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Orhan Pamuk

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El peor de los mundos posibles

Syracuse vs. Texas, 1960 Cotton Bowl. Fuente: Robert W. Kelley—Time & Life Pictures/Getty Images

Syracuse vs. Texas, 1960 Cotton Bowl. Fuente: Robert W. Kelley—Time & Life Pictures/Getty Images

…son las historias que la gente quiere escuchar: fracasados que alcanzaron el triunfo y lo contaron. Y son demasiados, más de los que pensamos pero menos de los que se quedaron por el camino. Están por todas partes, rodeando nuestras vidas para recordarnos que ellos sufrieron, perdieron y lloraron más que cualquiera de nosotros. Nos gusta escucharles, escribirles, adorarles, subirles al estrado y aplaudirles por haber llegado hasta lo alto tras haber estado comiendo del suelo tantos años que podrían vivir de la desgracia hasta el fin de sus días.

El fracasado que triunfa convierte su pasado en algo rentable porque la desgracia es un producto que se vende solo: la derrota y la imagen del derrotado son tan románticas que algunos ejercen de fracasados sin serlo. Todos queremos ganar después de haber perdido; la gloria sabe mejor con sufrimiento previo. «La literatura alejó a Ernesto Sábato del suicidio». «Roberto Bolaño tenía un plan para quitarse de en medio si la vida se torcía demasiado». «Orhan Pamuk abandonó sus estudios a los 21 años para dedicarse a la literatura. Publicó su primera novela nueve años más tarde». «John Fante murió siendo un completo desconocido». Son frases que si fueran inicio de artículo atraparían al lector. Eso es porque adoramos la trama, el conflicto, las dificultades – a pesar de que odiemos vivirlas – y el lado cruel de la vida. Si menciono a William Faulkner, el alcoholismo, la locura y la enfermedad será lo más sonado, no que a lo largo de su vida fue mimado con premios y enriquecido semanalmente con 2000 dólares procedentes de la industria del cine, la responsable de elevar al fracaso como condición sin la cual no se puede triunfar.

Viene a mi mente el discurso ofrecido por el más admirado de los triunfadores con pasado fallido, Steve Jobs, a los estudiantes de Stanford que se graduaron en el año 2005. Con tono jocoso explica a la audiencia que, a diferencia de ellos, él nunca se graduó. «Es más. Esto es lo más cerca que he estado de una graduación», dice metiendo el dedo en la llaga antes de que el público suelte una risa simpática en lugar del insulto acorde a la situación, ya que Jobs en realidad está pensando: «Soy el fundador de una multinacional que os vende los ordenadores con los que habéis estudiado gracias a que vuestros padres constituyen un porcentaje ridículo de la población estadounidense capaz de pagar la matrícula de la universidad. Y yo pasé por aquí solo seis meses». Es un discurso magnífico porque en las entrañas conserva la necesidad del fracaso para alcanzar el triunfo, algo que gusta incluso a los que renegamos de ello. Es el sueño americano llevado al extremo, la envidia de un público ansioso por vivir una vida similar, pero que, llegado el momento de morder el polvo, prefiere cerrar la boca para no atragantarse.

El fracasado no existe porque no deja huella. Todos los considerados perdedores han triunfado para contarlo, y eso convierte a la desgracia en la esencia de la victoria. Si a Steve Jobs o a Orhan Pamuk les hubiese salido mal la estrategia de abandonar todo para perseguir un sueño, nadie sabría de ellos, por lo que su fracaso no existiría y serían unos completos (y felices) desconocidos. Eso no implica que el fracaso como tal no exista, sino que se manifiesta solo cuando se triunfa, ni siquiera cuando se muere (recuérdense las historias de John Fante y Kennedy Toole).

Hoy en día, en plena crisis del sistema, está surgiendo una corriente poseída por el espíritu optimista de Leibniz que me provoca náuseas. No es que sea un pesimista empedernido, pero sí lo reivindico en múltiples disciplinas como motor inspirador. Un ligero optimismo está bien para no perder el rumbo, pero el pesimismo ahonda en las miserias humanas y aflora el sentimiento de manera digna. Sin pesimismo no disfrutaríamos de tantas obras que hoy se alzan como pilares de nuestra cultura. Fueron los que se sentían presos en el peor de los mundos posibles los que hoy nos enseñan que esa visión no es novedosa, que es constante en el tiempo y, hasta cierto punto, romántica. Nos gusta el fracaso, sumergirnos en él y seguir viviéndolo aunque la vida se pinte de rosa y los querubines sonrían desde el cielo.

