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Gabriel Zaid

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En busca del tiempo invertido

Librería. París, 1943.

Librería. París, 1943.

Hay algo que me angustia, que me impide dormir, comer y salir a la calle. Hay algo que me aporrea la cabeza «tac tac tac» día y noche y día y noche y día y noche. Son los libros olvidados, los que fueron escritos pero no leídos ni vendidos. No me refiero a los que quedaron en el cajón de la escritora a la que su tiempo obligó a dejar la pluma para lavar los calzoncillos de su marido, sino a todos esos que fueron publicados – y son publicados – pero estuvieron – y estarán – condenados al olvido. Libros olvidados, con polvo sobre el lomo y cubiertas rajadas por el tiempo. Libros que fueron escritos por personas que dedicaron un tiempo de su vida al arte de la creación y dejaron un grano de arena en una playa inmensa, cada vez más extensa.

Más que llorar por la imposibilidad de buscar el tiempo perdido, lloraría por el castigo que supone publicar más de lo que se puede leer. Dejando a un lado los retales, hay obras que merecen unas horas de nuestro tiempo. Tengo datos apuntados desde hace meses pero no me apetece aburrir ni ser riguroso. Referencias se pueden encontrar en Los demasiados libros, de Gabriel Zaid; y el consuelo en Cómo hablar de los libros que no se han leído, escrito por Pierre Bayard.

Se escribe más de lo que se lee, lo que supone el nacimiento prematuro de los escritores y la muerte progresiva de los lectores. Un artículo lo alertaba: (Islandia) El país donde una de cada diez personas publica un libro. Se trata de una pésima noticia para aquellos que no contemplamos la idea de que el 10% de la población sea capaz de escribir al nivel que las editoriales deberían exigir para que los que queremos abarcar con rigor podamos dormir, comer y salir a la calle sin el castigo que supone pensar en el poco tiempo que se tiene para hacer lo que se quiere. Si uno de cada diez escribe un libro, significa que por cada millón de habitantes se publican 100000. Suponiendo que se invierte alrededor de dos años en escribir, revisar y publicar un libro, los habitantes del país del millón de habitantes tendrían que leer 50000 libros al año para cubrir la oferta (aproximadamente 137 libros al día, es decir, cinco libros y medio a la hora). Evidentemente, es imposible. La solución pasa por el olvido de la mayoría que, o bien son malos, o no han tenido la atención necesaria para salir del montón.

Aunque me preocupa la idea de que las editoriales puedan desechar obras que podrían merecer una lectura, no puedo equiparla a la angustia que me corroe cuando soy consciente de que cada vez se publica más y mejor (también más y peor, pero eso es un problema medioambiental, no cultural). Es un suplicio someterme a la tortura que es dar una vuelta por una librería con el reloj vacío de tiempo. Si se quiere leer bien – o por épocas, estilos o autores – las horas transcurren más deprisa que en el mundo de la moda literaria. Si es pretensión del lector imaginarse el mapa de la literatura, no basta con leer una sola novela de cada escritor. ¿Crimen y castigo permite comprender la obra completa de Dostoievski? El lector habitual puede pasar por ese libro y maravillarse (o no), pero el que no cree en la lectura como pasatiempo no puede ni debe conformarse con eso.

La angustia de la que hablo tiene por base la finitud de la vida en contraste con la infinitud de la literatura. Puede tener un desenlace coherente (leer solo la piezas que formarán parte del puzle final) o drástico (volver una y otra vez a lo leído sin aventurarse en nuevos títulos). Ambas me parecen comprensibles. Yo, de momento, sigo intentando abarcar lo imposible con la misma inocencia del que cree que vivirá eternamente.