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Nos morimos de risa

30 noviembre, 2014 | Nos morimos de risa > Leer en Blablaquark

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En la frente de Art Garfunkel podría escribirte este post

Art Garfunkel, 1975

La señora que canta en el transbordo de Diego de León lleva haciendo lo mismo al menos ocho años. Escoge la esquina con mejor sonoridad del pasillo que une la línea 6 con el resto de líneas del transbordo (la línea 5 y la línea 4) y canta en bucle no más de tres temas del estilo: «Si nos dejan haremos de las nubes terciopelo. Y ahí, juntitos los do(u)s, cerquita de Dios, será como soñamos» o «Left its seeds while I was sleeping/And the vision that was planted in my brain/Still remains/Within the sound of silence», esta última con un inglés que despista e incita a pensar que podría ser Kaixana porque tan sólo es posible entender que está destrozando The Sound of Silence por la ligera entonación que regala a los viajeros de metro de 8 a.m. a 8 p.m. Es triste. Es muy triste que una persona tenga que permanecer los siete días de la semana en una esquina subterránea para ganar no más de 30 euros al día mientras por su lado desfilan distintos rebaños según la hora y el día. A veces la he visto sola, sentada sobre su amplificador de 50W y con menos ganas de cantar que yo de caminar por esa interminable tubería que conecta con un cruce de miradas inolvidable por la casualidad que sólo hoy es comprendida. La he visto crecer, como quien dice de los niños, en su esquina, no evolucionar musicalmente pero sí corporalmente: más gorda por la escasa movilidad de su trabajo y más vieja y con más canas por una vida que seguro nunca deseó vivir. La he visto, y no miento, enamorarse de otro músico de metro con pelo corto que ahora es largo, barriga cervecera y mirada de ternura cuando espera a que ella termine la jornada para irse a casa juntos. Lo más seguro es que no tengan casa, ni siquiera una de esas miles que están vacías y huelen a rancio porque la novedad se convirtió en abandono, y que el camino a casa sea el camino del metro a la habitación alquilada y la ternura de las miradas se convierta en dolor por la certeza del futuro que no esperan.

Simon and Garfunkel tocaron en Central Park en 1981 ante miles de personas. El concierto fue presentado por el acalde de Nueva York, Edward I. Knoch, un personaje del que es difícil recabar información que no esté relacionada con su orientación sexual o su ferviente fe judía. Era homosexual, daba su opinión cuando le daba la gana y se convirtió en una celebridad televisiva. Su fama quedó plasmada en la película Batman (1989), cuando Lee Wallace interpretó a un alcalde de Gotham inspirado, dicen, en el propio alcalde de Nueva York. También una lápida con su nombre y el epitafio « Intensamente orgulloso de su fe judía» en un terreno del cementerio de la Iglesia Trinity en Manhattan dan testimonio de que existió a pesar de aparecer poco en el buscador de Google, ése que todo lo ve menos el escándalo que es que un ex alcalde pague 20.000 dólares por una parcela donde descomponerse, cifra que mi querida cantante de Diego de León tardaría en reunir alrededor de 670 días, siempre y cuando no descansase ni un solo día durante dos años y obtuviese 30 dólares diarios por versionar a Simon and Garfunkel que, como mencioné al inicio del párrafo, tocaron en el Central Park después de que Edward I. Knoch les presentase.

Sucedió así.

Ladies and gentlemen. Simon and Garfunkel. Es todo lo que aporta el alcalde.