Ejercicio práctico para lectores nostálgicos

William Faulkner, 1943. Revista Life.

William Faulkner, 1943. Revista Life.

Con la llegada de los cielos grises de otoño, llega también el recuerdo de Orhan Pamuk. La asociación se hace inevitable por tiempo que pase, más cuando los vientos frescos me traen los momentos – tanto buenos como malos – que pasé leyendo (y releyendo) algunos de sus libros.

Al hilo de lo que comentábamos en entradas pasadas (¿El tamaño importa? De Jonah Falcon a Diógenes y Hermann Hesse hablando de tamaños), Orhan Pamuk reflexiona sobre las bibliotecas personales en su libro Otros colores:

Leer bien no consiste en pasar despacio y cuidadosamente la mirada y la lógica sobre un texto, sino en sumergir el alma en su interior. Es por eso por lo que nos enamoramos de un número tan reducido de libros a lo largo de nuestra vida. Y la mejor biblioteca personal debería ser la compuesta por ese número de libros reales que sienten celos unos de otros. Los celos entre esos libros alimentan al autor creativo con una especia de tensión. Muy razonablemente, Flaubert nos dice que si uno lee con atención diez libros será un gran sabio. Como por lo general la gente es incapaz de hacer ni siquiera eso, reúne libros y presume de su biblioteca.

Tras esta lectura, invito a apuntar en un papel los libros (no importa si es uno o son veinte) clave de tu vida. Evidentemente, no es lo mismo para una persona de veintitantos (como es mi caso) que para una de ochenta…pero el ejercicio imagino que resultará igual de gratificante para ambos.

Haciendo caso a Pamuk, mi biblioteca personal tendría que estar formada por los siguientes once libros:

  1. La historia interminable, Michael Ende
  2. Robinson Crusoe, Daniel Defoe
  3. Qué es la teoría de la relatividad, Lev Landau y Yuri Rumer
  4. Los miserables, Victor Hugo
  5. Diálogos sobre la religión natural, David Hume
  6. El capital,  Karl Marx
  7. El hombre duplicado, José Saramago
  8. Se busca una mujer, Charles Bukowski
  9. El museo de la inocencia, Orhan Pamuk
  10. El castillo, Frank Kafka
  11. El animal moribundo, Philip Roth

No me ha costado seleccionarlos. Hay algo que te hace escribir el título sin pensar en ningún otro, como si estuvieras repasando los momentos clave de tu vida encriptados en forma de título de libro. Lo curioso es que, por mucho que pase el tiempo, ninguno podrá desaparecer de la lista. Al igual que no es posible borrar de la memoria los buenos y malos recuerdos, tampoco se puede hacer desaparecer de ella la sensación que te transmitió un libro cuando lo leíste. Lo que te hace escribir el título en tu lista no es el libro en sí, sino el entorno que propició que ese libro sea recordado de una manera especial.

El hombre duplicado no es el mejor libro que he leído de Saramago, como tampoco lo es Se busca una mujer de Bukowski o El animal moribundo de Philip Roth, pero es la época y lo que me transmiten sus títulos lo que me obliga a considerarlos clave en mi vida como lector, como se puede apreciar en la lista siguiente, en donde relaciono el libro con una época y no con el contenido de éste.

  1. La historia interminable, Michael Ende -> 11 años. Empecé a leer por gusto y no por obligación.
  2. Robinson Crusoe, Daniel Defoe -> Largos veranos en la playa.
  3. Qué es la teoría de la relatividad, Lev Landau y Yuri Rumer -> Empieza la vocación.
  4. Los miserables, Victor Hugo -> La miseria ofrece, la sociedad acepta.
  5. Diálogos sobre la religión natural, David Hume -> Discusiones con un amigo católico. Los ateos caemos bien.
  6. El capital,  Karl Marx -> Pensar y actuar, todo es empezar.
  7. El hombre duplicado, José Saramago -> Leer no significa mirar lo que está escrito.
  8. Se busca una mujer, Charles Bukowski -> Revolución en mis lecturas.
  9. El museo de la inocencia, Orhan Pamuk -> Se puede llegar a querer a un personaje.
  10. El castillo, Frank Kafka -> La vida cambia cuando decides mirar por encima de la muralla.
  11. El animal moribundo, Philip Roth -> Todo es gris aunque haya sol. Antídoto: humor ácido.

