote. La primera de ellas se da en ambientes de confianza, cuando una persona afirma no haberlo leído. Lo dice con la humildad del que sabe que tendría que haberlo hecho pero que por unas razones u otras no ha podido. Otro grupo es el que sostiene haber leído el Quijote a trozos, por partes, un capítulo por aquí y otro por allá, pero sin un orden fijo, por lo que es lo mismo que no haberlo leído. El grupo en el que se centra Trapiello es aquel que asegura haberlo leído en el colegio porque el profesor de literatura era un aficionado a la obra. Según sus cálculos, si es cierto lo que dicen, habrían tardado cuatro o cinco cursos en leerlo. Es decir, mienten. Habrán leído capítulos, adaptaciones escolares, pero no el Quijote entero. Para enfrentarte a él necesitas tiempo. Y eso, por desgracia, no lo tiene todo el mundo, o bien porque se pierde o porque en realidad prefiere dedicarse a otros quehaceres.

Tengo varios caminos pensados para cuando acabe el Quijote: continuar con la literatura estadounidense, adentrarme en el mundo del cómic, leer lo nuevo de Owen Jones, César Rendueles y Jorge Moruno, y volver a enfrentarme a otro pilar de la literatura europea, El hombre sin atributos, de Robert Musil.

De este último cabe destacar el tiempo que el autor le dedicó: doce años, desde 1930 hasta 1942. En un mundo de prisas en el que el ritmo frenético de escritura genera – y obliga a generar – tanto contenido, que alguien dedique doce años a un proyecto constituye un acto heroico, como ha sido el de Trapiello. Actualmente es difícil dar con este tipo de escritores. Predomina la novela relativamente corta frente a la larga, una frecuencia de un libro cada año y medio y publicar demasiadas columnas en periódicos que a veces no dicen nada. A esos niveles es difícil catalogar de basura lo publicado, salvo excepciones que dan vergüenza ajena. No es así cuando bajamos la escalera de la escritura y llegamos a los blogs y webs amateurs, donde encontramos un espacio en el que lo bueno tiene que convivir con un mar de chatarra.

Me fui del ruedo cansado de las prisas virtuales. Cualquiera que tenga un blog te dará un consejo para triunfar: sé constante. Actualiza, actualiza y actualiza. Vierte contenido a la misma hora los mismos días, que tus lectores sepan exactamente cuándo van a encontrar algo que leer. Habla de ti, muestra algo de tu vida y cuida a tus seguidores. Mantén las redes sociales activas. Comenta en otros blogs. Enlaza a tu blog. Habla de tu blog en foros. Presenta tu blog a concursos. Piensa siempre en tu blog; cada acción que realices puede ser un hilo de inspiración. Actualiza. Comenta. Me gusta. Comenta. Actualiza. Me gusta aunque no me guste. No frenes, sigue recto hasta que un día te encuentres frente a una libreta llena de ideas, y al lado de las ideas una fecha, y junto a la fecha un símbolo que indica si el post está acabado o no. Te creas un trabajo, una rutina, escribes porque llevas más de dos días sin subir algo. Dos días muerto. ¿Alguien se acuerda de ti? ¿Hay alguien al otro lado? Te sumerges en un delirio esquizoide abrazado a tu tableta, esperando a que el móvil se ilumine o a que el sueño te atrape para no pensar más. Decides encender el ordenador y escribir sobre ello, con suerte lo colarás en algún lado y el síndrome de abstinencia desaparecerá. La luz ilumina tu cara demacrada. Estás muriendo en la vida real mientras creces en la virtual. Escribes mierda porque tienes prisa. Son las 0.00, mañana tienes que trabajar y estás obcecado en acabar el texto sea como sea, aunque eso suponga cortar por aquí y por allá y dejar una historia que podría ser buena en las típicas mil palabras, la longitud exacta para que los lectores puedan ver el final con el primer scroll. Lees cada vez menos, escribes cada vez más, y olvidas que la primera lección para escribir bien es leer; la segunda es saber leer; y la tercera es reproducir lo que lees. Tienes automatizada la estructura. Sabes cómo debe empezar un post y cómo debe acabar. Lo que hay entre las dos tapas es lo complicado, aunque si usas preguntas y respuestas, ejemplos o diálogos, en menos tiempo del que empleó Risto Mejide en escribir su último artículo para Jot Down – se ve que después de vender parte de su alma al grupo Prisa, decidieron comprar un par de párrafos a un intelectual de referencia – tendrás otra entrada más con la que alimentar tus redes.