(Aplausos)

Y de repente, de una caseta que debió ceder un granjero de Kentucky aficionado al rifle, salen Simon and Garfunkel (no sé quién lo hace primero porque para mí, a pesar de sus evidentes diferencias físicas, constituyen un sistema indivisible, por lo que desde que comencé a escribir el post no sabía si utilizar el singular o el plural para denominarle(s), además de que no es Simon y Garfunkel, sino Simon and Garfunkel, diferencia que tergiversa el problema) como dioses recién llegados a la Tierra. El que está más cerca del suelo camina como si fuera un sex symbol, gustándose demasiado por llevar la guitarra colgada al hombro, y el más alto lo hace dejando claro que su movimiento de cadera es más sutil y caballeresco que el de Elvis, pero menos transgresor. Comienza Simon a tocar la guitarra lanzando su ego contra un público obnubilado por la presencia de sus ídolos y le acompaña un Garfunkel con más frente que estilo en el baile. Por momentos el ridículo está servido si eres un espectador del futuro, no si formas parte de la masa que disfrutó de algo realmente grande. Ahora nos reímos porque tenemos artistas de más categoría y estilo, como Gemeliers, The Vamps o Pitbull, y no nos amontonamos en parques para ver a dos sosos con una guitarra que huelen las nubes y cantan al silencio.

Cada vez que veo un concierto en internet me fijo en la forma de interactuar del grupo con el público, en sus palabras, en sus gestos y en la dilatación de las pupilas de los ojos de cada uno de los miembros. Simon and Garfunkel no parecían tener problemas con las drogas, o al menos su comportamiento no les desnudó en directo. Aunque tengo mis dudas cuando llega el momento de regalar – porque es un regalo a la humanidad, a pesar del motor que lo inspiriró – The Sound of Silence y la mandíbula de Simon se desencaja de la emoción. Algo llamativo del comportamiento del público es que permanece en silencio. Sí, en silencio. Es común asistir a un concierto a escuchar música y cantar sobre la voz del cantante, incluso, me parece a mí, se intenta por encima de los límites humanos como queriendo arrebatar el puesto de líder al vocalista para concentrarte en tu sonido, el que emites tú en disonancia con el grupo. En el Central Park no sucedió. Simon y su guitarra, y Garfunkel y… son escuchados por una multitud que ansía silencio. Nada parece preparado. Ellos son reales, su público también. La música es limpia, fina y segura, y la noche les pertenece.

Llego tras el amanecer y regreso con el anochecer. Una esquina. Otra más. Escaleras, vagones y una uña postiza cae al suelo provocando un insoportable estruendo para mis oídos. Cierro el libro y camino buscando la esquina. Ella tiene que estar allí, como cada día, cantando para nadie, reventando el silencio del transbordo por una moneda. Son ocho años viéndola en el mismo lugar. Ocho años de idas y venidas y de Simon and Garfunkel y de silencios con sonidos. Ella nunca compondría una canción para un presidente asesinado.

Gris oscuro casi negro

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Ya es la tercera vez. Almanzor y Galana, tan elegantes y aéreos que a veces enfurecen y escupen al que intenta alcanzarlos. En verano son diferentes, y yo también, y las rocas de allí también lo son porque huelen a hace dos años y uno. Es un circo con animales salvajes y yo corro entre ellos, acompañado de una sombra que sonríe y se asusta de las cabras y de la noche a la intemperie. Dice que las cabras te pueden comer si no duermes bajo techo; yo me rio y entonces ella desaparece y solo la luna ilumina el camino. Me despierto a quince metros de la Galana, posando ante una cámara que retrata una cumbre con sabor amargo. Pero no importa porque allí aparece la sombra y sonriendo me dice que nadie puede alcanzarnos porque somos libres y estamos solos. Nos reímos pero a mí me cuesta porque sé que en cuanto desaparezca el sol las sombras se irán y yo volveré a dormir a solas con la luna y las estrellas del firmamento. Entonces tendré que esperar a que el sol vuelva a salir. Y la espera me provoca sed y un obligado punto y aparte.