Quizá debería regalar el resto de mis libros y quedarme con estos once. Quizá debería escribir al tipo cuya pésima entrada sobre las ansias de poseer libros me ha inspirado ya en tres ocasiones para darle las gracias y, de paso, decirle que si quiere seguir acumulando libros no leídos le puedo mandar los que a mí me sobran. Quizá debería plantearme que si durante catorce años leyendo a un determinado ritmo he conseguido vivir once libros, haría bien en aumentar el ritmo para tener más recuerdos. Pero: ¿A mayor ritmo de lectura más libros para la lista? ¿Es que está relacionado el ritmo de lectura con el ritmo vital? ¿Por mucho que lea no podré superar la media de un libro destacado cada año? Sería un estúpido experimento que realizar conmigo mismo.

Dejando a un lado las preguntas al aire, una conclusión interesante acerca de estas líneas es que para añadir un libro a la lista es necesario el transcurso de un determinado tiempo tras su lectura. Apostaría a que nadie es capaz de añadir un libro que haya finalizado en un tiempo menor a seis meses a su lista de libros clave. No podemos entender el momento pasado hasta que no somos conscientes de lo que ese punto de inflexión supuso para el presente.

Otro factor importante es la imposibilidad de listas parecidas. Si realizase una lista con los que considero los mejores libros que he leído, posiblemente muchos de vosotros estaríais de acuerdo conmigo. Pero no podéis entender por qué (el ladrillo de) El capital es importante para mí, o por qué he escogido El castillo cuando ni siquiera lo acabé. La relación que tenemos con los libros es personal e intransferible. No puedo explicar mi lista a alguien que no haya vivido a mi lado, como no puedo explicar mi personalidad a un desconocido. Pero alguien que me conozca (y se haya leído mi selección de libros) entenderá que no son más que mi reflejo.

¿El tamaño importa? De Jonah Falcon a Diógenes

Si mal no recuerdo, Orhan Pamuk soñaba de adolescente con tener una grande y vistosa, tan espectacular que pudiera posar junto a ella delante de los fotógrafos. Esa visión obscena se esfumó en cuanto los periodistas atravesaron la puerta, cuando él contaba con unos treinta y pocos años.  Ahora, según dice, la idea de “cuanto más grande mejor” le resulta agobiante, afirmando incluso que le produce fastidio y rencor.1

George Orwell, apasionado de los grandes tamaños, se pasó al lado del ascetismo tras un periodo de duro trabajo. Eso de lucir tamaño, si no era acompañado de calidad, poco le interesaba.2

Jonah Falcon. (Mirror)

Jonah Falcon. (Mirror)

Hace unos días leí un artículo de un Jonah Falcon de la literatura. Al tipo se le notaba obsesionado con comprar libros, buscando un mayor tamaño de librería como si éste estuviera relacionado con la sabiduría de su dueño. Lo más sorprendente no era que hablara en términos de lectura sino de compra. No sé si me explico. En vez de decir: «Me quiero leer este libro», decía: «Tengo tal libro pendiente de comprar.»

No voy a negar que luzco un buen tamaño para mi edad. Tengo libros amontonados, en fila, dados la vuelta y en lugares insospechados. Sin embargo, ninguno de ellos está ahí sin haberse ganado ese lugar.

Disfruto con los libros que poseo porque todos ellos, al abrirlos o mirarlos, me transmiten la sensación que tuve cuando los leí por primera vez. Amontonar libros que no he leído me produce una sensación de malestar, parecida a lo que sentiría si amontonara piedras por la supuesta belleza del montón.

Tampoco voy a negar que algunos de los libros que tengo no los he leído. Pero ésos están medio escondidos para que no me recuerden lo irresponsable que fui al comprarlos sin realmente desearlos. Será más pronto que tarde cuando los deje abandonados a su suerte, por si algún lector exhibicionista los quiere para un aumento de librería.

Cada día me alejo más de la necesidad de poseer. He descubierto que con menos se vive mejor – siempre y cuando las necesidades básicas estén cubiertas – , incluso en un mundo donde se lucha por vivir rodeado de objetos. La libertad no reside en poder elegir entre una gama de productos, sino en poder rechazar todos.

Diógenes sentado en su tinaja. Jean-Léon Gérôme (1860).

Diógenes sentado en su tinaja. Jean-Léon Gérôme (1860).

1.-Cómo me libré de algunos de mis libros (Orhan Pamuk)

2.-Recuerdos de una librería (George Orwell)