Cuando trabajaba en el lado oscuro del sistema, un compañero me enseñó la diferencia entre la publicidad push y la pull. La push es la que te dan por la calle para que la tires en la primera papelera que veas. La pull es la que atrae, conquista, te hace desear aquello que ves. Es la que funciona, la que nos pilla por donde más gusta y nos obliga a gastar el dinero que no tenemos en aquello que no necesitamos (Will Rogers).

El mundo virtual está lleno de información push. Por supuesto que hay lugares interesantes, personas que enriquecen la red y cuyos posts o artículos son incluso mejores que los escritos por aquellos que cobran un sueldo. Son muchos, pero más son los que ensucian, no porque sean unos negados, sino porque han caído en la espiral de crear contenido sí o sí.

La primera vez que Carlos Boyero vio a un youtuber – parece ser que fue el famoso vídeo de El Rubius, Maneras de joder a tu compañero de piso – alucinó. No entendía cómo unos jóvenes haciendo el gilipollas podían tener tantos seguidores. Es cierto que sorprende y resulta incomprensible para los que tenemos más de veinte años que este tipo de contenido genere fans, millones de reproducciones, libros, conferencias, viajes, dinero y un largo etcétera que no viene al caso. Lo dice una persona que confiesa seguir a varios youtubers a sabiendas de que su contenido es bazofia visual, pero que no quiere desengancharse de un nuevo medio de comunicación que dará de qué hablar de aquí a un tiempo. De hecho, no son pocos los que han visto en youtube una ventana para lanzar al mundo un mensaje que en medios convencionales no tendría cabida. Me refiero a FurorVlog, Punkike Punk, La Tuerka, Masa, Frank Cuesta (Frank de la Jungla sin cesura), etcétera.

Los vídeos de la mayoría de los youtubers de éxito son un claro ejemplo de que las exigencias del público y el ritmo que impone el medio en el que te expresas te condicionan hasta el punto de crear algo de lo que difícilmente puedas estar orgulloso. Al igual que en el (¿obsoleto?) mundo de los blogs, hay youtubers que se lo toman con calma y son capaces de ofrecer un contenido interesante, como el documental que hizo Luzu sobre la Ruta 66, aunque desgraciadamente no es la tónica general.

Llevo pensando en este tema un tiempo, sobre todo en la razón por la cual la mala calidad triunfa frente a la buena. Después de darle muchas vueltas, sospecho que la clave está, no en si es bueno o malo el contenido, sino en el tiempo dedicado a crear un perfil público, conocido, que posteriormente se convierta en un atractor de seguidores. Un ejemplo que puede sustentar esta teoría es el de una conocida repostera aficionada a correr que entre postre y postre se dedica a subir fotos a instagram, contestar comentarios, grabar vídeos y escribir posts y artículos sobre sus carreras tan mal escritos que su lectura se convierte en una lucha contra el vómito. La exigencia y el «me debo a mis seguidores» destruyen todo vestigio de creatividad y gusto.

Casos como este se encuentran por toda la red, sin importar la temática, reproduciéndose a un ritmo espantoso y sirviendo de ejemplo a otros que acaban de empezar. Por suerte existe un antídoto de muy fácil uso: no leer aquello que aborreces y motivar a los que crean un buen contenido.