Algunos pensarán que no tiene sentido obsesionarse con una sombra cuando en cualquier lugar del mundo las puedes encontrar. Claro, hay muchas, y cada uno tiene una que le sigue, pero no siempre. El ruido que provoca la mía al amanecer delata que no es una ignorante. Sabe que necesita a la otra que le acompañó cuesta arriba (y cuesta abajo), cuando las mochilas pesaban tanto que un suave balanceo provocaba una caída. Las cabras a la vuelta comían de la mano de una chica obsesionada con domesticar lo salvaje. Detrás de mí llegaba el anochecer y una sombra que cojeaba porque el sol ya no la perfilaba. A pesar de la cojera seguía igual de bonita y esbelta, luchando contra la noche que le iba a robar las fuerzas. En ese momento quise atarla a mí para que nunca me dejara solo en el camino que ya llevaba su nombre.

Salto de continente para comprar agua de coco a un señor que pasea día tras día por una playa destruida. Me refresca el agua que nunca compré. Miro a mi alrededor y no hay nadie, ni siquiera un sol que ilumine las formas para crear sombras. ¿Por qué allí no está? Allí estaba. Allí había animales horribles que me impedían dormir. Al lado del agua jugaba mi sombra y el sudor de mi frente caía sobre un libro de historias trágicas con final feliz. Yo también caía sobre el suelo lanzado por una hamaca. Eso provocaba risa.

Volverá el otoño, y septiembre y octubre. Entonces la caída será la de un tobogán porque hará frío y será de noche y el gris del cielo impedirá a las sombras acercarse a mí. No importa; siempre ha sido así, como este texto libre que no quiere ser corregido.

Crónica escueta de una derrota

Siempre hay que dar la cara, más cuando se pierde. En este caso no ha sido una derrota humillante pero he perdido. Presenté este blog a la segunda edición del concurso Blog Literario 2013 organizado por la Asociación de Escritores en Lengua Castellana (ASELCA)) cuando apenas quedaba un mes para cerrar la inscripción. Necesitaba vuestros votos para estar dentro de lo veinte primeros y así fue, gracias a los que me votasteis me clasifiqué para la siguiente ronda, en la que un jurado escogería a los ocho mejores. Cuando casi me había olvidado del concurso, vi una noticia en la web de ASELCA: el jurado había decidido que Ruta 142 se clasificara para la siguiente ronda junto a otros siete blogs. Finalmente, decidió que dos blogs pasaría  a la final, entre los que éste ya no estaba.

Pero bueno, no vengo a hablar de mí ni a regodearme en mi derrota, sino a dar publicidad al que ayer se proclamó ganador, Percepciones de la ignorancia. Desde que lo vi le consideré el mejor rival. Creo que el jurado ha sabido escoger con acierto y gusto, lo digo por la estética: un diseño psicodélico que llama la atención e invita a curiosear. Espero que el autor, Rodrigo Valla, motivado por el premio, actualice de forma frecuente su espacio y nos permita a los lectores disfrutar de él.

Porno literario

Entrada publicada en mi anterior blog el 31 de agosto de 2012.

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Añoro esos tiempos en los que nos sentábamos a la mesa mientras alguien leía la nueva entrega de “David Copperfield”. ¡Calla!, que no oigo la tele.

Millones de personas a la misma hora se sientan delante de un aparato que proyecta imágenes sobre la retina del espectador. Familias enteras – que no se han visto en todo el día – mantienen un inquietante silencio mientras escuchan con atención a un desconocido hablar desde ese aparato. Cuando la cena ha sido engullida, los viejos se sientan en un sillón y siguen mirando la caja mientras los más jóvenes se esconden en sus madrigueras y encienden diversos aparatos encargados de ponerles en contacto con gente que también posee esos aparatos. El mundo está conectado a la vez que desconectado. Ellos son felices, se emocionan cuando su interlocutor les envía un emoticono. Los sentimientos han sido empaquetados. Les gusta.

Al día siguiente, la familia sale de casa. Los mayores marchan en coche escuchando la radio en silencio, porque son educados y saben que mientras uno habla el resto calla. Los jóvenes viajan en metro enganchados a un aparato que, a las 7 a.m, les sigue manteniendo en contacto con personas que van a ver en pocos minutos. Les miro. Levanto la mirada por encima de mi libro (no electrónico, porque soy gilipollas y sigo pensando que existe un vínculo entre el papel y el lector) y escupo al primero que tengo delante. Con ligereza, el ser escupido se limpia la saliva que ha ido a parar a sus labios. Después me pide mi número de móvil. Se lo doy. Al cabo de unos segundos recibo un sms del ser escupido que dice: “ijo d la grn puta”. Como no tengo saldo y, por tanto, no puedo emprender una batalla virtual, le lanzo mi ejemplar de “Guerra y Paz” a la cara. El ser escupido se asusta. Tira de la palanca de emergencia. Las puertas se abren. Él huye y yo me río.

Cuando llego a mi lugar de destino, un compañero me dice que he sido TT en Twitter con el hashtag #hijodePutadelmetro. Al parecer, algún cibernauta ha grabado la escena del metro y la ha subido al youtube. Estoy siendo sometido a un juicio virtual.

El gobierno, presionado por la repercusión mediática que está teniendo mi arrebato subterráneo, ha decidido censurar el libro “Guerra y Paz” por incitar a la violencia. Todas las librerías de la ciudad lo están quemando. La población, asustada, busca en sus estanterías un maldito ejemplar de “Guerra y Paz” para tirarlo a la basura.

Por la tarde soy detenido, llevado a comisaría, encerrado en un calabozo y dejado en libertad sin cargos al cabo de dos días. Salgo de la comisaría. Camino. Llego a una librería y pido un ejemplar de “Guerra y Paz”. El empleado me informa que ese libro ha sido censurado por orden del gobierno. Le pido cualquier otro libro. Me dice que no hay libros, que han quemado todos. Le digo que estoy en una librería, que tiene que tener algo, aunque sea la mierda laminada de Dan Brown. No, no hay libros, me dice. ¿Qué tiene?, pregunto. Me contesta que porno literario. ¿Qué es eso?, pregunto sin ocultar mi ignorancia. El empleado saca una caja parecida a un televisor y me invita a meter la cabeza en ese cubículo. Cuando la tengo dentro, el empleado pulsa un botón. “On”. Imágenes estridentes me golpean la cabeza durante unos minutos. Cuando no puedo más, saco la cabeza y le digo que ha sido espectacular. ¿Te ha gustado?, me pregunta. Ya lo creo, le digo, he  disfrutado de todas las sensaciones que me transmite una novela en un par de minutos. Compro ese trasto y me lo llevo bajo el brazo. Cuando llego a casa lo tiro por la ventana. Acto seguido cojo un libro de mi estantería. Se llama “Fahrenheit 451”. Dicen que es ciencia ficción.

Lucha Libro: Campeonato de Improvisación Literaria

Logo Lucha Libro

Logo Lucha Libro

¿A quién no le hubiera gustado ver un enfrentamiento entre Bukowski y Hemingway en el ring? Dos pesos pesados de la literatura encerrados en el cuadrilátero midiendo la fuerza de su puño y letra.

Corría el año 2002, Christopher Vásquez quería publicar su primer libro pero no encontraba editorial, sólo imprentas. Pensó que otros escritores noveles se encontrarían en su situación, por lo que ideó un atractivo concurso para captar nuevos talentos. Se trataba de enfrentar en un ring a dos escritores-luchadores para que cada uno desarrollara en cinco minutos una historia con tres elementos escogidos por el jurado. Los escritores – cuyo rostro iría cubierto por una máscara de lucha mexicana – se posicionarían frente al público y el jurado, siendo sus únicas armas los ordenadores en los que plasmarían el relato. La tensión estaría asegurada gracias a la pantalla que a sus espaldas iría reproduciendo a tiempo real lo que en sus ordenadores escribieran. El ganador pasaría a la siguiente ronda, mientras que el perdedor, humillado al ser despojado de su máscara, tendría que abandonar el ring. En la última de las rondas, el vencedor podría alardear ante su público de haber vapuleado al resto de contrincantes con el fin de ver publicados sus relatos.