Marx tenía razón: Volumen 2 – La cúpula

La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas | Karl Marx

Fotografía de archivo de la contaminación en Madrid. EFE/Juan Carlos Hidalgo

Fotografía de archivo de la contaminación en Madrid. EFE/Juan Carlos Hidalgo

El jengibre no es el tallo sino la planta. Jengibre o kion, de la familia de las zingiberáceas, apreciada por el tallo picante que se oculta bajo la tierra. Introduciendo la palabra jengibre en el buscador de google obtenemos en 0,17 segundos un millón y medio de resultados, los principales versan sobre sus propiedades y beneficios, mostrando especial interés por sus efectos afrodisíacos. Por ello no es de extrañar que en los últimos días hayamos visto las fruterías de nuestras ciudades infestadas de personas buscando a codazos un gramo de jengibre. El kilo ha subido drásticamente. Los productores peruanos, chinos, australianos, hindúes y jamaicanos se están dejando la piel – literalmente hablando – para abastecer la demanda europea. He visitado varias casas, todas son iguales: pared, mueble, mujer, hombre, adolescente y jengibre, jengibre por todos lados, en estanterías, alacenas, cuencos, armarios, cajones, cisternas, neveras, bodegas, trasteros, bañeras y alcobas. Los restaurantes han cambiado sus menús y ahora encontramos de primer plato jengibre, de segundo plato jengibre y de postre jengibre. ¿Cómo os habéis adaptado a la creciente demanda?, le pregunto a uno de los pocos cocineros que se permite unos segundos para responderme. Es complicado, responde, hemos tenido que tirar de aquí (se toca la cabeza con el dedo índice) y dedicar muchas horas. Sobre todo muchas horas. Me sorprende porque viste con un sobretodo a pesar de estar trabajando. Le pregunto por ello. Respuesta: Me gusta cómo me sienta el sobretodo, sobre todo en la cocina, me da un aire distinguido. ¿No te parece?

Madrid es una esclava sexual vendida a Vodafone. Las transparencias de su camisón negro permiten contemplar desde la lejanía las largas piernas que alguien le colocó para indicar que en ese lugar millones de personas abren sus bocas para introducir lo que solemos denominar como aire. Cubre su cabeza con una pamela que, contemplada desde la montaña, se asemeja a una cúpula translúcida bajo la cual se esconde un experimento social: personas haciendo lo mismo día tras día y quejándose de lo mismo día tras día hasta que llega el fin de semana. ¿Crees que una sociedad sana dedicaría su tiempo de ocio a salir hasta las tantas de la madrugada?, pregunté a un amigo a las tantas de la madrugada. Son las caretas de las que hablaba Octavio Paz las que nos quitamos cuando la fiesta nos posee. Vivimos en laberintos de soledad, rodeados de personas que sobran, y no tenemos más remedio que perdernos en ellos buscando una compañía virtual. El negocio es el mundo virtual porque aquí es donde residimos. No existe el presente, tampoco el pasado ni el futuro. La dimensión temporal está gobernada por el márketing viral. El youtuber es el nuevo dramaturgo que, condensando su creación en fragmentos de 3 minutos, expone su vida en una obra efímera que genera más dinero que cualquier obra de teatro.

Lo viejo se muere, Gramsci, y lo nuevo tarda en aparecer, pero en ese claroscuro los monstruos son tan terribles que dan ganas de plantar jengibre y vivir de su creciente demanda. ¿No ves acaso los vagones rellenos de pubescentes con las pestañas quemadas? Yo sí, los veo y los huelo, apestan a cable quemado, como los que les doblan la edad y han descubierto que el entretenimiento es más sencillo si se reduce a likes, retweets, posts chorra y fotografías de unas nuevas zapatillas con las que serán aceptados en su club de runners que fomenta el deporte a través del consumismo y no el deporte como huida hacia adelante.

El jengibre es picante pero entra bien. Una infusión antes de salir a la calle ayuda a respirar cuando la contaminación alcanza máximos. El resto es caminar.

Leer Marx tenía razón: Volumen 1 – Las Dalias

El peor de los mundos posibles

Syracuse vs. Texas, 1960 Cotton Bowl. Fuente: Robert W. Kelley—Time & Life Pictures/Getty Images

Syracuse vs. Texas, 1960 Cotton Bowl. Fuente: Robert W. Kelley—Time & Life Pictures/Getty Images

…son las historias que la gente quiere escuchar: fracasados que alcanzaron el triunfo y lo contaron. Y son demasiados, más de los que pensamos pero menos de los que se quedaron por el camino. Están por todas partes, rodeando nuestras vidas para recordarnos que ellos sufrieron, perdieron y lloraron más que cualquiera de nosotros. Nos gusta escucharles, escribirles, adorarles, subirles al estrado y aplaudirles por haber llegado hasta lo alto tras haber estado comiendo del suelo tantos años que podrían vivir de la desgracia hasta el fin de sus días.

El fracasado que triunfa convierte su pasado en algo rentable porque la desgracia es un producto que se vende solo: la derrota y la imagen del derrotado son tan románticas que algunos ejercen de fracasados sin serlo. Todos queremos ganar después de haber perdido; la gloria sabe mejor con sufrimiento previo. «La literatura alejó a Ernesto Sábato del suicidio». «Roberto Bolaño tenía un plan para quitarse de en medio si la vida se torcía demasiado». «Orhan Pamuk abandonó sus estudios a los 21 años para dedicarse a la literatura. Publicó su primera novela nueve años más tarde». «John Fante murió siendo un completo desconocido». Son frases que si fueran inicio de artículo atraparían al lector. Eso es porque adoramos la trama, el conflicto, las dificultades – a pesar de que odiemos vivirlas – y el lado cruel de la vida. Si menciono a William Faulkner, el alcoholismo, la locura y la enfermedad será lo más sonado, no que a lo largo de su vida fue mimado con premios y enriquecido semanalmente con 2000 dólares procedentes de la industria del cine, la responsable de elevar al fracaso como condición sin la cual no se puede triunfar.

Viene a mi mente el discurso ofrecido por el más admirado de los triunfadores con pasado fallido, Steve Jobs, a los estudiantes de Stanford que se graduaron en el año 2005. Con tono jocoso explica a la audiencia que, a diferencia de ellos, él nunca se graduó. «Es más. Esto es lo más cerca que he estado de una graduación», dice metiendo el dedo en la llaga antes de que el público suelte una risa simpática en lugar del insulto acorde a la situación, ya que Jobs en realidad está pensando: «Soy el fundador de una multinacional que os vende los ordenadores con los que habéis estudiado gracias a que vuestros padres constituyen un porcentaje ridículo de la población estadounidense capaz de pagar la matrícula de la universidad. Y yo pasé por aquí solo seis meses». Es un discurso magnífico porque en las entrañas conserva la necesidad del fracaso para alcanzar el triunfo, algo que gusta incluso a los que renegamos de ello. Es el sueño americano llevado al extremo, la envidia de un público ansioso por vivir una vida similar, pero que, llegado el momento de morder el polvo, prefiere cerrar la boca para no atragantarse.

El fracasado no existe porque no deja huella. Todos los considerados perdedores han triunfado para contarlo, y eso convierte a la desgracia en la esencia de la victoria. Si a Steve Jobs o a Orhan Pamuk les hubiese salido mal la estrategia de abandonar todo para perseguir un sueño, nadie sabría de ellos, por lo que su fracaso no existiría y serían unos completos (y felices) desconocidos. Eso no implica que el fracaso como tal no exista, sino que se manifiesta solo cuando se triunfa, ni siquiera cuando se muere (recuérdense las historias de John Fante y Kennedy Toole).

Hoy en día, en plena crisis del sistema, está surgiendo una corriente poseída por el espíritu optimista de Leibniz que me provoca náuseas. No es que sea un pesimista empedernido, pero sí lo reivindico en múltiples disciplinas como motor inspirador. Un ligero optimismo está bien para no perder el rumbo, pero el pesimismo ahonda en las miserias humanas y aflora el sentimiento de manera digna. Sin pesimismo no disfrutaríamos de tantas obras que hoy se alzan como pilares de nuestra cultura. Fueron los que se sentían presos en el peor de los mundos posibles los que hoy nos enseñan que esa visión no es novedosa, que es constante en el tiempo y, hasta cierto punto, romántica. Nos gusta el fracaso, sumergirnos en él y seguir viviéndolo aunque la vida se pinte de rosa y los querubines sonrían desde el cielo.