Un escritor-luchador.

Un escritor-luchador.

La idea quedó olvidada en un cajón hasta el año 2010, cuando la mujer de Christopher Vásquez, Angie Silva, le incitó a continuar con ella. La originalidad del evento arrastró a decenas de personas a la primera edición, celebrada en un pequeño café de la capital peruana. Y el éxito de las sucesivas veladas de Lucha Libro sobrepasó las fronteras de Perú hasta llegar a Canarias, en donde se celebrará esta noche el primero de los dos espectáculos de la segunda edición de Lucha Libro Canarias.

Liebster Award para Ruta 142

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Los premios Liebster Award  son dados por otros blogueros a blogs que acaban de empezar o tienen pocos seguidores. Por ello, quiero agradecer a Palabra de Lost por haberme nominado a dichos premios.

Las reglas son sencillas (se pueden consultar al final de la entrada). Se trata de responder a las preguntas que lanza el bloguero que te ha nominado para después nominar a otros blogs y hacerles nuevas preguntas.

Las preguntas que se me han hecho son las siguientes:

Si volvieras a nacer, ¿qué te gustaría ser?

Me gustaría ser lo mismo que soy. No cambiaría nada de mi pasado.

¿Qué te motivó a iniciar un blog?

El aburrimiento que me producía continuar con mi antiguo blog (A golpe de pluma). Tenía nuevas inquietudes que no tenían cabida en él. Había que renovarse.

¿Barajaste otros nombres para el blog antes de decidir el que tiene? 

Un par que ya no recuerdo. Ruta 142 llegó tras leer y ver una película (Into the Wild).

¿Qué aficiones tienes en tu vida offline?

Creo que se pueden averiguar leyendo las entradas del blog (leer, viajar, escuchar música, correr, la montaña…)

Si le pregunto a la gente que te conoce bien, ¿qué me dirían de ti?

No lo sé. Nunca les he preguntado qué piensan de mí 🙂

¿Cuáles son tus redes sociales favoritas?

No uso redes sociales. (Twitter no es una red social).

¿Una frase o mantra que te ayude o inspire mucho?

No tengo frases o mantras inspiradoras. Recurro a imágenes o momentos imaginarios o vividos. También a canciones.

¿Cómo ves tú blog dentro de dos años?

Cerrado. Me habré cansado de él. Tendré uno nuevo o no tendré …dependerá del tiempo libre. Uno de mis defectos es que me canso de las cosas a la misma velocidad con la que me apasionan.

¿Crees en la vida después de la muerte? ¿Qué piensas de eso?  

Creo en la vida antes de la muerte.

¿Qué comerías en tu cena ideal?

Pizza de cebolla, queso y plátano.

¿Cuales son tus autores favoritos? (He modificado un poco la pregunta porque no podía contestar un sólo nombre)

Orhan Pamuk, Philip Roth, José Saramago, Charles Bukowski, Frank Kafka y Lev Tolstoi.

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Me voy a saltar un poco las reglas y en vez de lanzar once preguntas a once blogs nominados, sólo preguntaré tres a tres blogs (no sigo blogs que cumplan las condiciones de los premios. La mayoría tienen muchos seguidores o llevan un tiempo escribiendo).

¿Qué te motivó a iniciar el blog?

¿Cuáles son tus escritores de referencia?

Si tuvieses que elegir otra época para vivir, cuál sería. 

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Blogs nominados:

El blog de Chema: Pequeñas crónicas del día a día. Antes desde España, ahora desde Brasil.

El café de Nicanor: Historias del día a día desde Cuba.

Mi reloj de arena: Es el blog de mi hermana, donde podrás encontrar de todo, desde películas a manualidades, pasando por tiendas de moda o canciones.