Dios morirá

14 julio, 2014 | Dios morirá  > Leer en Highway Magazine

Las tres Españas

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Llueve en Madrid sobre seco. A través de mi ventana observo cómo la lluvia crea una cortina que solo es apartada por la luz que desprenden las televisiones afincadas en los salones del vecindario. Caruso deja caer una furtiva lágrima que inunda mi cama y me recuerda que mientras algunos nadamos en un mar infestado de contradicciones, otros se acomodan en sus sillones para ser arrastrados por la corriente que la pantalla genera. A pesar de que cada sillón es diferente, pueden ser enmarcados dentro de tres grupos, los que conforman las tres Españas.

Un año transcurrió desde que finalicé mis estudios hasta que encontré un puesto de trabajo. Aunque ni un mes ha pasado desde aquel extraño suceso, ya la sensación que me transmite el recuerdo es la de un pasado lejano, agridulce e inquietante. Fue un periodo que, para bien o para mal, me obligó a disfrutar de un año sabático con el que muchos soñarían. Escribí cientos de folios que todavía no han visto la luz, corrí kilómetros y kilómetros (y más kilómetros) sin necesidad de huir, leí decenas de libros y reflexioné durante horas, días y meses para llegar a conclusiones fallidas que desmentían las reflexiones que las originaron. Y entre ese océano de inactividad activa, pensamientos y locuras varias, encontré un tiempo para sentarme frente a la televisión por primera vez en mi vida. Deseaba experimentar con la baba que se desliza bajo el labio inferior cuando una ráfaga de imágenes transmitidas a un ritmo epiléptico son proyectadas sobre la retina. No me avergüenza admitir que piqué (sin abusar) de diferentes programaciones para averiguar qué es lo que me había estado perdiendo durante tantos años. Descubrí que el periodismo ha muerto y es momento de que mi generación aniquile (intelectualmente hablando) a sus asesinos, que existe el mundo a las 12 de la mañana (también a las 3 de la madrugada), que las banalidades se sirven en Telecinco cuando hombres y mujeres (y viceversa) son expuestos como carnes en mercados, que la clave del saber reside en inyectarse Discovery Max hora sí y hora también y ver Saber y Ganar hasta el momento en que decides participar en el programa, que atrapar un millón es sencillo si apruebas un examen de analfabetismo y que la madrugada de la televisión es interesante pero solo está reservada para «un puñado de politoxicómanos insomnes».

Pero dejémonos de divagaciones que no arrojan luz sobre el tema a tratar: las tres Españas, que no son más que la fragmentación que la televisión ha generado en la sociedad. Por supuesto, esta división está basada en un análisis sesgado porque tampoco me interesaba pasarme días enteros delante de la caja tonta recopilando información. Tan solo es un acercamiento burdo y sensacionalista, como la propia televisión.

1.- La España del morbo

Cuando el último trabajador sale de casa, la programación televisiva vomita sobre jubilados y parados sucesos que crean una imagen irreal de España. El espectador matutino vive en un país de asesinos y violadores, donde el destino de Marta del Castillo podría ser el de tu hermana y José Bretón tu padre. Durante la mañana, pseudoperiodistas – encima osan llamarse «periodistas de investigación» – ofrecen exclusivas sobre los sucesos más morbosos, desde el crimen de Asunta hasta el ajuste de cuentas entre militantes del Partido Popular de León, para que la audiencia se entretenga como si estuviera viendo una cinta de cine B.

En un principio pudiera parecer que este segmento de la sociedad vive con miedo (y así, en teoría, debería ser), pero en realidad es consciente de que los casos de los que se hablan son aislados, por lo que el pánico es desplazado por el morbo de conocer lo innecesario.

El morbo mañanero es flanqueado por los enfermos imaginarios que se reúnen en el primero de los canales, y nos deja cuando el debate de los que se interrumpen añade algo de orden a la programación.

2.- La España de la fantasía

La tarde es aliñada con programas en los que el dinero fácil provoca en el espectador fantasías con las que tragar la mierda de vida que lleva. Aunque es cierto que no abarcan ni todas las horas ni todos los canales que algunos desearían, atrapar un buen fajo de billetes es la fantasía que se cuece en los salones de miles de hogares. El dinero caído del cielo como acto cotidiano hace suponer a muchos que es posible alcanzarlo, como cuando en Navidad la lotería lleva la felicidad a los afortunados que son presentados por los medios de comunicación como mayoría. Cambiarían las cosas si también dedicaran un espacio televisivo a todos los que no ganaron y llevan décadas apostando, o a otros que se dejaron cientos de euros en números y recibieron solo la insistencia que supone escupirles algo parecido a: «quien apuesta, gana».

Del querer ser millonario a atrapar un millón hay un paso, nada más; y es el de la vergüenza ajena. La cultura se muestra contradictoria porque es a los incultos a los que se les otorga la bandera del saber. Así luego confundimos la sal con el azúcar.

3.- La España de lo permitido

Tras un día de trabajo, encender la televisión mientras la cena cruza el gaznate es lo más parecido a la desconexión necesitada. Lo que triunfa a esas horas es el circo sin vergüenza y la crítica permitida, cuando no el cine basura o el concurso de comida rápida que no enseña nada, solo la trama. Todo queda dentro de los límites estipulados para que nadie se salga del guion marcado: cena y entretenimiento. Cierto es, y sería injusto no mencionarlo, que la crítica permitida abre caminos para que los espectadores investiguen en ellos si así lo desean, pero el cansancio puede con la inquietud, y así nos vemos asumiendo opiniones que no tendría por qué serlo.

Después de eso, se presenta una madrugada desconocida para la mayoría, no para los politoxicómanos de los que hablábamos al inicio. Así que esta vez me despido parafraseando al más querido y popular de los yonquis: «Voy a ser igual que vosotros. El trabajo, la familia, el televisor grande que te cagas, la lavadora, el coche, el equipo de compact-disc y el abrelatas eléctrico. Buena salud, colesterol bajo, seguro dental, hipoteca, piso piloto, ropa deportiva, traje de marca, bricolaje, teleconcursos, comida basura, niños, paseos por el parque, jornada de nueve a cinco, fumar, beber alcohol, lavar el coche, jerséis elegantes, navidades en familia, planes de pensiones, desgravación fiscal… Ir tirando, tirando hacia delante hasta el día que la palmes».

Lecciones de gimnasio: Cómo reducir una cabeza a la mitad

Una de cada cien personas que practica deporte en un gimnasio piensa, al menos dos veces por sesión, en la dificultad que implica reducir una cabeza a la mitad. No hay estudios que lo avalen, pero la experiencia personal así lo indica.

Fuente: fisicoculturismo-com.blogspot.com

Fuente: fisicoculturismo-com.blogspot.com

Aunque prefiero que se me reduzca la cabeza antes que pisar un gimnasio, aquí me hallo – sentado sobre una colchoneta mohosa, destruida por la operación verano y empapada en sudor hasta el punto de asemejarse a una esponja – por consejo médico y un afán irracional de superación, viendo como «jaurías humanas, tarugos en hordas, enjambres de amebas» levantan pesas concentrando todo el sufrimiento en sus cabezas rojas a punto de explotar por el esfuerzo que implica realizar lo absurdo. Unos impulsos nunca antes experimentados están a punto de obligarme a levantar la voz para citar a Lao-tsé a un chico que no alcanza la mayoría de edad. «Un viaje de mil millas comienza con el primer paso», young grasshopper. Le tiemblan los brazos, los bíceps parecen querer desprenderse del cuerpo al que están atados para no experimentar el inevitable desgarro que se va a producir. Me levanto con libreta en mano y le asesto un golpe certero en la cabeza. « ¿Sabes?», le digo con prepotencia. «Estoy viendo tu cabeza y quiero reducirla». Suelta la pesa y los bíceps lo agradecen con un suspiro que hace recapacitar al resto de levantadores de peso. « ¡Qué coño estás diciendo!», exclama dejando escapar unas gotas y gotitas de saliva que finalizan su trayecto en mi cara. «Lo que oyes, ameba», respondo. Me limpio la cara y le digo: « Necesito tu cabeza, un cazo con agua, jugo de liana, aceite de carapa, un puñado de arena, una aguja y un poco de hilo». Reviso las notas de mi libreta y añado: «También necesito una hoguera para ahumarla». Y dirigiéndome a la jauría del gimnasio grito: « ¡Vamos pequeños potros! Buscad yesca y palos que vamos a reducir la cabeza a este chaval». Sin esperar más órdenes salen a trote cochinero porque sus músculos les impiden moverse con agilidad. Me avergüenzo de mi equipo porque yo no levanto objetos pesados, pero sí corro más rápido que ellos (y mejor y durante más tiempo y apenas sin cansarme a no ser que me pele las rodillas contra una piedra o no tenga agua o comida si el trayecto dura varias horas bajo el sol). El sujeto al que vamos a someter a una reducción de cabeza me mira y me suplica que no lo haga, que ya tiene suficiente con suspender todas las asignaturas menos religión y gimnasia como para que le reduzcamos la «quijotera».