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Yo venía a hablar de Philip Roth pero una máscara me distrajo

La historia es nuestra y la hacen los pueblos

Salvador Allende (1908 – 1973)

Ahora mismo, una máscara maya mexicana apoyada sobre mi escritorio no deja de mirarme. Me exige que empiece una entrada que poco tiene que ver con ella. Lo cierto es que yo venía a hablar de Philip Roth, en especial de su novela La conjura contra América, que, para rizar más el rizo, compré en México para gastar hasta el último peso que tenía. Era una mañana calurosa de julio, el último día de un largo viaje que empezó en Ciudad de México, avanzó para el norte y acabó por el sur, en una playa paradisiaca para los mosquitos, los únicos que podían disfrutar de la noche y las estrellas. De aquel lugar me llevé decenas de picaduras, una conversación con el matón de la región (un pizzero llamado Nabor que, aparte de regentar una pizzería, se había dedicado a salvar vidas en el mar al tiempo que acababa con otras en la tierra, o algo así me contaron), una ardua lucha contra un escorpión y un pequeño momento de gloria al sacar a un anciano del agua (después hubo que rescatar su dentadura postiza de entre las bravas aguas del Pacífico). Poco más puedo destacar de aquel paraíso convertido en infierno en el que mi única actividad consistía en matar mosquitos con una mano mientras con la otra sostenía David Copperfield, la Novela – con mayúscula – de Charles Dickens. David Copperfield fue su hija predilecta, unas magníficas notas autobiográficas convertidas en novela…Una losa perfecta para cargar en mi mochila. No se me ocurrió mejor idea que trasladarla hasta el lugar más remoto de mi mundo después de haberla comprado hacía un par de años en otra calurosa mañana de mayo en Madrid. Me escapé de la facultad y compré aquel libro con la certeza de que algún día lo leería. Aquel año en la facultad no fue especialmente bueno, pero leí unos cuantos libros que me hicieron olvidar el asco que me producía pisar los pasillos y las clases. Uno de ellos fue El pecho, de Philip Roth. Fui a la biblioteca de mi barrio con la idea de sacar un libro de Joseph Roth pero acabé llevándome conmigo a otro Roth. Tres años y medio después, puedo decir – sin apenas reírme – que le considero una referencia en mi vida, algo así como un mesías omnipresente, un perverso e indómito escritor que aparece en mi rutina de mes en mes, como sucedió en julio, cuando leí La conjura contra América mientras viajaba como un poseso de norte a sur y de abajo a arriba buscando las mejores vistas de la región.

Philip Roth en 1968. Fotografía: Bob Peterson/Time Life Pictures

Philip Roth en 1968. Fotografía: Bob Peterson/Time Life Pictures

Para situarnos en el contexto histórico-ficticio: Estados Unidos, 1940. Charles Lindbergh gana a Franklin D. Roosevelt en las presidenciales. Este último, partidario de combatir contra los nazis pierde popularidad, y el otro, simpatizante de Hitler y con una política aparentemente antibelicista, se gana al pueblo estadounidense. La persecución a los judíos se convierte en una realidad.

Con ese argumento histórico deformado, Philip Roth imagina cómo hubiera vivido su familia en Newark, New Jersey. El miedo, la preocupación por el futuro del país, la discriminación, la desestructuración de la familia, los asesinatos o el racismo, son algunos de los aspectos que trata desde el punto de vista de un niño que ve cómo su familia convive con el temor a ser perseguida.

En un fragmento, el padre de Philip le recuerda que la historia no sólo son los grandes acontecimientos, las fechas de inicio o fin de las guerras, o las derrotas o triunfos presidenciales. La historia, le dice a Philip Roth, está en la calle, en las casas de las personas, en los colegios y los trabajos. La historia, al fin y al cabo, la tejemos los que no tenemos nombre.