(No me gustaría continuar con mi macabra experiencia sin antes mencionar que la víctima no fue escogida al azar. Me dieron rabia sus músculos prematuros y la forma que tenía de mirarse al espejo como si el volumen de ellos hubiese sido obra suya y no del bote de esteroides que a escondidas de sus padres engulle para lucir dorsales y trapecios y bíceps y pectorales durante las dos horas de gimnasia escolar)

Le sugiero que se calle y me deje revisar la receta mientras mi equipo improvisado de shuar – no jíbaros, ¡joder! Hasta la Wikipedia apunta que llamar a la tribu de los shuar jíbaros es de mala persona. Un poco de respeto aunque les hayamos molido a palos durante 500 años – va en busca de leña. Por suerte, el gimnasio fue edificado en medio de un parque con espectaculares caminos, árboles, explanadas verdes y un par de lagos donde se puede practicar piragüismo, así que la dificultad para encontrar ramas y ramitas de árboles es nula.

Tras una hora de espera junto al afortunado que va a tener una cabeza nueva, oigo unos pasos que se acercan a la puerta del gimnasio. Son los musculados, y van cargados con palos, yesca, árboles, trozos de césped, piedras, arena y un mechero. Les ordeno que hagan una circunferencia con las piedras para poder colocar, siguiendo un esquema piramidal, las ramas y la yesca. « ¡Estupendo!», les grito cuando el trabajo esta hecho. «Ahora solo tenemos que quitarle la cabeza, reducirla y volvérsela a coser». Saco la libreta y leo en voz alta los pasos a seguir:

1.- Cortar la cabeza.

2.- Desechar el cerebro, los ojos y las partes blandas.

3.- Meter en agua junto al jugo de liana aproximadamente durante 15 minutos. Esto evitará que se caiga el pelo. Si transcurridos 15 minutos no se saca del agua, se ablandará demasiado y la cabeza será inservible.

4.- Secar al sol.

5.- Raspar la piel por dentro para quitar restos de carne. Conseguimos así evitar el mal olor y la putrefacción.

6.- Frotar con aceite de carapa.

7.- Coser ojos, boca y nuca hasta que la cabeza tenga forma de bolsa. Rellenarla con arena.

8.- Se cuelga sobre el fuego y se le da forma al cuero.

9.- Una vez que la cabeza esté seca, se tiñe del color que más guste.

10.- Coserla al resto del cuerpo.

El equipo de energúmenos grita, patalea y me exige que comience la tortura. La víctima comprueba que sus músculos no sirven de nada cuando la masa pide su cabeza. En ese momento de éxtasis, me retiro a la colchoneta y medito sobre lo sucedido. Anoto lo que estoy anotando y en cuanto escribo «anoto lo que estoy anotando» guardo la libreta en la mochila. Fue entonces cuando me dejé llevar y me convertí en uno más de ellos. Lanzaba gotas y gotitas de saliva como ellos. Sudaba como ellos. Levantaba pesas en señal de triunfo como ellos. Repetía las consignas como ellos. Me miraba en el espejo como ellos. Y en ese mar de comparaciones, me di cuenta de que no teníamos cuchillo para rebanarle el pescuezo. Tendríamos que esperar hasta la Edad del Hierro para poder sucumbir en un único grito de victoria alienada. Los cánticos dejaron de amenazar y la calma volvió a reinar entre las máquinas.

11.- ¡Exponed el trofeo!

12.- ¡Gritad!